1 Jerry está en la mitad de Alaska. A lado y lado sólo hay estepas congeladas, algunos arbustos y un pueblo con pocas calles. Hace mucho frío y le tiritan los dientes. Con tres amigos más ha comprado por 250 dólares un Buick y ha recorrido 2.600 kilómetros desde Nueva York hasta llegar a los alrededores de una mina de oro a cielo abierto en Fairbanks. Lo hizo por dinero. Está seguro de que pronto recibirá una citación para incorporarse al ejército y quiere ahorrar para hacer un último viaje. Sabe que cualquier cosa puede pasar una vez haya tomado el fusil.
Los cuatro hombres merodean por la calle principal del pueblo donde se acaba la Alaskan Highway. Cada uno compra una chaqueta gruesa para protegerse del clima y desayunan con un café. Ven muy poca gente, la mayoría son esquimales. Jerry se siente como un forastero que ha llegado a un poblado del viejo oeste donde la arena ha sido reemplazada por hielo. Se siente como su abuelo, que peleó en cuatro guerras civiles en lugares perdidos y murió asesinado en una calle en 1914 siendo Presidente de Colombia. Espera a que en cualquier momento un comisario se presente con su arma desenfundada, le pida que recoja sus pasos y vuelva al sitio de donde salió. Pero él es un joven de estatura media que no pasa de los 16 años y no tiene revólver alguno para responder, solo una lengua bien entrenada con la que es capaz de convencer a cualquiera.
Pasan las horas y nadie viene a interrogarlos. Se aburren. Jerry propone ir en busca del capataz de la mina. Al poco rato tienen en sus manos un contrato por dos meses y una pica y una pala para cavar en el hielo.

2 Muy pocos lo llaman por su nombre de pila, Germán. Para la mayoría es simplemente Jerry, el nieto del general Rafael Uribe Uribe. Con más de 70 años vive sin compañía en una casa de cuatro pisos en la calle 95 con carrera octava. Su cuarto tiene chimenea propia y el vestíbulo que lo precede está protegido por la piel de un leopardo que mató de un solo tiro en Puerto López. En la última planta tiene su estudio, donde se la pasa planeando cosas imposibles a la sombra de un busto de John F. Kennedy. También un bar con todo lo necesario para satisfacer los gustos más peculiares, incluso el de que prefiere el bourbon al scotch. En una esquina de la barra Jerry acomodó los últimos palos de polo con los que jugó y en una amplia terraza contigua está el barbecue donde cocina para sus amigos cuando hay sol. En los días más fríos prepara en la chimenea principal langostinos envueltos en papel aluminio que han sido marinados previamente con mucho ajo y diversas hierbas y especias.
Jerry López Uribe es un hombre tan sofisticado que puede rayar con lo excéntrico y nada de lo que hace parece fortuito. Sus movimientos, sus frases, su risa, dan la impresión de que fueran producto de un detenido estudio. Sin embargo, no es un tipo calculador y menos un fanfarrón. Quizá sus maneras son vestigios heredados de un excesivo roce social.
Jerry tiene en su bar una copa que lo identifica como miembro del club Playboy, solía esquiar en Saint Moritz durante los años setenta, viajaba con frecuencia a Nueva York, donde tenía una hermana con un alto cargo en las Naciones Unidas, y en un tiempo fue el responsable de cocteles memorables cuando estaba a la cabeza de Importaciones Atlas, empresa que ayudó a fundar. Sus mujeres también le han reportado un conocimiento profundo del refinamiento. Ha tenido tres esposas y entre sus novias cuenta con una peruana de alcurnia, que fue reina de belleza de su país, y otra mujer que es descendiente del hombre que creó el Minicooper. Pero no siempre ha vestido con pantalones a la medida, camisas de puños perfectos y ha podido costearse su trago preferido, el vodka martini coronado por una aceituna rellena de anchoas. Jerry también anduvo con los bolsillos vacíos.
"Papá tuvo una fuerte caída económica después de la Segunda Guerra Mundial. Perdió las representaciones de Colgate y de los tractores John Deer y dejó de mandarme plata. De un día para otro pasé de estudiar con todas las comodidades en un colegio en Estados Unidos a tener que sostenerme a mí mismo. Como no estaba dispuesto a dejarme morir de hambre me fui en tren para Nueva York. Llegué a la Grand Central Station por la mañana, alquilé un locker, guardé mis maletas y salí a buscar trabajo. Caminé todo el día de arriba para abajo y por la tarde tenía las medias rotas en el talón. Como no podía sacar otro par de la maleta -cada vez que abría el candado del locker había que pagar de nuevo- cogí 75 centavos y me conseguí unas nuevas en un almacén de la Quinta Avenida. Era una locura. Yo no tenía mucho dinero pero de todas formas me las compré porque de algo estaba seguro: a uno no lo contratan con las medias vueltas una nada. Ese día no conseguí trabajo y tuve que dormir en una banca de la estación.
"A la mañana siguiente me fui para los dormitorios del YMCA y tomé un cuarto. Allí me dijeron que en el aeropuerto de La Guardia estaban enganchando gente para ayudar a cargar los aviones. Fui hasta allá, me le presenté al encargado, un sueco que no cabía por la puerta, y le dije que necesitaba trabajo. Se me rio en la cara y me dijo que me largara. Al otro día regresé pero esta vez me echó furioso. A la semana, en medio de un aguacero tremendo, volví. El tipo me tuvo que contratar porque se dio cuenta de que si no lo hacía iba a estar detrás de él todos los días de mi vida.
Así lloviera o nevara mi trabajo consistía en subir maletas a unos aviones lindísimos, los Lucky Constellation. Al principio me ayudó un negro gigantesco muy querido. Cuando yo no podía con la carga él tomaba mi puesto y me acuerdo que el primer día me llevó a la cafetería y me obligó a comer. La verdad es que yo estaba muy débil porque no me había alimentado bien durante esos días. En total duré dos años trabajando en La Guardia. Cuando llegué tenía trece años y un bigotico incipiente".
Sin que ese bigote hubiera crecido del todo viajó hasta Alaska en 1948. Ayudó a construir una tubería de acero de 12 pulgadas que le llevaba agua a una draga para que pudiera avanzar en medio de la tierra congelada. Era un enorme cañón que tumbaba colinas a punta de fuerza hidráulica y hacía un ruido infernal.

