Algunos hombres no pueden evitar quedarse dormidos en el cine, otros no pueden leer en la cama, y muchos cabecean después del almuerzo. Pero en una enorme cantidad de ellos, el sexo actúa como el más eficaz somnífero. Creo que no exagero si digo que la tercera parte de los orgasmos masculinos que he escuchado suenan así: Ah, estuvo delici? hmmm?.zzz, zzz, zzz.
Una vez tuve un novio absolutamente radical al respecto, reclamaba el 'sueño post coitum' como un derecho inalienable y no admitía discusiones al respecto. "No solo es incontrolable, sino que es uno de los mayores placeres que encuentro en la vida", me decía. Pero para mí era una total falta de respeto, que martillaba mi autoestima, me sentía un pésimo polvo, una especie de novia-valium. Para colmo, mientras él roncaba yo seguía excitada y me frotaba contra su cuerpo inerte. El asunto era bastante aterrador, porque me imaginaba que a ese paso terminaría volviéndome necrofílica. Si lo trataba de despertar con besos o lo sacudía él me repetía el odiable chiste machista de "¿Sabes qué hacen las mujeres después de tirar? Estorban".
En un intento por ser menos obvia yo le ofrecía literatura sobre la importancia del momento posterior al orgasmo para la satisfacción femenina. Pero a él le daba pereza leer y me respondía "No, ahorita no puedo leer, es que me quiero dormir temprano porque tengo que madrugar mañana. ¿Por qué no nos echamos un polvito?". Pero a pesar de que él recurriera a mí en lugar del somnífero yo no desistía. Al día siguiente, durante el desayuno, sacaba la revista Carrusel y fingía que leía en voz alta: "Prominentes sexólogos de la universidad de Ramdish explican que las mujeres se demoran mucho más que los hombres en perder la excitación. De ahí que después del coito muchas de ella se pongan muy sensibles y necesiten cariño y abrazos?"
Pero él siempre respondía algo bien desagradable, como que no entendía por qué esos estudios de pacotilla siempre se basaban en una población de frígidas cincuentonas.
Me puse entonces a investigar el tema por mi cuenta y supe que cierto grado de cansancio después de las relaciones sexuales es perfectamente normal, pero esos ataques de sueño no lo son tanto y pueden controlarse con un poco de voluntad. Los dormilones uniorgásmicos generalmente son hombres que no hacen ejercicio y poseen un mal estado físico. Personas que buscan el orgasmo desesperadamente, a las que les cuesta mantener una erección por mucho tiempo y por eso se mueven muy rápido y se olvidan de respirar. El sexo, que debería aliviar el estrés y relajar, termina convirtiéndose en un deporte extremo que los deja como chupo de orfanato. La descripción cuadraba perfectamente con mi Morfeo, pero él era uno de esos jóvenes adictos al trabajo y no estaba dispuesto a perder su valioso tiempo haciendo deporte.
Antes de volverme necrofílica, o una de esas cincuentonas frígidas que se dedican a responder encuestas sobre disfunciones sexuales, boté a mi sarcástico novio. Lo triste del asunto es que cuando les cuento la historia a mis amigos hombres todos lo defienden. Me dicen que qué maravillosa idea eso del derecho inalienable al sueño post-coitum, y que ellos también van a llegar a cantarle la constitución a sus compañeras. Solo espero que no terminen asesinados y sus cadáveres convertidos en juguetes sexuales.

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