Willem Dafoe sólo hace las películas que le interesan. Dice que no le preocupa para nada ir en contra de los gustos del público de ahora. Se siente tranquilo porque, como él no es un marciano, un monstruo, o un demente, los proyectos que le apasionan deben, necesariamente, fascinar a otras personas. Esa es la única razón que le encuentra a todos los premios que le han llegado, en los últimos meses, por cuenta de su actuación en La sombra del vampiro. Esa es la mejor explicación que le encuentra a la avalancha de guiones que le llegan a las manos.
El mundo del cine es tan grande que hay espacio para todo, para los mediocres, los actores profesionales y los genios. Y un actor como él —arriesgado, comprometido, creativo— aún puede encontrar buenas películas, buenas obras de teatro y buenos personajes.
Porque, claro, si todo se redujera a ganar plata, si ese fuera el único motor de sus actos, habría seguido cualquiera de las carreras de sus seis hermanos mayores. Si se tratara de una cuestión de dinero, habría sido médico o abogado. O, en último caso, se habría transformado en Tom Cruise. Pero no, él sólo mueve un dedo si le interesa. Él quería ser actor, y punto. Y ahora, cuando actúa, sólo elige los papeles que le dan la gana. Y ahora, mientras filma y filma, protege su vida privada, prepara extraños personajes para obras de teatro de vanguardia y esquiva, con éxito, los cocteles, las primeras planas y las intrigas de Hollywood.

Lazos familiares
Willem Dafoe Nació en Appleton, en Wisconsin, el 22 de julio de 1955. El sol estaba en Cáncer y la luna en Virgo. Es cierto: uno no sabe si creer en estas cosas. Pero, ¿qué mas da? Quizás esa sea, al final, la razón por la cual se dedicó a la actuación en vez de convertirse en un buen administrador de empresas. Porque ese día, el 22 de julio, “el día de las fluctuaciones vocacionales”, el día cuando, de acuerdo con los numerólogos, los lectores del tarot y los astrólogos, nacen los más dinámicos, los más valientes, los triunfadores, también nacieron Paul Schrader, Óscar de la Renta y Alejandro Magno.
Claro: uno no debería comenzar por estas cosas. Pero, ¿qué importa? No sobra pensar que Dafoe es, de verdad, uno de los actores más dinámicos y valientes de los últimos tiempos.
Todos sus hermanos, los siete, son físicamente idénticos a él. Entrar en esa casa tiene que ser una experiencia digna de pesadilla. Y claro: ese, el mismo problema de todos los que nacen el 22 de julio (el de encontrar su identidad), puede ser su problema de fondo. Por eso antes de terminar sus estudios de colegio, en el Einstein Junior High School, decidió, a espaldas de su familia, y en contra de todos los principios de Appleton, hacer una aparición en una película pornográfica. Era, supuestamente, ‘porno suave’. Pero a las directivas del colegio les interesaba muy poco aquella aclaración. Dafoe dijo que “sólo estaba haciendo un perfil de tres extraordinarias personas del colegio”, pero, unos días después, fue suspendido.
Intentó tomar cursos de drama en la Universidad de Wisconsin, pero más se aburrió y decidió viajar a la gran ciudad, a Milwaukee, y buscar, en los callejones, un lugar para aprender el oficio del actor. Lo encontró en el Teatro X, un grupo experimental de vanguardia con el que recorrió, a partir de 1975, gran parte de Estados Unidos y de Europa. En 1977, cuando el Teatro X llegó a Manhattan, Dafoe consiguió el papel principal en una producción del Performance Group. El director que lo contrató, sin embargo, se retiró de la obra un día antes de comenzar los ensayos, y Dafoe, sin saberlo, se presentó el primer día de trabajo para descubrir que Elizabeth LeCompte, la directora artística, ya había contratado a otra persona.
“No sé quién carajos sea este tipo, pero sáquenlo de mi casa”, dijo ella. Lo siguiente fue aceptarlo, casarse con él, compartir el mismo cuarto hasta hoy, 25 años después, y tener un hijo, uno solo, llamado Jack.

