Nunca busqué la riqueza derivada del oro, sino un poder de la mente que me permitiera poner el mundo a paz y salvo con su paz y con su panza. En ese sentido preferí seguir a Gautama y Gandhi que a Rothschild y Rockefeller. Cuántas nobles mujeres perdieron sus caudales por hacer camino conmigo. Dilapidé lo que ofrecían en trasegar un mundo sembrado de combates y más mujeres. Fue siempre mi obsesión que tanto la tierra como sus frutos -y los frutos del intelecto- estuvieran repartidos de tal forma que a nadie se le ocurriera matar al otro. Pero descubrí que vivimos en el país de Caín, donde cada día se mata a un hermano por lo que sea. Unos lo hacen con un beso, otros con una motosierra.
Cuando caí en la tentación diabólica de considerarme uno de los hombres más ricos del planeta, y manifestar en qué emplearía esa singular fortuna, me sentí más afortunado por cuanto podría contar, que por cuanto podría gastar. Ya he vivido lo mejor de mi vida; puedo decir que lo que tenía que beber ya me lo bebí, lo que tenía que fumar ya me lo fumé, lo que tenía que bailar ya me lo bailé, lo que tenía que tirar por la borda ya lo tiré. Y lo peor es que estoy de regreso reciente a Cristo, y lo que de él más me convence es el aspaviento de la pobreza. Con seguridad que no nací para nuevo rico. Iba a escribir nouveau riche, pero esa expresión ya sería un síntoma de neorriquismo.
Pero tampoco soy tonto, así que no voy a dejar pasar la oportunidad de jugar al rey. Famosos escritores millonarios ha habido pocos. Mencionemos a García Márquez -a quien conocí comiendo empanadas en la carrera séptima a la salida del cine club-, el director de El Malpensante y Joanne Kathleen Rowling, la autora de Harry Potter. ¿Qué hacer con esta fortuna que me emparienta con el príncipe de Gales, con Bill Gates, con Andrés Carne de Res y con el ladrón de Bagdad? De los cien mil millones de dólares asignados por esta mundana fantasía revisteril, daría la mitad a mi consorte para de paso partir cobijas y arrancar hacia la satisfacción de mis apetitos y el cumplimiento de mi misión postergada.
Para salir de una vez de la compradera de libros, aberración consuetudinaria, adquiriría la Biblioteca de Alejandría, con todo y su preciosa directora de 27 años a quien acaba de presentarme el ex presidente Belisario en un almuerzo de intelectuales. Y para almacenar esos libros y leerlos antes de convertirme en momia, encargaría al arquitecto Rogelio Salmona que me diseñara y construyera una pirámide para aislarme en el momento propicio de los ruidos del mundo, mucho antes de
acceder al sarcófago. Habría trabajo por muchos años -como cargaladrillos- para todos los desplazados y desempleados del glorioso país de la segunda oportunidad.
Y pensaría en comer lo que no he comido, no por escasez de muelas ni de apetito, sino como prevención de la gota. Mandaría, pues, preparar todos esos platos exóticos que figuran en el libro Buon apetito, Your Holiness: The secrets of de papal table, de Mariangela Rinaldi y Mariangela Vicini, donde se rescatan los hábitos alimenticios de los Papas, desde las anguilas eléctricas que acabaron con Martín IV hasta los decadentes platos de polenta de Juan XXIII.
Y me lanzaría a conocer esas partes del mundo a donde no me ha alcanzado para el tiquete. Solo a veinte naciones me ha llevado de la mano la poesía, muy poco para lo que es la aldea globalizada. Me compraría el yate de Onassis, el Cristina, con las huellas -sobre los cojines forrados en escroto de ballena- de las nalgas de la Callas y Jacqueline. Lo rebautizaría "Ya te tengo", a la manera de los cachondos de Cartagena, montaría en él a unos pocos discípulos literarios y a seis modelos prepago de la televisión, especializadas en las poses del Kamasutra y el Ananga Ranga, y pondría proa a las islas griegas, desde la Ítaca de Odiseo hasta Patmos, donde san Juan recibiera del Espíritu Santo la revelación del Apocalipsis. En el camino iría escribiendo, también bajo la inspiración de la santa paloma en pantaloncillos, con pluma sobre pergamino, El sexamerón.
