Enciendo el computador, y me lavo los dientes mientras se calienta el aparato: no sé si todos se demoran tanto como el mío, que lo conseguí en una promoción, con impresora de las que chilla en cada página y un escáner que no tengo la menor idea para qué sirve (ni quiero averiguar). Escupo por última vez, me miro los dientes en el espejo, apruebo, y camino hacia el escritorio con prisa innecesaria, porque cuando llego todavía está el reloj ahí, en la pantalla, diciéndome que espere. Espero. A veces me preparo un café mientras tanto, pero casi siempre espero. Y mientras espero pienso, porque no soy la excepción: todo el mundo piensa mientras espera. Y las cosas comienzan mal, porque casi siempre me pregunto quién habrá escrito. Y a veces ni siquiera lo pienso como el coronel, que sabía lo que esperaba —aunque esperara en vano— sino que pienso muchos nombres y me doy cuenta de que hay algunos que no han vuelto a aparecer. Por supuesto, me refiero a algunos (muy pocos, la verdad) que quisiera que no hubieran desaparecido. Y algunas veces es peor, porque no pienso en los que no han vuelto a escribir, sino en los que deben estar esperando una respuesta. Entonces caigo en la cuenta de que hace rato le estoy debiendo un mensaje a alguien, y las cosas siguen mal, porque pienso que no tengo tiempo para escribirle a ese alguien (o no quiero escribirle a ese alguien precisamente esa mañana).

No sé cuánto tiempo pasa hasta cuando desaparece el fastidioso reloj, pero cuando tomo el mouse con la mano para empezar a operar, ya tengo la cabeza llena de dudas. Luego, —ustedes lo saben muy bien— viene eso que los técnicos llaman el protocolo (cuando no se inventan palabras, las desvirtúan: ¿qué tal, por ejemplo, esa barbaridad de ‘inicializar’?), y hay que seguir esperando, mientras el aparato verifica la clave y busca el sitio en la Red (no sé dónde lo busca si dicen que todo es virtual). Dirán que exagero, pero a mí me toca escribir dos claves diferentes: una para entrar a Internet y otra para entrar al correo electrónico. La verdad es que el tipo que hizo la instalación sabía casi tanto como yo: y no había manera de quejarme, porque sus servicios venían incluidos en la promoción. No vuelvo a creer en promociones... ya me lo habían advertido.

Entro, al fin, y aparecen los indeseables dibujos animados de la publicidad. Y las tentaciones: haga clic y vea a las modelos de SoHo totalmente desnudas. Y las aberraciones: haga clic y conozca la vida privada de Jaime Baily. Y se abren ventanas, y hay que saber muy bien en dónde se hace clic para no terminar conectado a un supermercado en Jacksonville o a una farmacia en Singapur.

De manera que cuando finalmente logro entrar a mi página de correo, he vuelto a romper mi promesa de corregir las malas palabras y tengo la cabeza hinchada de pensar tanta pendejada. Y ahí están: siete, nueve, once mensajes. Casi siempre en número impar, excepto uno. ¿Les ha pasado que entran al correo y sólo tienen un mensaje nuevo? A mí, jamás. Llegan por arrobas, se reproducen como conejos. Claro, el invento es buenísimo. Claro, es una maravilla poderle escribir el martes al amigo que está en Washington, y que el amigo lo lea el martes. Claro, el ahorro de papel. Claro, las detestables colas en el correo que uno se está evitando. Claro, lo más parecido a la telepatía. Pero, ¿once mensajes? Porque ahora a todos les ha dado por escribir: a los que jamás enviaban una postal, a los que ni siquiera conocen las estampillas, a los que uno dejó de ver hace años (y ya no le interesa saber en qué andan), a las amigas de las amigas (sólo en algunos casos se permite el atrevimiento), a los parientes lejanos (y, por supuesto, a los cercanos), a los que combatieron con uno en alguna lucha... y todos quieren contar su vida y preguntar por la vida de uno y hay algunos (¡descarados!) que mandan fotografías de sus muchachitos y las actualizan con insoportable frecuencia.

Claro, el invento es buenísimo. Pero, ¿quién le dio mi e–mail a tanta gente?,

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