El Señor E no quiere salir de su casa. Se siente incómodo en el mundo. Preferiría que no lo molestaran, que lo dejaran en paz, que nadie le preguntara, nunca más, cómo van las extraordinarias canciones que compone y cuándo va a salir de gira con su célebre banda de rock. Pero no, ya no. Ya no hay nada por hacer: el Señor E, para este momento, tiene fans por toda la tierra. La vanidad, la misma que todos resistimos y tratamos de mantener al margen de nuestros actos, lo obligó, primero a publicar, desde el sótano de su casa, dos respetados discos en solitario, y después, más adelante, tres exitosos discos con un grupo al que, después de varios insomnios, le puso el nombre de The Eels.

El Señor E se llamaba Mark Oliver Everett. Llegó al mundo, a Virginia, el 9 de abril de 1963. Su madre mantuvo silencio. Su padre, el doctor Hugh Everett, un experto en física cuántica que la revista Scientific American eligió como “uno de los científicos más importantes del siglo XX”, sostuvo correspondencia con Albert Einstein cuando era un adolescente y aún no comprendía si era el azar o algo más lo que mantenía la unidad del universo y, muchos años después, en la década de los 50, se convirtió en el autor de una arriesgada teoría, la de los mundos paralelos, que inspiró los libros, las películas y los programas de ciencia ficción que conocemos. Pero a E nunca le interesaron los números y las leyes de la gravedad sino, en cambio, las canciones de Neil Young que su única hermana, Elizabeth Ann, ponía, una y otra vez, en el tocadiscos de la sala.

Mozart compuso su primera sinfonía a los 4 años. E compró su primera batería, en una venta de garaje, a los 6. La verdad es que no es una gran comparación. La verdad es que la proeza de E no es tan impresionante. Ni siquiera cuando se sabe que sólo le costó 15 dólares. El punto es que, como un genio de segunda, E, que en ese entonces aún respondía cuando lo llamaban Mark Everett, y que ya era llamado E porque todos sus mejores amigos se llamaban Mark, se convirtió en un excelente baterista y, aunque por cuenta del alcohol y de las drogas pasó un par de noches en la cárcel y fue expulsado del colegio nunca, ni un solo día durante los diez años siguientes, dejó de tocar esos tambores.

De puertas para adentro

La percusión, sin melodía, era más bien aburrida. Y por eso, a los 20 años, E se dedicó a escribir letras y a cantarlas. Así se le fueron otros siete años: todos los días eran una batalla para no aparecer en la calle y todos los días, sin falta, grababa una nueva canción en su grabadora de cuatro canales. Una mañana, sin embargo, tomó la decisión de escapar: empacó todas sus pertenencias y se fue a vivir a un garaje de Los Angeles. No quería ver, durante toda la vida, las mismas calles de Virginia. Eso era todo. Eso y que un año antes, a los 19, había llegado a su casa después del trabajo y había encontrado a su padre sin vida. Un infarto.

El señor E se fue a California, pero su rutina no cambió. Se despertaba, escribía y grababa. Iba al trabajo, a cualquiera, a una fábrica de bombonas de gas, o a un estudio de grabación, para darse el gusto de volver a su casa a escribir, grabar y despertarse. Pero su vanidad, claro, entró en juego: en 1991, cuando corrió el riesgo de enviarle a un ejecutivo de Polydor Records un casete con algunas de sus canciones, de un momento para otro se descubrió sentado en una oficina, solo, firmando un contrato para grabar sus dos primeros álbumes. Lo primero que pensó, al parecer, fue que por lo menos ahora podría dedicarle todo el día a sus canciones, que por lo menos ahora, cuando tuviera que dejar su habitación, sería para ser el telonero de Tori Amos en una gira por todos los Estados Unidos.

El primer disco, A Man Called E, apareció en 1992. El segundo, Broken Toy Shop, fue publicado en 1993. Ambos, a pesar del sarcasmo de sus versos y el encanto de su música, fueron un deprimente fracaso de ventas. No era el momento del Señor E. Su humor, extraño para los jóvenes que meneaban sus cabezas al lúgubre ritmo de Nirvana, no cuadraba con un tiempo en el que todos se tomaban muy en serio. Sus melodías parecían demasiado suaves, sus arreglos más complejos de lo normal, y sus letras, evasivas e irónicas, no resultaban fáciles de digerir. Sobre todo para estómagos que disfrutaban las letras de Milli Vanilli.

