Oh sorpresa, los medios han estado "destapando" un escándalo de corrupción que involucra a prestigiosos empresarios, políticos cercanos al gobierno y paramilitares. Al principio se ve a un puñado de alcaldes, funcionarios y congresistas negándolo todo o justificándose; a otros, muy serios, diciendo a voz en cuello que "debe saberse toda la verdad"; al Fiscal General y a la Corte Suprema diciendo que no admitirán presiones; y al resto, tibio rebaño oficialista, haciéndose los huevones. Luego encanan a tres o cuatro personas que inmediatamente amenazan con "prender el ventilador", asunto que generalmente culmina con la captura de tres o cuatro más, y ya. Colorín colorado: los que se taparon de plata y fueron verdaderos culpables están intactos, los que pagaron el pato fueron cinco o diez bobos útiles. Acaso se cuele algún pez gordo, pero casi nunca es así.

Los peces gordos seguirán engordando en algún cargo público muy bien remunerado (ojalá diplomático), o en uso de buen retiro en una casota dentro o fuera del país. Los que sigan en la arena política tendrán que cargar con algún epíteto incómodo como "cuestionado" o "polémico", pero casi nunca les dirán "corrupto" o "pícaro", salvo en alguna esporádica columna de opinión. Eso, claro, no les quitará el sueño, pues siempre estará a mano una demanda para callarlos. Con el tiempo hasta les saldrán a deber.

¿Qué va a pasar con todo el escándalo de moda? Lo mismo de siempre. Súmenle a García, a Maloof y a Merlano unos cinco o diez más. Todos van a decir, primero, que son inocentes y todo es un montaje orquestado por sus enemigos políticos. Luego, cuando se pruebe que aquello de que se les acusa sí sucedió, dirán que se hizo a sus espaldas. Cuando se pruebe su participación, van a decir que los obligaron, que temían por sus vidas. Cuando ya estén jodidos y con un pie en la cárcel, van a decir que contarán todo lo que saben. Otro cuadro de costumbres que nunca falla: cuando ya no haya ventiladores que prender y todo sea cosa juzgada, los perdedores que aún estén vivos contarán sus memorias desde la prisión con un título bien pomposo que incluya la palabra "verdad", o "justicia" o "confesión". Libros mal escritos y poco creíbles, redactados por periodistas mercenarios, que serán reseñados en la edición dominical y comentados en radio antes de pasar definitivamente al olvido y ser rematados a cuatro mil pesos en la Panamericana.

Mientras tanto, el Ministro del Interior, que parece siempre a punto de quedarse dormido, responderá cualquier cosa bien cínica, como cuando defendía al hijo de La Gata comparándolo con el hijo de Al Capone; el Ministro de Justicia, con sus ojeras de villano, echando ironías y gracejos contra todos los que quieran destapar la olla podrida; el Vice, con su cara de buen estudiante recién peluqueado, diciendo que está deprimido, asqueado, sorprendido, conmovido, y que el gobierno es el primero que quiere resultados; y el Presidente, bravísimo, "cargado de tigre", como a él le gusta decir, con ese tonito de arriero arrebatado que suele intimidar a todos los periodistas que lo entrevistan, diciendo que todos los congresistas que aún no estén en la guandoca deben apoyar los proyectos del gobierno.

No va a pasar nada. ¿Cuánto apostamos a que esto, si prospera, no va a ser más que un copy-paste del proceso 8.000? Eso sí, falta mucha gente que será callada a bala, una apretadita de tuercas del gobierno norteamericano, un par de extradiciones, la fuga de un sindicado en las narices de todo el mundo, un aparatoso mea culpa que todos saldrán a desmentir, una cacería de brujas contra la oposición y, por supuesto, un nuevo escándalo, esta vez por una vaina bien pendeja pero agrandada. Tierrita al asunto y a otra cosa. No es necesario verse toda la telenovela para saber el final.

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