Vida para el cine
Un par de meses después de conocerse, LeCompte y Dafoe se unieron al Wooster Group. Era —o mejor: es— un grupo de teatro marcado por los recursos multimedia, la experimentación, y, en palabras de Dafoe, escenas como en la que tuvo que “bailar, sin ropa, con sólo una falda de celofán y hierba, con mi parte noble pintada de verde”, o como en la que tuvo que hacer el papel del corazón de una gallina.
“Uno se paraba detrás de un vidrio rojo y lo hacía latir”.
Dicho en esas palabras, suena como el ejercicio más sencillo del mundo, pero, en 1980, le ayudó a que Michael Cimino, el director, lo eligiera para un pequeño papel en una película que se convertiría en uno de los mayores desastres de la historia del cine: La puerta del cielo.
Parecía imposible, pero Dafoe se recuperó de semejante fracaso con sus dos siguientes películas. En The Loveless demostró que podía interpretar a un poeta. En Vivir y morir en Los Angeles confirmó que su sonrisa enferma y sus ojos desorbitados podían transmitir el horror y la perversión de una persona. Por eso, por esa capacidad para encarnar el horror, Oliver Stone lo eligió, en 1986, para el papel del Sargento Elias, y para caer de rodillas, como un ángel sacrificado, en Platoon. Por eso Alan Parker lo invitó a convertirse en Ward, un estricto agente del FBI, en Mississippi en llamas. Por eso Martin Scorsese, responsable de películas como Taxi Driver y Toro salvaje, lo convenció, en 1987, de interpretar el papel más controvertido de todos los tiempos: el del hijo de Dios en La última tentación de Cristo.
Al lado de Scorsese, Dafoe sobrevivió al peor escándalo desde los tiempos de Pier Paolo Pasolini. Vio cómo —porque el Cristo de la película dudaba, se arrepentía y se equivocaba como cualquier hombre— incendiaban teatros, censuraban, maldecían. Fue una experiencia horrible, pero lo volvió más fuerte, más comprometido, más valiente. Unos meses después, sobre la base de su capacidad para contener la perversión, se transformó, bajo la obsesiva dirección de David Lynch, en el repugnante Bobby Perú de Corazón salvaje.

“No soy excéntrico”
A partir de ese momento, y hasta hoy, 12 años después, dividió su tiempo entre las presentaciones especiales del Wooster Group, la actuación en superproducciones de Hollywood y la aparición en pequeños, pero brillantes películas independientes. Fue, claro, el malo de la segunda parte de Speed, el abogado sometido por Madonna en El cuerpo del delito y el malintencionado Caravaggio de El paciente inglés. Pero también fue, entre muchos otros, eltraficante redimido en la infravalorada Light Sleeper, de Paul Schrader, el ángel del mal en Tan lejos tan cerca, de Wim Wenders, y el comprensivo y terrorífico doctor Van Horn en Lulú en el puente, de Paul Auster.
Reconoce que, aunque ha hecho 44 películas, aún es percibido como un actor excéntrico en pequeñas y oscuras películas.
“El típico vecino”, dice, “si uno viviera al lado de un cementerio”.
Pero está seguro de que si el público se enterara de su vida privada, tan cotidiana y aburrida como la de cualquiera, se sentiría profundamente decepcionado. Cuando actúa en cine, siente nostalgia por la religiosidad del teatro, por esa sensación de ser el creador y la cosa creada, por ese rito, superior a sus fuerzas, de ser otra persona cada día. Pero cuando actúa en el teatro, extraña el poder del cine.
Se nota que tuvo que disfrutar, como un loco, la actuación en La sombra del vampiro, su última película que ha causado revuelo en Estados Unidos. Se nota que bajo esta nueva piel se siente completamente cómodo.
Por eso, por esa comodidad, fue nominado, una vez más, al premio Oscar. Por eso recibió, entre muchos otros, el premio de los críticos de Los Angeles al mejor actor de reparto del año pasado. Pero no es por los premios ni por el dinero. No es por la fama ni por las mujeres. ¿Por qué, entonces, actúa Willem Dafoe? ¿Por qué no fue ingeniero de sistemas o diseñador industrial? Puede ser porque el sol estaba en Cáncer y la luna en Virgo. Porque siempre ha intentado saber quién es. O porque, como él mismo dice, “alimenta mi mente de explorador y satisface mi exhibicionismo: lo mismo que bailar, disfrazarse para el Halloween, contar chistes pesados, hacer el amor, leer en voz alta, hacer imitaciones, sonreírle a los extraños, jugar con animales, coquetear, inventar adivinanzas o cantar en un bus”.
Puede ser por todo eso. La verdad es que no sólo los marcianos hacen lo que quieren.

[De cierta manera no sé nada de mí mismo; la identidad es flexible]

[Las personas que se cristalizan en un solo ser, se secan]

[No hay suficientes horas en el día para todo el trabajo que quiero hacer. Desafortunadamente tengo que dormir]

Fotos: SYGMA, Willem dafoe hubiera podido ser Tom Cruise pero no quiso: ser vedete le produce náuseas,

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