Llega en una camioneta Chevrolet plateada de franjas negras en los costados. Es vieja pero está en buen estado. Parquea en reversa. La puerta trasera queda mirando hacia la Funeraria Descanso Eterno, ubicada en la calle 33, media cuadra abajo de la carrera 13. Apenas sale del carro mete las manos en los bolsillos para ayudarse a subir los pantalones. A pesar de su edad, 57 años, viste como los jóvenes que ofrecen llamadas por celular en las esquinas: con tenis, un jean pálido de tanta lavada y una camiseta a rayas tipo polo. Parece pertenecer a esa extraña raza de hombres que jamás usan saco o chaqueta.
Abre la puerta trasera de la camioneta y alguien le ayuda a descargar dos cajones. Uno sin tapa, que sacan con facilidad. El otro viene lleno y un tercer hombre les tiene que dar una mano. Los escoltan una mujer gorda y dos niños pequeños. Solo después de saludar en la recepción se acerca y me extiende una mano repleta de viejos cortes. Tiene dos anillos de plata que brillan en cada dedo anular y ojos sin pupilas. Es Roberto Jiménez, un hombre que hace 32 años ejerce la tanatopraxia, el complicado nombre que se le da al oficio de arreglar cadáveres. No deja de ser inquietante saludar a alguien que vive entre dos reinos, que ha estado en contacto con más muertos que vivos.
Caminamos hacia una de las cafeterías que abundan en esa calle. Así como existen zonas de Bogotá donde hay más burdeles o talleres que casas de familia, este es un sector por excelencia de servicios funerarios. Todos se abastecen del centro y suroccidente de la ciudad. Al lado de Descanso Eterno está la Funeraria Colonial, en la otra cuadra El Santo Ángel y La Cristiana. Pasando la Caracas están la Monte Sacro y la Teusaquillo, y se sabe que donde hay funerarias coexisten parasitariamente decenas de cafeterías. Roberto escoge El Meka-Teadero para contarme su vida entre los muertos. Antes de entrar se mete las manos a los bolsillos y se vuelve a subir los pantalones.
Empezó en la morgue del Hospital Materno
Infantil. Un hermano suyo que trabajaba ahí le preguntó si tenía 'el estómago duro' como para emplearse en el oficio. Con 20 años no dudó. Desde la primaria la anatomía lo sedujo. En cuarto grado había memorizado la totalidad de los huesos, músculos, arterias, venas y órganos del ser humano. Además, era eso o seguir de celador.
El trabajo no era tan pesado como el que le tocó realizar en el Instituto Nacional de Medicina Legal, donde laboró más tarde. En el Materno Infantil atendía uno o dos cadáveres por semana. Se acuerda perfectamente del primero al que le hizo una necropsia. "Era una mujer embarazada. Una jovencita como de 25 años. Toxémica ella". Roberto se bautizó en el oficio con todas las de la ley: "Murió con el niño". A los cuatro meses lo subieron al quirófano para un reemplazo. En la sala de cirugía hizo de instrumentista y conoció la función de cada órgano vital. A la semana de estar entre médicos y enfermeras vio cómo con ayuda de máquinas trabajaban los órganos de una persona con el tórax en dos, semejando un libro abierto. "No se imagina la belleza", Roberto se pasa una de sus manos por la cabeza y se revuelve el pelo. El anillo refulge. Hace una pausa larga antes de hablar. La ausencia de pupilas es intimidante. "No pude resistir y los toqué. Nada más acercar uno la mano los siente tibios. Es lo que llaman el vaho. Al tocarlos son como babositos". Habla de los pulmones, el corazón, el hígado, los riñones, lo que para él son válvulas, pistones, filtros. Pero lo suyo era la muerte no la vida. Al regresar el vacacionista, lo mandaron de nuevo para la morgue. Estuvo tres años antes de pasar a Medicina Legal por pedido directo de un doctor judío-alemán que dirigió la institución en los años setenta. De él aprendió los laberintos de la patología forense además de las nociones básicas de la balística, la planimetría y la dactiloscopia. Hoy, la mayoría de los tanatólogos se forman por su cuenta. En el país solo existe una institución que los capacita en cuatro semestres: el Tecnológico de Antioquia.
Pedimos dos Coca-Colas frías para tomar un respiro. Roberto luce emocionado. Habla como si fuera Obdulio Varela, el capitán del equipo uruguayo que humilló al Brasil en el Maracaná. Poco a poco la imagen siniestra del hombre de ojos sin pupila se ha ido diluyendo y sin pensarlo mucho me voy animando a pedirle que me permita acompañarlo cuando le toque embalsamar el cuerpo que trajo en la camioneta. La cafetería se ha ido llenando con los deudos del difunto.
