(Con acento mexicano): "¿Y por qué no te quedaste en tu pinche pueblo si lo que querías era evitar la fatiga, pinche güey?".

Las obsesiones pueden volverlo a uno loco, mandar nuestra vida al infierno, y esa frase fue mi obsesión durante 24 horas, con la diferencia de que al final del día mi vida no estaba en el infierno, sino en el purgatorio donde usualmente transcurre; eso sí, con una precaria vista a las puertas del cielo.

A finales del último enero no paré de preguntarme por qué Jaimito el cartero, ese a veces tristemente célebre personaje de El Chavo del 8, dejó su Tangamandapio natal para probar suerte en México, DF. Porque si en pleno 2007 fueron necesarios tres buses y nueve horas de camino, ¿cuán agotador habrá sido el recorrido treinta años atrás?

Porque todos en México ignoraban dónde quedaba Tangamandapio. Durante días pregunté su ubicación, razón que nadie supo darme. Cuando decía que quedaba en el estado de Michoacán y que de allí era Jaimito el cartero, asentían con la cabeza y lanzaban un lánguido "aaaaaaaah", pero no sabían nada. Puro sketch de El Chavo, pero sin cámaras ni libreto, y conmigo interpretando a Don Ramón luego de que Doña Florinda le desencaja la quijada de una cachetada.

Había dos formas de ir Morelia —capital del estado—, en avión (una hora de vuelo y 700 dólares, dinero que me alcanzaba para ir a Europa y volver) o en bus, con números mucho más modestos: 25 dólares y cinco horas un solo recorrido. Una vez allí, preguntar por Tangamandapio y rezar para que supieran.

Suena a chiste, pero fue una suerte salir del DF a las 10:45 de la noche para llegar a Morelia a las 3:45 a.m., tener apenas minutos para preguntar por Tangamandapio y tener éxito en el tercer intento: "Desde acá no hay viajes directos a Santiago, tiene que ir a Zamora y ahí tomar otro autobús. El próximo sale en 20 minutos".

Gran secreto el que se llevó el actor Raúl 'el Chato' Padilla a la tumba: el nombre completo es Santiago Tangamandapio, y en las empresas de buses es conocido como Santiago para que no se confunda con esa otra población michoacana llamada Tangancícuaro. Zamora no estaba en el itinerario, pero si los que saben al respecto me dicen que tocaba ir, tocaba ir.

Viajé dos horas y media para encontrar un lugar de 130 mil habitantes con calles llenas de franquicias norteamericanas. La antesala a mi destino final parecía un pueblo del midwest, símil que se hizo añicos cuando vi el setentero bus destartalado que me llevaría a Tangamandapio por 1,4 dólares.

Me subí a las 6:45 de la mañana para bajarme una hora después. El frío mañanero hacía mella y las continuas paradas no ayudaban. Colegiales, campesinos, amas de casa, tipos que no sé a qué se dedicaban subían y bajaban del bus —en México le llaman camión—, solo yo permanecía. Yo y otro par que viajaba hasta el destino final de la ruta, un pueblo llamado Chavinda.

Nunca pude ver los famosos crepúsculos arrebolados de Tangamandapio, porque el amanecer y el atardecer me cogieron en la carretera. La historia dirá que Adolfo Zableh pisó la tierra de Jaimito el cartero a las 7:42 de la mañana de un jueves de enero y que se adentró en el municipio por la calle Madero sin saber bien a dónde ir. El instinto le dijo que siguiera derecho, que así llegaría a la plaza principal.

Era un pueblo normal, con calles de cemento y casas rectangulares sin detalles arquitectónicos para resaltar. Nada que no se pueda ver en otro país latinoamericano. Fui un extraño desde que di el primer paso. Las señoras que barrían el frente de sus casas me miraron con desconcierto, me sentí más lejos de mi país que nunca. En el camino a la plaza —unos 500 metros— me encontré con la agencia de viajes Paco, que ofrecía tiquetes a cualquier lugar del planeta. El mundo no sabe dónde queda Tangamandapio, pero Paco, el tangamandapiano, sí sabe dónde queda el resto del mundo.

