Gracias al sexo nacemos, anhelamos y enfrentamos, breve pero victoriosamente, el cumplimiento de morir.

La mujer es la tierra y el hombre es el viento.

En la infancia cada uno de nosotros inventó la noche y el día, el terror y la esperanza, para darle un tinte de realidad al fantasma que somos.

Los amigos contienen la función más serena para ejercer el amor: nos ayudan a vivir y terminan inventándonos.

El solo renegar de la política es otra forma de ejercerla.

La creación que no es empapada por el mal no puede aspirar a interesar ni a trascender.

El dinero, por la forma de emplearse, es uno de los mejores instrumentos para conocer un alma.

La imaginación humana, en el intento de descifrar el enigma supremo que es Dios, concluyó por inventarlo a su imagen y semejanza.

El humor es lo que imprime levedad a lo que ocurre.

Nuestra verdadera tarea es la de morir, la de acercarnos segundo a segundo, a la silente pero acuciosa desaparición.

El vicio es el intento de convertir la destrucción en deleite.

Para fugarnos tenemos que regresar a lo que somos. A la infancia apelmazada.

Trabajar es el recurso más útil para olvidar lo inevitable de persistir muriendo.

No podemos evitar ser ardientes y combustionados sentidores.

Nuestro existir está siempre abastecido y regido por el asombro.

La vida me aconsejó obedecer a los duendes que habitan y se sacuden en mi alma.

Todo intento creativo es siempre, absolutamente siempre, un tormentoso autoaprendizaje.

Obra: “Jinete implorando la paz”, 2000.

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