"El trabajo allá era muy berraco. Tenía turnos de 24 horas". A Medicina Legal llegaban cuerpos a todas horas. Había días en que le tocaba recibir hasta 70 cadáveres. De su paso por la institución recuerda dos cosas en especial: la necropsia de Rodrigo Lara Bonilla y la de dos de sus sobrinos.
En 1983, el Ministro de Justicia fue abaleado cerca al Club Los Lagartos. De inmediato fue trasladado a la Clínica Shaio donde finalmente falleció. "Esa misma noche el propio presidente, Belisario Betancur creo, llamó a la oficina y nos pidió que realizáramos la necropsia". Roberto también atendió la autopsia de Gloria Lara. Su caso fue muy sonado en la década de los ochenta. Lara fue secuestrada y después de un tiempo en cautiverio su cuerpo fue encontrado en un avanzado grado de desnutrición y con un tiro en la frente. A sus sobrinos igualmente los recibió en su turno. Uno se suicidó y otro fue apuñalado justo en el corazón.
Con la botella de Coca-Cola en la mano Roberto dice: "Arreglarlos fue el homenaje que les pude rendir. Los dejé lo mejor que pude". La frase me hace pensar en un libro de Thomas de Quincey llamado Del asesinato considerado como una de las bellas artes. Pensando en ese título alcanzo a comprender su trabajo: hasta en la muerte la gente reclama que uno se vea bien. Esa es su responsabilidad y la asume a tal grado que ha terminado por hacer de este oficio un arte. Y como todo aquel que ejerce una disciplina que se relaciona con la estética, así mismo Roberto le teme al fracaso. Tiembla ante la posibilidad de que un muerto le quede feo y como consecuencia a que la familia sufra.
En el Descanso Eterno lleva siete años. Trabaja solo y por semana arregla seis cadáveres en promedio. Es en extremo cuidadoso y vela por que la habitación donde los atiende permanezca lo más aseada posible. Utiliza un overol amarillo, guantes industriales, botas altas y un delantal grueso de plástico como el de los carniceros. Se pone una mascarilla más por costumbre que por otra cosa. En treinta años para él el olor a muerto es como el de la harina para un panadero veterano.
Lo primero que hace es limpiarlos, arreglarles las vísceras con el troque, una varilla hueca con puntas en un extremo para trozar músculos. "A veces llegan muy revolcados" y entonces le toca abrirlos de nuevo, poner todo en su sitio y suturar. Cuando se ve en esta obligación utiliza un cuchillo de zapatería. Son los que mejor cortan la carne humana. Después los "formoliza" por irrigación o inyección para preservarlos por 48 ó 72 horas. Usualmente el químico se diluye en agua pero él lo hace en una parte de metanol y otra de fenol "para que coja mejor". Lo inyecta en las venas subclavia, yugular o en la arteria carótida para tratar las extremidades superiores, el tórax y la cabeza. Para las inferiores busca la femoral y para la espalda la vena cava.
Los muertos por hidropesía (retención de líquidos) son más difíciles de tratar. Requieren un proceso de drenado que dura hasta cinco horas. Un cadáver con seis tiros, "lo que se llama un colador", toma unas dos o tres horas. Hay otros con los que no se puede hacer nada, por ejemplo los quemados de tercer grado. La cara de desilusión que pone es la de cualquier hombre que ama su trabajo ante un obstáculo laboral insuperable.
Terminado el proceso con el formol les aplica glicerina. Este es uno de los trucos de los que se jacta. Lo hace para que el cuerpo no se vea tan rígido y para que la piel recupere la tonalidad y la textura natural. Para darles "pulposidad". Luego de la glicerina los viste con las ropas que los familiares deseen ver al muerto. Cuando no las llevan ellos mismos la funeraria les ofrece una especie de túnica que simula un vestido o una blusa según el género.
La señora gorda y los dos niños llegan a El Meka-Teadero. La saludan un viejo en silla de ruedas y un par de hombres bigotudos que se han estado quejando del tinto. Después de recibir el pésame se sienta y pide tres empanadas de papa y carne, dos pericos y un vaso de agua. Tiene los ojos rojos de tanto llorar pero por ahora no importa su dolor, el hambre acosa y la velación promete ser larga. Pide otra ronda y más ají. Entre mordisco y mordisco suelta un sollozo. Por lo que he escuchado, su esposo era un pensionado con alguna importancia. En ese ramo se especializa Descanso Eterno. Ofrecen un plan especial para jubilados. En el volante que lo promociona aparece la foto de un viejo tocando tiple y la frase: "No se quede por fuera. Diligencie en letra imprenta este desprendible y le entregaremos su carne Años Dorados".