Seguí por Madero hasta dar con la plaza. En la esquina diagonal a la que me encontraba vi el Palacio Municipal, acaso el edificio más imponente del pueblo, una construcción de dos pisos y unos 35 metros de frente por otros 35 de fondo. Al frente del palacio, sentado en una banca, conocí a Sabas González Jacobo, campesino de piel cobriza y unos 60 años, aunque con la gente que trabaja la tierra nunca se sabe. Torpe me presenté y le pregunté por Jaimito. Los ojos le brillaron. Dijo que había venido a visitarlos años atrás. Agregó que Francisco Arroyo, el dueño de la tienda de abarrotes, era la persona que me podía ayudar. Me señaló el lugar —cruzando la plaza, junto a la funeraria— y me dijo que abría en media hora. Le pedí que me dejara tomarle una foto; posó como si fuera un señor de alcurnia al que no le faltaran tres dedos de la mano izquierda.

***

Yo no busqué a María Guadalupe Lomelí, ella me encontró. La coordinadora del programa de desarrollo social del pueblo se me acercó y me llevó a la oficina de Alejandra Refugio Ochoa, coordinadora de comunicación social. Sin ser menos gentil que Lupita, me ilustró acerca de Tangamandapio. Fue fundado en tiempos de los aztecas y descubierto y vuelto a fundar por el Juan Francisco de Crasso en 1529. Los registros de la época son confusos porque se quemaron en la Guerra de los Cristeros, por allá a comienzos de 1900, enfrentamiento que produjo saqueos, quemas y miles de muertos, entre ellos varios sacerdotes.

Tiene unos catorce mil habitantes, su nombre es de origen chichimeca y significa "tronco podrido que se mantiene de pie", ha sido llamado también Tanmangandepeo, Tamandapio y Atengomandapeo. Su economía se basa en la agricultura (maíz, fríjol, jitomate), ganado bovino e industria textil. El actual presidente municipal (así le llaman al alcalde) es el ingeniero Javier Francisco González.

El segundo apellido de Alejandra es Robledo, lo que la hace prima de Tania Robledo, aquella actriz que interpretó a Natalia Franco en Padres e hijos, programa no tan bueno como El Chavo del 8, aunque igual de longevo. Su padre, Eduardo, es capitán de la marina y vive en Veracruz.

Finalizada la lección me hace un recorrido por el Palacio Municipal. Lo que más me llama la atención son los agentes de policía que rondan el lugar, armados algunos con metralletas. Son 26 y trabajan por turnos. Tangamandapio no tiene cárcel, apenas dos celdas de seguridad baja. Los casos más complejos son remitidos a Zamora.

Una 'Chata' biografía

Jaimito nunca existió, el actor que lo encarnó, Raúl 'el Chato' Padilla, nació el 17 de junio de 1917 en Monterrey. Era el actor más viejo del elenco de El Chavo, pero el último en ingresar, en 1979, para reemplazar a Don Ramón. Se casó con la actriz Lili Inclán, con quien tuvo al también comediante Raúl Padilla 'Chóforo', quien alcanzó a actuar en algunos capítulos de Chespirito. Debutó como actor de teatro a los nueve años para trabajar luego en cine y televisión. Se hizo célebre al participar durante más de quince años en episodios de Chespirito, El Chavo del 8 y El Chapulín colorado. En su último sketch con Roberto Gómez Bolaños salió interpretando a un policía y evitó la fatiga para siempre el 3 de febrero de 1994.



El día que el Mesías llegó al pueblo

En México los huevos no se venden por unidad sino por kilo. Un kilo son unos diecisiete huevos y cuesta doce pesos. En Tangamandapio se le pueden comprar a Francisco Arroyo, que tiene 69 años y un precario sentido de la audición. En su tienda vende al detal, pero también distribuye a otros almacenes de la región. Un día de 1983, atraído por las historias de Jaimito, viajó al DF con la intención de invitar al 'Chato' al pueblo. No lo conocía, ignoraba si era de Tangamandapio o no, pero igual hizo la vuelta. Honrado con tan inesperada visita, Padilla se lo llevó a los estudios de Televisa y le dijo que lo esperara mientras terminaba de grabar un programa.

