-La música me ayuda a recordar mi vida y mi niñez. Es más, ahora ni siquiera puedo concebir un solo día sin música.
Desde chiquito uno tiene claras las cosas que le gustan. Me acuerdo bien de Los Beatles, Pelé, Cassius Clay y Cochise Rodríguez.
Ahora me he convencido de que soy un rezago de los años 60.
De niño era muy sano, nunca entendí la vaina de las drogas. Se sabía que existían, pero era algo muy condenado y por eso sólo dos o tres lo hacían de manera clandestina.
Desde hace muchos años ando con el pelo largo. No me reconocería si me lo corto, no sería yo.
Lo mío es una rebeldía controlada. En realidad soy completamente inofensivo.
Tengo mucha música de los 60, rock y pop en inglés, rock en español, música italiana, brasileña, francesa y hasta cosas como Los Carrangueros de Ráquira. Todo es bienvenido, excepto la música disco de los 70 que me parece inmamable.
Estudiar en un colegio de sólo hombres lo llena a uno de taras y mitos absurdos, como que las mujeres son unos bichos rarísimos. A los 15 años terminaba uno viéndole los calzones a la profesora —que además era inmunda—, y con una idea totalmente absurda de lo que son las mujeres y de lo que es el sexo.
Siempre fui muy malo para estudiar pero muy bueno para aprender.
Estoy viviendo más los 18 ahora que cuando los tuve.
Mi primer sueldo como publicista fue de $2.000. Era un poco menos del salario mínimo por un trabajo de medio tiempo.
Aunque soy muy tímido, toda la vida he sido bastante payaso.
A la repartición de paciencia definitivamente llegué cuando ya se había agotado.
En mi primer semestre de Publicidad pensaba que no podía ser que mientras estudiaba para aprender una actividad creativa, en una agencia profesional, al mismo tiempo, me sacaran libros para que copiara las ideas.
Una de las cosas más polémicas que he hecho fue en el Country Club de Bogotá por allá en el año 82. Álvaro Gómez era candidato y llenamos las canchas de un torneo de tenis con sus vallas políticas.
En la publicidad la clave es liberarse de los complejos y pensar en grande. Claro que es muy difícil ser inteligente por encargo, es jodidísimo. Lo que uno hace como publicista debe tener la virtud de trascender.
En una época, nosotros comprábamos el metro de valla en el Campín a $8.000 y los vendíamos a $80.000.
El tipo más creativo que he conocido se llama Jorge Martínez. Él me enseño que no hay que asustarse ante las cosas, sino ponerse a hacerlas.
Los colombianos sufrimos de dos males: vivimos acomplejados de ser colombianos, y somos perezosos, cómodos, nos gusta hacer las cosas con el menor esfuerzo.
El mayor mal que existe en la publicidad es la envidia. Muchos viven más pendientes de lo que hacen los otros y no se concentran en lo que hacen ellos mismos.
Muchos pensaron que el apodo de ‘mico’ era por lo inquieto, pero en realidad fue por un peluqueado que me hizo una tía a los 10 años.
Aunque durante mis 22 años como publicista las he visto desfilar frente a mí, nunca he tenido nada que ver con las drogas.
He sido siempre igual en mi vida: los mismos anteojos, pelo largo, barba, Santa Fe, Los Beatles, Les Luthiers. Una cari- catura mía de hace 20 años sería casi igual a la de hoy, sólo que con un poco más de barriga.
Admiro mucho a la gente que es capaz de reinventarse cada día.
Hay tres cosas en la vida cuya sensación no tiene igual: tirar, ir al baño y meter un gol.
Santa Fe es la enfermedad más grande de mi vida. Hay que estar loco para llevar 20 años gastándole boleta a un equipo que en 25 años no gana nada.
Los jóvenes de hoy parecen venir programados, van a otra velocidad, a otro ritmo. Eso a veces asusta.
Que sea femenina es importante en una mujer, sincera, divertida e inteligente, con eso usted tiene una buena mezcla. Me gusta que sean cariñosas. Que sea muy mujer.
Algo que definitivamente me define es que mamo gallo todo el día.

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