Lo peor no es el dolor de rodillas que empieza a aparecer a las dos horas de vuelo, ni las maromas que hay que hacer para acomodar en el estrecho cajón de arriba el maletín negro, el paquete de los regalos y la botella de whisky recién comprada en el in bond. Lo peor no es que la carne siempre se termine en la fila de adelante y a uno le sirvan pescado, ni que haya que esperar hasta que la azafata les sirva la comida a todos los pasajeros para que uno le pueda pedir otra copa de vino. Lo peor no es la señora de la fila once, que pega un alarido cada vez que el avión se sacude un poco, ni el niño de la fila siete, que interrumpe cualquier posibilidad de sueño con sus alaridos. Lo peor no es que el vaquero de adelante enderece la silla, bruscamente, sin aviso, y haga saltar la taza con café caliente, ni que la revista de la aerolínea que dejaron en el bolsillo correspondiente ya tenga resuelto el crucigrama. Lo peor no es el espectáculo de zapatos sueltos por todo el avión, ni la cola para entrar al baño, ni el aviso de no fumar. Lo peor de viajar solo en clase turista es el riesgo de que se le siente al lado alguien con ganas de conversar.

En primera clase la comida es mejor, las azafatas procuran ser amables, el vino parece inagotable. Pero, lo más importante, es que el tamaño de las sillas decreta una distancia evidente con el pasajero de al lado, y su diseño ofrece la posibilidad de reclinar el espaldar a 160 grados cuando el otro está a 90, y de enderezarlo completamente cuando el compañero decide acostarse. Se le puede dar la espalda sin complicación y, gracias a que por lo general hay un televisor en cada puesto, se tiene la opción de escoger una película diferente de la del otro, para alejar cualquier tentación de comentarla.

Se habla del síndrome de la clase turista como de un problema exclusivamente físico. Se recomienda quitarse los zapatos, aflojarse el cinturón, levantarse de la silla de vez en cuando, tomar abundante agua mineral. Pero quienes hemos padecido a un vecino indeseable sabemos que lo peor no es el dolor de rodillas ni la tensión en la cintura ni el peso de los brazos.

Lo peor es la señora de ojos empantanados que apenas se sienta ya tiene ganas de contarle al que esté al lado (es decir a uno) que acaba de conocer a su nieta, que es un primor, que se llama Isabella, que dice mamá y se sienta sola. Y uno sonríe, tratando de ser amable –hasta que algún día comprueba que no se puede ser amable cuando vuela–, y la señora toma impulso para preguntar por la vida de uno, no contenta con haber revelado la suya.

Lo peor es el comerciante que acaban de ascender al departamento de ventas internacionales. Emocionado, muy emocionado, entrega una tarjeta con exceso de datos personales, y luego empieza a hablar del producto que vende y de su gran habilidad para los negocios.

Lo peor es el profesor que regresa de un congreso sobre literatura latinoamericana, en el que presentó una ponencia sobre el nuevo realismo mágico. Con ocho horas de vuelo por delante, parece dispuesto no sólo a repetir la conferencia sino a explicar cómo llegó a establecer su revolucionaria tesis.

Lo peor es la mujer de veintipico que lo dejó todo para jugarse la suerte al otro lado del Atlántico. Triste y nerviosa, después de una despedida emotiva y de un exhaustivo interrogatorio, la mujer pregunta a dónde va uno, a qué va, cuánto se demora, cómo es eso por allá, y de repente empieza a llorar sin consuelo cuando comprueba que ya es imposible retractarse de su decisión.

Con el tiempo he aprendido a no saludar, a dormir mientras los otros leen y a leer mientras los otros duermen, a exigir pasillo para levantarme sin pedir permiso y para que no se me boten encima cuando quieren mirar por la ventana, a fingir dolores de oído e incrustarme dos tapones de algodón en las orejas, a responder con monosílabos cuando la presión lo exige y, sobre todo, a aplicar esa norma que enseñan en la infancia de no dirigirle la palabra a extraños. Porque jamás se sienta al lado alguna de las modelos de portada de Soho, con las que uno quisiera conversar. Y si eso sucediera, no me gustaría comprobar que conocen muchas más técnicas que yo para esquivar a los vecinos de silla., Pero, lo más importante, es que el tamaño de las sillas decreta una distancia evidente con el pasajero de al lado.

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