Dicen los hombres que entre mujeres nada está vetado. Que van al baño juntas, que se lo cuentan todo, que no tienen problema en desnudarse las unas frente a las otras y preguntarse, como si cualquier cosa, “¿estoy gorda, soy sensual, está buena esta tanga, me depilé bien las piernas, dónde me perfumo, será que lo excito?”. Eso y mucho más. Cuando las mujeres son amigas (y no rivales, valga la precisión), todo es posible: desde contarse cada detalle de un buen polvo (“para que aprenda”, “para que sepa”), hasta empelotarse en grupo e intercambiar prendas íntimas sugestivas “para que lo conquiste”, “para que la mire dónde tiene que mirarla”, “para que lo vuelva loco”.

Hay un tema, no obstante, que no funciona con tanto qui pro quo y generosidad de género. Y ese tema, señores, es el sexo oral que a nosotras, especies de geishas a quienes nos encanta satisfacerlos (porque sabemos que un sexo bien dado nos garantiza logros y prebendas), nos cuesta trabajo hacerlo, entenderlo, desmenuzarlo, no morderlo, bien hacerlo. Les cuento por qué.

La primera vez que se practica, créanmelo, no es nada fácil. Y no es fácil porque a pocas nos gusta vernos arrodilladas, mirando un instrumental erguido y poderoso, que se excita y zigzaguea cual serpiente sin control. Y es entonces cuando toca querer esa serpiente, llenarla de mimos, engullirla, cuidarla, no morderla, fingir que se disfruta a pesar de que, sí señores, poco o nada se paladea porque aquella serpiente nos hace llorar, lagrimear, sentir arcadas. Entra, sale, se hincha, grita, se vuelve agresiva, ustedes con ella... Y uno ahí arrodillado, crucificado, sabe que debe seguir por esas cosas “de que ya estoy en estas, salgamos rapidito del asunto para dormir en paz, para que él quede contento, para ganarme la redención semanal”. Vaya confesiones.

Con la serpiente, hay que decirlo, pasa igual que con los buenos vinos. Para aprender a paladearla hay que contar con dos factores: tiempo para saber cómo disfrutarla y experiencia para entender cómo manejarla. Me explico aun más. Hay que pasar por muchas arrodilladas infructuosas, por decenas de lagrimeadas disimuladas, por muchos hombres “a los que tocó hacérselo”, para finalmente concluir que el sexo oral bien hecho, como a ustedes les gusta señores, sólo se practica, se disfruta y se goza con parejas por las que realmente se siente amor, no frenesí de pasión o ganas de calmar esa calentura que surge, por ejemplo, cuando se está en plena ovulación.

Así que dúdenlo mil veces cuando una mujer les haga sexo oral en el primer camastro. Algo busca. Algo quiere. Obnubilarlos, idiotizarlos, pescarlos. No importa si llora, si le dan arcadas. Las mujeres sabemos que tras una buena arrodillada, el hombre sucumbe. Y por un hombre arrodillado bien vale la pena optar por padecer antes que disfrutar.

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