El nombre es por lo menos ridículo: mesa de noche. Y el sobrenombre, espantoso: nochero. A los diseñadores de muebles se les nota la fatiga cuando terminan la cama y empiezan a pensar qué le ponen al lado. Se les nota la vergüenza: porque ninguno se siente orgulloso de diseñar mesas de noche. Se necesita mucha personalidad para decirle a un amigo, al final de la tarde, frente a un vaso de whisky, que ese día estuvo dedicado a dibujar mesas de noche. Incluso con la mujer, en medio del silencio, en las primeras horas de la madrugada, se necesita mucha confianza para confesarle que está desvelado por cuenta de una mesa de noche. Mucha confianza y mucha ingenuidad: porque no debe haber una sola que se crea el cuento.

Sí. A las mesas de noche se les nota la fatiga y la vergüenza de sus creadores. Cuesta trabajo encontrar una con la que realmente valga la pena dormir al lado. Aunque pocos se fijen en ellas cuando entran a los almacenes de muebles: van con la idea de llevarse para la casa una buena cama, una cama bonita, una cama cómoda, una cama resistente, una cama que se ajuste a las necesidades de la habitación... La mesa de noche es un anexo. Cae por añadidura. Sin que nadie la pida. Sin que nadie haya preguntado por ella. O por ellas, porque muchas veces —y esto es doblemente grave— no se trata de uno, sino de dos anexos.

La mesa de noche parece inevitable. Aparece en la factura como un impuesto. Aparece en la casa cuando nadie la espera. Cuando a uno ya se le ha olvidado que lo obligaron a comprarla. Molesta, incomoda, estorba. Desbarata hasta el más calculado proyecto de decoración. Nadie la elige porque sea una buena mesa (o una mesa bonita, cómoda o resistente), sino que la acepta de mala gana porque esa es —precisamente esa— la que viene con la cama. Jamás sucede lo contrario: que alguien elija la cama porque sea esa y no otra la que viene con la mesa de noche, ni siquiera cuando la cama es una y las mesas de noche son dos. Una o dos, siempre estarán en minoría. Siempre despertarán una queja.

Cuando uno menos lo imagina, ahí está, al lado de la cama, al lado de uno.

Cuando uno menos lo imagina, ahí está, repleta de facturas, de recibos del cajero electrónico, de papeles diminutos con teléfonos que uno jamás recordará dónde anotó, de tarjetas de gerentes, de cotizaciones imposibles, de fracciones de lotería que nunca vienen con el premio gordo, de encendedores extinguidos, de preservativos que no lograron su cometido, de plumas sin tinta... Las mesas de noche resultan insaciables, engordan sin saber a qué horas. En su cajón —porque toda mesa de noche que se respete tiene al menos un cajón— se multiplican los objetos que el cansancio del final del día nos impidió tirar a la caneca.

Ahí está, al lado de la cama, al lado de uno. Y como está ahí, ahí va a parar el reloj de pulsera, la chequera, la billetera adelgazada, la sección deportiva, la caja de chiclets y los botones desprendidos de la camisa.

Enemiga declarada del orden, la mesa de noche se encarga de ocultar aquel papel que estamos buscando —porque estamos seguros de que ahí está— para que lo revolquemos todo, dejemos lo de arriba abajo y lo de abajo arriba —hasta que estemos prácticamente seguros de que no era ahí donde estaba— y cerremos el cajón con tanta fuerza que lo de adelante se vaya para atrás y lo de atrás para adelante.

No se necesita mucho tiempo para que la mesa de noche se convierta en una especie de tierra de nadie —o tierra de todos— en la que conviven las pastillas de dormir con el despertador y las chancletas con el jarabe para la tos.

No se necesita mucho tiempo para que la mesa de noche se desquite de ese desprecio con el que uno la mira cuando va a comprar la cama, cuando aparece por sorpresa en la habitación, y se convierta en uno de los pocos objetos indispensables para poder despertar con la conciencia relativamente tranquila. Aunque durmamos a su lado y jamás hablemos de ella con los amigos.

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