3 Lleva mes y medio picando hielo. Sus manos ya pasaron por las ampollas y ahora están formando callos. Sus días son blancos, helados, idénticos. No ha visto mujer alguna en seis semanas, ni siquiera ha tenido tiempo de ir a un bar de Fairbanks por una cerveza. Madruga a trabajar y en la noche únicamente le quedan fuerzas para arrastrarse hasta su tienda. Cae muerto apenas toca su catre. Está a 190 kilómetros del Polo Norte en un lugar donde la luz del sol varía con los meses. El día más corto puede durar cuatro horas y el más largo veintiuna.
Una mañana como cualquier otra coge el pico y, enfurecido, lo clava y lo saca del suelo sin parar. Sus compañeros hacen lo mismo. Hace rato no se bañan, están mal alimentados y tienen el cerebro reblandecido. El consuelo de la paga aún no llega. Para la tarde los cuatro hombres han abierto un hueco enorme y encuentran algo extraño. Parece un reno congelado. Es normal, en el campamento han hallado varios.
Siguen cavando. Sus caras han pasado de la furia a la excitación pura. Por fin logran ver bien de qué se trata. Nadie dice nada. Sólo se oye la draga trabajar y el sonido del viento en los arbustos. Jerry se aclara la garganta y lo dice sin dudar: es un mamut.
Debajo de la capa vegetal de Alaska y Siberia existe algo que se llama permafrost o tierra en congelación permanente. El permafrost ayuda a que las cosas se conserven durante miles de años. Pierden ciertas propiedades pero no se dañan. Jerry no sabe nada de esto. Él simplemente ha descubierto un cuerpo.
Mientras estaban trabajando uno de los picos alcanzó por equivocación la parte trasera del mamut. Se clavó de lleno y al retirarlo un pedazo del animal se desprendió. Antes de que lleguen los investigadores de la Universidad de Alaska Jerry toma aquel trozo y lo envuelve en su chaqueta con la ayuda de un amigo. Se lo llevan para la tienda. Al rato se van para la cafetería y se lo entregan al cocinero, un chino. Le piden que les prepare el pedazo de carne sin darle mayor explicación. El hombre lo corta, lo sala y lo pone en una plancha y cuando parece cocinado del todo los manda a llamar. Reciben el plato, se van a una mesa, se sientan y empiezan a comer. Es duro y sabe muy mal pero lo tragan todo. Sin inmutarse devoran un pedazo de un animal que se extinguió hace 10.000 años. En ese momento Jerry no es más un forastero, un pistolero menor recién llegado al pueblo. Ni siquiera un soldado como su abuelo que llegó a Presidente y murió en las escalinatas del Capitolio Nacional víctima de los hachazos de dos hombres. Ahora Jerry es un tártaro.

4 Las paredes de su estudio están repletas de mapas antiguos debidamente enmarcados. Solo en una de ellas no aparece la Gran Colombia o el mundo como se conocía en 1600. En esa ha colocado sus fotografías más queridas. Allí está su hermana con Carlos Lleras en la sede de la ONU; Henry y Catherine, los padres adoptivos que tuvo en Estados Unidos; un buque de guerra en blanco y negro, y una estampilla del general Rafael Uribe Uribe con una larga barba. En una esquina hay una foto en color que fue tomada en el Museo de Historia Natural de Nueva York. Jerry aparece al lado de una urna de cristal que protege los cuartos traseros de un mamut. La placa que lo identifica explica que fue encontrado por cuatro mineros cerca de Fairbanks, Alaska en 1948.
Luego de trabajar dos meses en la mina esos mismos cuatro hombres recibieron su paga. Nunca habían tenido tanto dinero en las manos. Vendieron el Buick en el que habían llegado hasta Alaska y se separaron. Después de haber comido mamut uno de ellos creyó que podía hacer cualquier cosa que le pasara por la cabeza. Y así sucedió. Antes de que terminara ese año, Jerry fue hasta San Francisco en tren y de ahí saltó a Hawai. Vendió helados y enciclopedias en Honolulu y se devolvió en una embarcación de vela hasta El Toro, California. Duró 28 días en alta mar y enfrentó cuatro días sin viento y dos de tormenta. Luego echó dedo hasta Nueva Orleans, visitó a su hermano Rafael y subió por toda la Costa Este hasta Nueva York. Allí se enlistó, tomó un curso de francotirador y más tarde participó como fotógrafo aéreo en la guerra de Corea. Antes de partir para el Asia estuvo de nuevo en El Toro, conoció a la cantante judía Eileen Scott en un bar y se enamoró como nunca jamás lo volvería a hacer. Cuando regresó de la guerra estuvo a punto de casarse con ella en Las Vegas, Nevada. El romance terminó y a los pocos años Jerry volvió a Colombia, donde ahora vive.

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