Norman Rockwell colors fade / all my favorite things have changed / what the hell / hello cruel world. Así comienza su obra. La felicidad se ha terminado y la infancia se ha perdido. Lo único que nos queda es una nostalgia que encoge los hombros y que entiende que tendremos que ser felices en medio de la crueldad. Es cierto que a Cristina Aguilera jamás se le habría ocurrido. Y Polydor Records, que no suele perder dinero con sus artistas, le pidió al Señor E que se fuera.

De puertas para afuera

Fue en 1995. Ya comenzaba a acostumbrarse, de nuevo, a las ventajas del anonimato. Se había hecho amigo de un baterista y un bajista y se dedicaba a interpretar, junto con ellos, en una esquina de su garaje, las últimas 60 canciones que había compuesto. Y entonces, de un momento para otro, un ejecutivo de la DreamWorks, la productora de Steven Spielberg, los oyó tocar en un club de Los Angeles, y así, de un momento para otro, E y sus dos amigos se descubrieron sentados en una oficina, juntos, firmando un contrato para grabar los tres primeros álbumes del grupo. Ante la insistencia de la casa disquera y, después de varios insomnios, el Señor E llamó a su nueva banda The Eels.

El primer disco del grupo, Beautiful Freak, apareció unas semanas después del suicidio de la hermana de E: Elizabeth Ann sufría de esquizofrenia y nunca, jamás, había podido llevar una vida común y corriente. El segundo álbum, Electroshock Blues, apareció, lleno de letras optimistas, mientras la madre de E se consumía por culpa del cáncer. En medio del horror, y del inesperado éxito de ventas, el Señor E, de nuevo, tomó la decisión de escapar: se embarcó en una gira por Estados Unidos y Europa que, sin querer, le dio cuerpo, fama y prestigio a The Eels. Pero pronto, claro, tuvo que volver a la realidad.

La gira tuvo que cancelarse cuando recibió la noticia de la muerte de su madre. El Señor E era, ahora, el último miembro de su familia y sus canciones llevaban títulos como Comida de hospital, Elizabeth en el piso del baño o Cáncer para la cura. Ahora estaba solo, pero, para llevarle la contraria a los lugares comunes, sólo podía pensar en que, como todos habían muerto, ese era el momento de vivir. Al fin y al cabo había tantas cosas para odiar. El mundo era detestable y nadie con un poco sentido del humor podría perderse le oportunidad de maldecirlo.

Con el tercer disco de The Eels, Daisies of the Galaxy, no sólo vinieron las ganas de vivir, sino que reaparecieron las grandes ventas y los premios importantes: ganaron uno en los Brit Awards, recibieron un par de nominaciones a los MTV y, como si fuera poco, lograron un muy fuerte regaño de la campaña de George W. Bush por el contenido inmoral, inapropiado para los niños, de todas sus canciones. Todo un honor. Un homenaje merecido. Y más para el Señor E: un ser humano que piensa que “el rating de Guardianes de la bahía es el mayor símbolo de este mundo puteado”, en verdad merece todo lo mejor.

El Señor E no es más famoso que David Hasselhoff. Por supuesto que no. Pero ese es, quizás, su gran mérito. Es vanidoso, pero sólo la mitad del tiempo. La otra, como cualquier hombre normal, la dedica a sentirse peor que un sucio insecto. Es, claro, como todos nosotros. Quería a su mamá, quiere a su esposa y escribe canciones con Peter Buck, de R.E.M, porque, según dice, ellos le robaron su nombre y si él quisiera la ley los obligaría a llamarse R.M. No fuma pero a veces carga una pipa. Graba canciones en el baño, no quiere dar entrevistas y jura por Dios que Michael Jackson le robó un paso de baile.

No sabe leer pentagramas, no se toma la sopa cuando está muy caliente y adora los pájaros. No, no detesta particularmente a Britney Spears. Admira las películas de Wim Wenders, las canciones de Randy Newman y los chistes de Andy Kauffman. A veces, en la mañana, piensa que su cabeza es una inmensa zanahoria y cuando le preguntan qué haría si fuera invisible por un día, responde que el problema es que él es, de verdad, invisible. O sea que, si fuera invisible por un día, haría lo mismo de siempre. Y preferiría quedarse en su casa.

El primer disco, A Man Called E, apareció en 1992. El segundo, Broken Toy Shop, fue publicado en 1993. Ambos, a pesar del sarcasmo de sus versos y el encanto de su música, fueron un deprimente fracaso de ventas. Definitivamente, no era el momento del señor E.

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