La cosa no podía haber sido muy diferente: nacieron entre instrumentos. Cuando el mayor de mis hijos apenas gateaba, para pararse se agarraba de los tambores de mi vieja batería. Cuando yo 'practicaba', lo que hacía que todo el vecindario saliera en estampida -incluida, por supuesto, su mamá- él, en lugar de alejarse y taparse los oídos, no sólo se acercaba como 'transportado', sino que se sentaba lo más cerca posible al bombo y ahí se quedaba hasta que. ¡se dormía! Y no era que el sueño le viniera por falta de calidad de la música, porque aunque mal sí sonaba, daba para cualquier cosa menos para dormir: eran las épocas de No voy en tren, voy en avión, El extraño de pelo largo o El baile de los que sobran.
A pesar de que por esa época yo también tenía un órgano electrónico Hammond, al principio a él no parecía interesarle mucho. Llegué a pensar que tanto acercamiento a los tambores podría estarle afectando los oídos y que lo único que le llamaba la atención era el ruido. Pero no, era que al tipo de verdad le encantaba la percusión. Cogía cualquier cosa: una pandereta, una guacharaca, una maraca, un lápiz, y me seguía con un ritmo realmente sorprendente. Sobre todo teniendo en cuenta que su marcación del compás, desde entonces, era mucho más precisa que la mía.
Ya cuando estaba un poco más grande, por ahí de 7 años, con esa manía que tenemos los papás de buscar que los hijos hagan lo que uno no hizo, tengan lo que uno no tuvo y sean lo que uno no fue, lo matriculé en clases de piano. Quería que tuviera algo de academia y no fuera totalmente empírico, como yo. Pero las clases le duraron hasta que tuvo la capacidad de rebeldía suficiente para negarse a seguir. Es decir, como un año. Es que los hijos nunca quieren hacer lo que uno quiere que hagan, no tienen el menor interés en tener lo que uno quiere que tengan y, obviamente, quieren ser cualquier cosa menos lo que uno quiere que sean.
Luego le regalé una guitarra eléctrica que pidió de cumpleaños, aunque no tenía ni idea de tocar. Se la di con el compromiso de que aprendiera, pero como, repito, nunca le gustaron las clases -igualito al papá-, la guitarra estuvo años por ahí, botada en un rincón, hasta que en un viaje a Cuba descubrió los soneros y su mamá le regaló otra guitarra, esta vez acústica. A los dos meses estaba tocando, no propiamente son cubano, pero sí muy bien y en ambas guitarras.
Sin embargo, independientemente del instrumento que le despertara el interés de turno, lo que nunca dejamos de hacer fue disfrutar de la música juntos, así fuera simplemente haciendo armonías con su hermana mientras cantábamos en el carro. De hecho cuando su mamá y yo nos separamos, aunque la batería se vino conmigo, les compré un teclado para reemplazar el sintetizador SY55 frente al que habíamos pasado horas sacando, montando y grabando covers de canciones. Estaba seguro de que la música los mantendría unidos a mí y aunque quería que la pudieran
seguir practicando en su casa, necesitaba también que la
pudiéramos seguir haciendo juntos. Gracias a Dios así fue.
Primero era él quien desde muy chiquito iba a los jam sessions de los grupos esporádicos que, con músicos de verdad, como mi socio Humberto Polar, algunos otros compañeros de trabajo y conocidos o amigos igual de gomosos a nosotros, como Víctor Mallarino, solíamos montar. Después descubrió las canciones mías y grabaciones totalmente artesanales de hace 25 años. Pero poco a poco la cosa fue cambiando y, sin darme cuenta cuándo, terminé yendo a ver sus presentaciones en colegios y teatros. Hoy soy yo quien oye sus composiciones y quien, con su mamá, más lo apoya para la grabación del primer disco de Atabake, su banda permanente. Son el mundo de él y el mío. Sin embargo, la música es algo que siempre hemos seguido compartiendo; aún hoy nos las arreglamos para seguir haciendo música los tres: él, María -su hermana de 12 años, una verdadera artista en potencia- y yo.