Pero todo esto significaría un despilfarro social, y la historia natural de los ricos enseña que estos consideran desclasada la ostentación. Y, si me levanté todas las mujeres que quise sin un centavo, ¿para que voy a derrochar mi tesoro en minas? Además, dice Borges en su libro sobre el budismo, que no se puede hacer caridad, porque las buenas acciones propician nuevas reencarnaciones, y el objetivo es aniquilar el samsara, alcanzar el nirvana, apagarse en la luz.
Por lo tanto haría más bien el recuento de lo que pasó con los proyectos revolucionarios del movimiento nadaísta en el cual he militado por 50 años, a ver si todavía es tiempo de aplicarles un correctivo.
1. Cantamos como si fueran guerreros homéricos a quienes interpretaban al guerrillero heroico que luchaba por el hombre nuevo. Esa lucha se salió de su cauce y ahora lo que tenemos es a un ejército de informales custodiando a cuatro mil secuestrados que a la vez les sirven de escudo. Y como suele suceder que los remedios sean peores que la enfermedad, apareció el paramilitarismo para combatirlos y contrarrestarlos, cometiendo las mismas y peores barbaridades. Hay que reconocer que nuestros cánticos eran malos con toda la gana, con la notable excepción de la Mula revolucionaria, de Pablus Gallinazo, que terminó en la paila de los insurrectos.
2. Delante de los Cuerpos de Paz de la Alianza para el Progreso hicimos la apología de la marihuana como yerba bendita que conducía al misticismo y la sanación ("El cigarrillo produce cáncer y la marihuana lo cura"), y estos jóvenes se llevaron nuestros cultivos, se enviciaron, se pasaron a la 'perica', y así dieron origen al narcotráfico y sus perversas secuelas.
3. Propiciamos el amor libre, la prostitución callejera, los bajos instintos y el cultivo de todo tipo de aberraciones sexuales, y de la cola de los libérrimos saltó el sida, peste del siglo.
La propia realidad se encargó de satanizar nuestros bienaventurados propósitos. Ahora, con un poco más de conciencia y unos puntos de trascendencia, optaría por aplicar a mi anónima fortuna usos más intrépidos, con el fin de contrarrestar los errores en los que de buena fe concurrimos.
1. Apoyaría de todo corazón y chequera la labor del juez español Baltasar Garzón en su cruzada contra los criminales de lesa humanidad que aún andan impunes, estableciendo -a semejanza de los judíos husmeadores de nazis- un comando que los busque, los encuentre y los ponga a disposición de la Corte Penal Internacional. A los autores de genocidios o desapariciones de grupos nacionales, étnicos, raciales o religiosos. En lo que se refiere concretamente a Colombia, organizaría el rescate de Íngrid Betancourt y los miles de secuestrados, convocando a una marcha de todos los habitantes del país al monte donde los tienen. Les pagaría transporte aéreo, terrestre y fluvial, alojamiento, comida y viáticos adecuados. No podrán matarnos a todos. No porque no les falten ganas, sino porque no tendrán parque suficiente. Mandaría habilitar de nuevo el Concorde para traer desde Francia una delegación integrada por los alebrestados jóvenes de Mayo del 68 para que acompañe al grueso de la población colombiana en esta cruzada.
2. Desplegaría una intensa campaña universal en pro de la legalización de la droga, con el fin de evitar los crímenes y vindictas del narcotráfico, la compra de armas, la financiación de gobiernos y la lavativa de activos. Como la mayor parte de las drogas heroicas son medicinales, propondría que científicos de la Universidad Nacional pesquisaran sus cualidades curativas ("El cigarrillo produce cáncer y la marihuana lo cura") y produjeran los fármacos correspondientes como drogas genéricas.
3. Como he recibido con espanto la información de que el sida fue un virus desarrollado en laboratorios norteamericanos con base en antiguos experimentos nazis, con el fin de minar la población negra del mundo (para ocultar la responsabilidad propagaron la mendaz especie de que tal plaga se habría generado en el continente negro cuando los afros se comieron unos simios envenenados), encargaré este nuevo caso de crimen de lesa humanidad al juez Garzón para que procese al Pentágono. Por otra parte, dedicaré la fortuna que me quede a financiar el descubrimiento y producción del antídoto y la vacuna para este vergonzoso flagelo que ya ha cobrado veinte millones de víctimas, tratamiento que sería entregado gratis a todos los actuales pacientes.
Cuando me encuentre ya exhausto y sin un centavo, regresaré en busca de mi cónyuge -que espero me acoja-, quien no solo no habrá dilapidado la fabulosa fortuna, sino que la habrá puesto a producir más. Y con toda humildad me someteré, como en mis mejores tiempos, a vivir del milagro y de las mujeres.

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