Francisco se ubicó detrás de las cámaras y casi estalla de orgullo cuando en plena grabación de un nuevo episodio de El Chavo, Jaimito alzó la cara, miró al infinito y dijo: "Tangamandapio, un pueblito de crepúsculos arrebolados"… La versión de Francisco es que 'el Chato' era regiomontano —en el norte de la república—, pero que un día, de paso por la carretera, vio el letrero que anunciaba la población, se le hizo curioso el nombre y por eso lo eligió para que fuera la cuna de Jaimito.

La invitación se hizo efectiva dos meses después. 'El Chato' llegó con el también actor Rafael Inclán. Una comitiva encabezada por Francisco salió a Zamora a recogerlos y luego lo llevó al pueblo, donde lo recibieron con honores de mandatario. Hubo campanas al vuelo, música de viento, voladores y una conglomeración de personas que iba desde la carretera hasta el Palacio Municipal. El homenajeado dio un discurso que tuvo que interrumpir un par de veces por su propio llanto.

Luego un pequeño grupo pasó a la casa de Francisco, donde se deleitaron con los hermanos Espinosa, un dueto local, y cenaron en el comedor principal —Raúl en la cabecera—. Eran las tres de la mañana pero la horda de curiosos acomodada en el frente de la casa de Francisco impedía dormir.

***

Recorro la casa, veo el comedor de diez puestos donde cenaron, y luego entro al cuarto donde durmió Padilla. Tiene los mismos muebles que hace 24 años, la cama es gigante, de colchón blando y el juego incluye también dos mesas de noche y un tocador, todos de un estilo que yo definiría rococó. Tengo arrestos de acostarme en la cama y pedirle a la nieta de Francisco que me tome una foto.

En la sala de la casona, Francisco me muestra la foto de sus seis hijos, Paco, Noemí, Marta Lucrecia, Araceli, Hugo y Elisa. Elisa se llama también su esposa, a quien descubro en el patio central con una toalla en la cabeza, al mejor estilo de Doña Florinda. Les tomo una foto juntos. Salen regios.

Tres días duró la visita de Padilla al pueblo en el que nació pero que no conocía. Prometió volver con su esposa e hijo, mientras que Rafael Inclán dijo que Tangamandapio era perfecto para rodar una película. Ninguna de las dos cosas se cumplieron. Años después, mirando una corrida de toros por televisión, don Francisco vio a Raúl Padilla en los tendidos de la Plaza México exhibiendo un poncho con un letrero tejido que decía "tangamandapiano", era uno de los obsequios que había recibido durante su visita al pueblo.



Los de verdad, verdad

Jaimito el cartero es uno de los símbolos del principio del fin de El Chavo, representa una época sin Don Ramón y Quico, sin risas pregrabadas; un tiempo donde el programa dejó de ser independiente y pasó a ser un segmento de Chespirito. Los años pesaban sobre Roberto Gómez Bolaños y eso se notaba en la barriga y las arrugas, la voz y los movimientos. Los capítulos eran rehechos con libretos de diez años atrás y la escuelita le había dado paso a la fonda de Doña Florinda. No se puede hablar de decadencia si nunca se ha sido grande, y El Chavo fue descomunal entre los gigantes, pero que grabaran capítulos hasta 1995 fue un abuso.

Muy diferente debe pensar Roberto Escobar, director de la oficina de Correos de Tangamandapio y quien era el cartero del pueblo cuando Raúl 'el Chato' Padilla los visitó. Orgulloso tiene en su oficina fotos con el personaje y recortes de prensa que registran el momento. Su tarjeta de negocios trae una foto suya muy joven, junto a Padilla y una bicicleta. "Roberto Escobar Huerta. Administrador de Correos. Portal Hidalgo 7 Centro. Tel 5183154 (casa). Santiago Tangamandapio, Michoacán", dice.

Está esperando dos ejemplares de esta revista. Se las prometí el día que lo conocí y hace poco llamó para recordármelo. Espero que no se ofenda con mis palabras. Ese cartero llamado Jaime es para Roberto lo más grande y yo no soy nadie para refutarlo.

