Muchacho, no salgas, le grita mamá, pero él hace un gesto y orondo se va. Los de Rafael Pombo eran otros tiempos. Ahora, el muchacho no se va tan orondo. Y el único gesto posible es la cara de pavor. A los colombianos los está invadiendo el miedo: nos está invadiendo el miedo. Estamos contagiados, y la enfermedad sigue haciendo metástasis. Se transmite por la boca. Se transmite por los ojos. Se transmite por los oídos. Es una epidemia. Una endemia. Y no sabemos si se trata de una enfermedad terminal.

Salir a la calle produce miedo: el raponero sigue asustando, pero más temor despierta la incertidumbre del carro que está parqueado en la esquina. ¿Está parqueado mientras el conductor compra un paquete de cigarrillos, o está abandonado por una banda de sicarios que lo manipula a control remoto? ¿Está cargado con los paquetes de lechugas y coliflores de la señora que acaba de hacer el mercado, o tiene veinte, treinta o cincuenta kilos de explosivos?

Encender el televisor a la hora de las noticias produce miedo: la boleta fiscal y el aumento en el costo de vida siguen asustando, pero más temor despiertan las declaraciones del Mono Jojoy. No sé si se habrán dado cuenta: el hombre aparece más que Pastrana, más que Juan Pablo Montoya, más que Maturana. Y no tiene que bajarse los pantalones —como Antanas Mockus o Sandra Muñoz— para que todas las cámaras se le vayan encima, para que le incrusten los micrófonos, por decenas, en la garganta. Y es cierto que cuando aparecen Pastrana y Montoya y Maturana rara vez ofrecen buenas noticias: impuestos, estrellones y autogoles. Pero lo otro (el otro) es el miedo en persona: la amenaza, la condena, la barbarie. Uno enciende el televisor para saber cómo quedó el partido, y cuando lo apaga, media hora después, está empapado en sudor, con los nervios de punta, con la mirada perdida, aunque el equipo haya ganado. Aunque haya goleado. Aunque haya clasificado a la Libertadores.
Ir a la oficina del gerente produce miedo: la llamada de atención por el retardo del lunes sigue asustando, pero más temor despierta la posibilidad de perder el empleo. Si el hombre enciende un cigarrillo y comienza a hablar de la crisis, es mejor agarrarse duro a la silla —si es que le dijeron que se sentara— porque lo que viene a continuación no es una buena noticia. Así comienzan todos los días decenas de conversaciones —o más bien de monólogos— que terminan con una imposibilidad de aumento, una reducción del salario o un recorte de personal. La crisis económica, la crisis del país... de miedo la tal crisis.

Salir a pasear el fin de semana produce miedo: la flota criminal que asoma en la curva sigue asustando, pero más temor despiertan la pesca milagrosa, el secuestro indiscriminado, el asalto de caminos. Ya no se salva ni siquiera el del Renault 4: hace rato que en este país todos son vulnerables: todos somos vulnerables.

No soy el padre Llano —mucho menos el cura Gallo— como para aventurar soluciones místicas para vencer ese miedo que nos está matando. Encerrarse en la casa no soluciona las cosas, aunque un encierro bien programado —un encierro en buena compañía— disminuye los riesgos callejeros, embolata el miedo y da la sensación de estar ocupado. Pero dura poco y produce adicción.
Y las adicciones generan temor: estamos fregados.

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