Es un hecho. Basta con dos tragos de más, para que en las mujeres ocurra una ‘apertura automática de compuertas’. Abrimos piernas. Así de simple. Borrachera, vaya uno a saber por qué, termina la mayor parte de las veces en un vulgar y vacío camastro del que después las mujeres prefieren no acordarse.

El feo se transforma en bello, el desgarbado en musculoso, el bruto en inteligente, el yupi en bohemio. Por culpa del embellecedor (el que más abre piernas, que no quepa la menor duda, es el ron Viejo de Caldas), las mujeres no saben lo que es un buen orgasmo. Aquel que se obtiene masturbándose, tranquila y lentamente sin tener que aguantarse al día siguiente a un bruto con tufo de rinoceronte que horas antes parecía un Robert Redford.

Vamos por partes. La masturbación femenina, a diferencia de la masculina, es un arte y se aprende con el tiempo. De niñas, las mujeres aprendemos que ‘ahí’, entre ese par de pliegues, hay algo interesante que al ser activado, explota como un Alka–seltzer. Recuerdo el caso de una amiga quien, a los seis años y mientras cabalgaba libremente sobre su caballo, tuvo el primero de los muchos orgasmos de la vida. “No sé qué me pasó, papi, pero iba sobre Centinela y me dieron unas cosquillitas deliciosas por ahí”. Afortunada ella que desde muy joven supo lo que era eso.

Las que no, que somos la mayoría, hemos aprendido a masturbarnos por física necesidad. Y aquí revelo uno de los mayores secretos. No hay mujer más excitada, más apta a comerse lo que le pongan enfrente, que la mujer que está en periodo de ovulación. Doce días después de la menstruación. Así de sencillo. Algo sube y baja. Un no sé qué. Gotas de sudor que caen por la frente, fantasías sexuales atrevidas y discretas. Las ganas de un buen revolcón son inevitables. Ron Viejo de Caldas, por favor. Y si no hay ron ni nadie, las amigas, benditas ellas, aconsejan posar las manos entre los pliegues. Diez, quince minutos. En vez del dedo de otro, es el de uno mismo.

Que las mujeres nos masturbamos, y mucho, sí señores. Nos masturbamos, además, con todo tipo de ingredientes. Aceites, almíbares, películas en VHS sugestivas y fantásticas que obligan a posar los dedos ahí. Nos masturbamos solas o con pareja estable porque no hay nada más incómodo que estar sintiendo el Alka–seltzer y tenerlo que interrumpir cuando ustedes ya acabaron. Ya lo tenemos claro: el espasmo en solitario reemplaza, con creces, a cualquier feo (o Adonis) bebido. Así que por favor, mujeres, aprendan a masturbarse. Y ustedes, señores, disfruten viéndonos.

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