En el segundo día en el pueblo, Padilla salió muy temprano rumbo a la oficina de correos. Desde horas antes la calle estaba repleta de personas que cuando lo vieron salir le pidió autógrafos, le tomó fotos y lo invitó a desayunar a la casa. Iba a verse con Roberto, que era el cartero de Tangamandapio desde 1979. Se tomaron fotos junto a la bicicleta y este le pidió a Padilla que la montara. En una salida genial, 'el Chato' respondió que gracias, pero quería evitar la fatiga.

Roberto me enseña un recorte de periódico de 2002. El artículo se llama: "Tangamandapio sí existe" y cuenta que Roberto Gómez Bolaños necesitaba un personaje que reemplazara a Don Ramón. Se decidió por un cartero en lugar de un policía, pero no quería que fuera de una ciudad conocida. Agarró un directorio y se topó con Tangamandapio. El nombre le sonó a trabalenguas y le pareció perfecto. La versión de Roberto desmiente la historia contada por Francisco Arroyo.

En plena entrevista llega José Luis Campos, cartero que relevó a Roberto tras dieciocho años de pedalear. En cambio la vieja bicicleta de 1983 tuvo que esperar hasta el 2000 para jubilarse, fecha en la que fue reemplazada por una todo terreno de cambios. Pese al retiro, aún existe. Le pido a Roberto que se ponga su vieja gorra y saque esa oxidada cicla para tomarle una foto. El viejo cartero cumple, pero debe irse ya. José Luis, en cambio, puede ayudarme con lo que necesite, la presidencia municipal ya dio el permiso. Hoy no se repartirán más cartas en Tangamandapio por culpa mía.

José Luis tenía dieciséis años cuando Padilla los visitó. Cursaba bachillerato y soñaba con ser dentista. Alcanzó a estar un año en la universidad, pero se retiró. En cambio se fue a Estados Unidos a trabajar, allí vivió once años y regresó en 1997 con mucho estrés y pocos ahorros.

Reparte cartas de ocho de la mañana a tres de la tarde de lunes a viernes, unas 200 diarias. Dos semanas en el mes son las más complicadas, la primera y la última, porque es cuando llegan los balances bancarios y las facturas por pagar. Me cuenta que en el pueblo hay empresas que maquilan ropa para la cadena JC Penny, en Estados Unidos. De hecho, el treinta por ciento de la población se fue y vive en dicho país. Me explica que acá los ricos y los pobres están revueltos. La familia con más dinero en Tangamandapio son los Pérez; tienen una fábrica de muebles y emplean a unas cien personas.

Subimos al cerro de La Cruz, desde donde se ve la panorámica del pueblo. José Luis sigue hablando y me señala a lo lejos el centro de Alcohólicos Anónimos, porque en Tangamandapio hay quienes toman bebidas con 96 grados de alcohol. Algunas tiendas las venden clandestinamente aunque estén prohibidas desde hace doce años. El licor es efectivo y barato, $20 mexicanos —unos $4.000 colombianos— garantizan una borrachera de días.

Pasamos por escuelas, canchas de fútbol, caminos destapados y nacimientos de agua. Sin darnos cuenta hemos llegado a la casa de José Luis. Tiene una tienda, al frente del mostrador está su hija de siete años, que acaba de terminar su jornada escolar. Me invita a pasar, me presenta a su esposa y a su hijo varón de tres años, me brinda agua y pide que lo espere. Vuelve con estampillas de Roberto Gómez Bolaños y me las regala sin pedir nada a cambio. Es hora de partir. Son las cinco de la tarde y me esperan nueve horas hasta el DF. José Luis y a su hija me acompañan a la carretera, una vía internacional que va desde Chiapas hasta la frontera con Estados Unidos y se cercioran de que tome el camión a Zamora, no vaya a ser que termine por error en Guatemala.

Los habitantes de Tangamandapio sueñan con un homenaje póstumo para 'el Chato'. Hacerle un busto, ponerle su nombre a una calle, sacar una estampilla con la imagen de Jaimito. Espero que para el día que yo regrese al pueblo, ese sueño se haya hecho realidad. Porque yo prometo volver y esa promesa sí será cumplida. Palabra de colombiano.

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