Supongo que todos los papás queremos que los hijos sean como una especie de prolongación nuestra. Por fortuna, a sus 18 años, Juan Felipe ya no lo fue de mí. Es, eso sí más bien, una versión muy mejorada, lo que honestamente no era nada difícil. Pero es increíble ver hasta qué punto le gustan las cosas que siempre me han gustado a mí: mamar gallo, ser comunicativo hasta cuando no toca, la creatividad, las mujeres de todas las edades y estilos, el fútbol. Hasta desgracias como la pasión por Santa Fe (mea culpa). en fin, puras cosas importantes y sobre todo edificantes.
Pero por encima de todas, y sin lugar a dudas, la música. Ambos somos músicos autodidactas: él bastante bueno y yo muy malito, siendo objetivo. Ambos somos atípicos representantes de nuestras generaciones: él admira, conoce de verdad e interpreta casi toda la obra de los Beatles (juntos y después de separados); le encantan Elvis, los Beach Boys, Queen, Pink Floyd, los Rolling Stones o Eric Clapton. Por él yo he conocido a Metallica, Green Day, The Calling, Blur o Coldplay. Yo le mostré a Charlie García, Spinetta, Enanitos Verdes, Compañía Ilimitada, Juan Luis Guerra y Mecano. Él me presentó a Molotov, La Ley, Ekhymosis, Poligamia o Los de Adentro. Y juntos hemos disfrutado de U2, Sting, Oasis, Elton John, Phil Collins, Lenny Kravitz, Pearl Jam, Fito Páez, Maná, Café Tacuba, Soda Stereo, Aterciopelados, Carlos Vives, Juanes, Bacilos, Fonseca. la lista sería interminable. La diferencia está en que no ha sido simplemente oyéndolos, sino tocando su música.
Hoy veo que valió la pena que haya crecido alrededor de la música, una buena terapia y una actividad sana a pesar de que ambos hemos padecido, cada uno en su momento, de los prejuicios de los vecinos retrógrados ("¡huy! si tocan rock deben ser unos viciosos tremendos y unos vándalos, qué horror. si hasta tienen el pelo largo!"). Eso nos ha acercado. Pero también hemos vivido y compartido momentos que francamente nunca hubiéramos podido disfrutar haciendo deporte (lo sé porque también lo hicimos juntos y bastante), o hablando, o filosofando. Y qué pena: mucho menos estudiando.
Además, supongo que intencionalmente, a las otras actividades para compartir siempre les encontramos un 'pero'. Podríamos jugar tenis. Uno 'contra' el otro, pero el perdedor no quedaría contento. O ambos 'contra' otros. Pero la culpa de ganar o perder la tendría alguno de los dos. O tratar con fútbol, pero necesitaríamos al menos nueve jugadores más de este lado y once del otro que nos dejaran hacer algo (suponiendo que yo pudiera hacer algo y no tuviera tres operaciones de rodilla por intentarlo). Eso es tal vez lo mejor de la música: no hay que entrar en la pedagogía absurda de 'hay que saber perder'. En la música siempre se está construyendo, no hay competencia, siempre ganamos.
Y es que a pesar de que sólo le llevo 24 años, hay muchas distancias entre las generaciones. Por poner un ejemplo simple, en el lenguaje. Yo no entiendo muchas de las "bacanerías de ese man". Ni hablar de la ropa. Pero cuando empezamos a hacer música, es otra cosa. No importa cuál esté en el piano, la batería, las guitarras. La música crea una complicidad, una complementación, una compenetración que no es fácil de explicar. Sólo hay que ver a una pareja que baila bien. La música genera una conexión mágica que no tiene edades, que no conoce fronteras y que además surge en cualquier momento, sin ningún requerimiento. Se puede lograr con las palmas de las manos, con los pies, con chasquear los dedos, con la voz.
Yo no tenía el talento ni la tenacidad para haber sido un músico de verdad. Y me sobra timidez. Tal vez por eso, la mía es música íntima, para mí. Y las bandas que he conformado siempre han sido solo bandas de garaje. Pero gracias a la posibilidad de compartir esto con mis hijos, que sí tienen las dos primeras características y carecen en buena medida de la tercera, siento que no soy un músico frustrado. Es que al menos la vida me dio una satisfacción muy grande: para un melómano como yo, que mis hijos salieran sin oído, que no hubiera podido tocar rock con ellos, habría sido una verdadera tortura.

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