Un personaje de mi universidad que por respeto y para proteger su apellido llamaremos Diego S., hermano de Andrés Sicard, fue chimeneólogo y guitarrero por excelencia.
El tipo me invitó a un festín en el que la leña, las clavijas, las botellas y las cuerdas prometían una noche agradable pero, la verdad, me sentí como una víctima más del programa El peor día de tu vida.
Poco a poco fueron llegando los invitados con sus novias. Casi todos usaban sacos de cachemir con rombos, gafas de aumento, jeans nuevos y zapatos de mocasín con monedita. Abrazándose, los hombres se saludaban por sus apellidos con unas palmadotas en la espalda, como tratando de excretar su ñoñez y, las mujeres, con su nombre mal traducido al
inglés, se daban un besito de bienvenida.
Maris, Angie, Catis, Connie, Zorris, Mapachis, Gaitán, Gutiérrez, Varguitas, Cepeda y otros amigos de Diego S. estaban sentados en el piso con cojines y guitarras sobre sus piernas alrededor de una chimenea. Me proponían que me bajara del sofá para poner mis nalgas en ese suelo helado y
empezar así con la poesía musical.
Catis, con cara de vegetariana, dijo: "Bueno, cantemos algo de Silvio, o Pablo". Permanecí en un malgeniado silencio porque no soporto a la gente que les quita el apellido a los personajes famosos y los llama por su nombre como si fueran amigos suyos. Traté de calmarme mirando la chimenea.
El fuego ya estaba como para meterle su buen par de mazorcas. Trataba de buscar algo en común con ellos para no sentirme como alienígena y entre las llamas encontré que esa gente divinamente, de buenos principios, buenas costumbres, buenos modales, buena familia y yo teníamos ganas de gozarnos esta vida pero andábamos igual de vaciados: así que yo ya era un bohemio.
"Todavía, quedan restos de humedad.". Después de afinar las cuerdas empezaron a cantar algo que creí era un
jingle para un comercial de toallas higiénicas. ".Sus olores llenan ya mi soledad.", pero una de las novias me miró y haciendo cara de perro de peluche me dijo: "Esa canción de Pablo es divina". Para cantarla cada 28 días, pensé. ". La prefiero
compartida antes que vaciar mi vida.".
Por primera vez, no me dieron ganas de desear a la mujer del prójimo. Los coros de esas niñas con tufo de vino y sus caras de cordero manso me hicieron sentir en misa de doce. Cada vez que terminaban una canción me daban ganas de decir "amén". Sus novios arrugaban la frente para bajar los tragos de canelazo o para llegar hasta las notas musicales más altas. Mientras cantaban con los ojos cerrados dejaban salir un humo de cigarrillo que se les metía por entre las gafas. No podía formar parte de esta legión de ricos-pobres. No acepté ni una gota de licor con la vieja disculpa de estar tomando antibióticos. Diego S. me decía: "Se lo toma o se lo echo encima". Y Varguitas, con una frase que yo no había oído en ninguna
parte, advertía: "Que se riegue sangre pero licor, ¡jamás!".
Después de muchas rondas de trago y con la ropa oliendo a chamizo empezaron a entonar una canción donde se buscaba desesperadamente a un unicornio azul, que se le tiene que haber perdido en algún viaje de hongos a Silvio Rodríguez. Mientras ellos buscaban al azulado equino con cuerno, yo trataba de hallar las cámaras escondidas.
"Sólo le pido a Dios que la guerra no me sea indiferente.", cantaron esos pelmazos que hasta habrán llevado certificados de defunción de ellos mismos a cualquier batallón con tal de no prestar servicio militar.
Cuando terminaron esa canción pensé que estaban llamando a la muchacha para que limpiara los ceniceros pero luego entendí que las novias decían: "Yolanda, Yolanda, Yolanda" para que sus novios les cantaran otra de Pablo Milanés.
Cuando oí ".qué cosa fuera la masa sin cantera.", me dije: esto se puso bueno, vamos a asar arepas. Le pregunté a Diego S. qué quería decir esa canción pero me dijo: "Tómese uno y no joda". Me quedó muy claro entonces, que para ser bohemio es necesario aprenderse letras de canciones que uno no entiende y entonarlas haciendo cara de sociólogo.
Cada vez que abrían una botella tenían un rito. Regaban las primeras goticas en el suelo y decían: "Por las ánimas del purgatorio".
En ese momento lo entendí todo... Les dije que iba a ir al baño. Me paré disimuladamente, cogí mi chaqueta y en silencio busqué la salida. Me fui corriendo, llorando y gritando por la mitad de esa oscura calle porque entendí, un poco tarde, que dejarse invitar a una chimenea es una manera simbólica de sentarse frente a las puertas y a las
llamas del infierno.

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