Uno de los procedimientos que más cuidado
requiere es el maquillaje del cadáver. "En parte de eso depende el éxito del trabajo". Roberto utiliza maquillaje común que compra en una miscelánea cercana. En promedio un kit completo de base líquida, en crema y en polvo, más colorete y sombras le sale por diez mil pesos. Las funerarias grandes suelen utilizar solo la base en polvo y hay ciertos tanatólogos que utilizan aerógrafos para aplicar el maquillaje. Él optó hace tiempo por el método tradicional. Le parece más considerado con el muerto y le permite concentrarse en los detalles. La técnica la aprendió de sus hermanas y la perfeccionó viendo a su mujer y a su hija. Normalmente mezcla las tres clases de base para conseguir una pasta espesa que pueda recubrir bien las heridas, los moretones o las ojeras. También peina al muerto y cuando es una mujer de pelo larga le aplica secador. Por todo este proceso recibe solo 30.000 pesos y además le toca poner los químicos.
La señora paga y antes de salir llama a Roberto aparte. Conversan unos segundos, él asiente mientras los niños lo miran asombrados. Han descubierto su falta de pupilas. Le pregunto qué le dijo. "Lo de siempre. Que se lo deje bien bonito. Que no le eche mucha base y que si puedo le tape las canas con algo".
¿Qué hace mientras arregla un cadáver? ¿En qué piensa? Le da un poco de pena admitir que oye salsa vieja o canciones de su tocayo Roberto Carlos por radio. "A veces noticias pero con tanto muerto me da jartera". Otras veces se pone a reconstruir mentalmente la existencia de cada uno. Según el estado de sus órganos hace sus teorías sobre las causas de defunción, sabe si fueron borrachos, cocainómanos, víctimas de un cáncer o gente apacible. Les suele hablar. Los invita a que se dejen arreglar sin problemas. Les pregunta por sus vidas, por la suerte que corrieron. No es extraño que se conmueva con la belleza de una joven o la juventud de un hombre. Cuando sucede le toca parar un segundo y fumarse un cigarrillo en uno de los pasillos de la funeraria.
Ahora soy yo el que prende un Kool y hace un
alto. No es fácil escuchar de la belleza de un muerto pero en la vida de Roberto tiene sentido. De alguna manera quiere a cada uno de los cuerpos que llegan a sus manos pero sobre todo los respeta. Para él no son trastos y ese ha sido el secreto para que no se le aparezcan. En más de tres décadas no ha soñado con ninguno y solo una vez en
Medicina Legal se llevó un susto, pero se lo dio un vivo, un hombre que sufrió un ataque de catalepsia y de un momento a otro abrió los ojos, se sentó en la camilla y se
quedó mirándolo fijamente.
A la cafetería llega Alfredo, el hermano de Roberto, que trabaja en el Descanso Eterno como conductor. Lo ha estado buscando afanosamente porque adelantaron las exequias del pensionado. Hay que embalsamarlo ya.
Desde sus ojos sin pupilas Roberto me hace una seña. Nos paramos, pago las Coca-Colas, pasamos la calle y entramos a la funeraria. Cruzo una mirada con la señora en la recepción. Me sonríe con tristeza. Debe creer que soy el auxiliar de Roberto. Camino al laboratorio me empiezan a temblar las piernas y se me acelera el corazón. Una vez vi un ladrón en mitad de la calle, con los brazos en cruz y un tiro en la cabeza pero hoy será diferente. Estaré presente en el momento en que un hombre arregla a otro hombre para que esté presentable su último día sobre esta Tierra.
El tanatólogo abre la puerta. Varios tubos de neón iluminan la sala recubierta por todos lados de baldosas curtidas. Finalmente entiendo qué significa aquello de luz mortecina. Se ve al fondo. Está desnudo sobre una camilla metálica, tiene el pelo casi blanco y su piel es de un color azulado. Va a ser muy difícil disimular las canas. Miro a Roberto y lo veo meterse las manos a los bolsillos y subirse el pantalón. Tengo el corazón en la boca y ruego para que no me vayan a dar arcadas. Entramos.

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