La maledicencia humana no tiene  límites: mil veces he oído aterradoras insinuaciones acerca de lo sospechoso que resulta un adulto vestido con pantaloneta, sombrero y pañoleta, y acampando con grupos de adolescentes y niños. No son ni sus hijos, ni sus sobrinos, ni los hijos de sus amigos. Simplemente están vestidos igual y comparten un desmedido interés por las manualidades. ¿Voy a unirme al coro acusador? Por supuesto que no. La perversión está en los ojos del que no puede ver la inocencia cuando la tiene enfrente y cada cual verá a qué le dedica sus ratos libres. Yo simplemente me siento aliviado de no tener que encarar miradas inquisitivas y risillas burlonas cuando hablo de mis pasatiempos. Con perdón de los fanáticos del escultismo, pero me sentiría ridículo diciéndole un viernes por la noche a un levante: "Oye, me encantaría salir contigo esta noche, tomar un par de tragos y luego irnos a bailar, pero mañana tengo que adiestrar a los nuevos integrantes de la manada en el arte de hacer nudos y no puedo trasnochar". Supongo que en la intimidad el uniforme puede llevar a juegos eróticos nada despreciables como "El rover y caperucita se encuentran en el bosque" o "El lobato y la dominatrix", pero yo, quizás por falta de imaginación o por leer demasiado National Geographic, me inclino más por la sencilla inclusión de una máscara de gorila o unos calzones de cebra en esta clase de actividades.

Pero bueno, el hábito no hace al monje y un uniforme más o uno menos no hacen daño. Lo que me reconforta profundamente es el no participar de las muy útiles actividades scout. Un ser humano promedio hace dos nudos al día al atarse los zapatos y algunos excéntricos también se amarran los pantalones. ¿Para qué, entonces, aprender las más de cien clases distintas de nudo que pueden hacerse con una, dos, tres y hasta cuatro cuerdas diferentes? Otra cosa es que uno sea un maestro del bondage japonés, pero ese es un arte milenario que no puede compararse a la invención de Baden Powell. Atravesar una maraña de obstáculos con charcos, alambre de púas y paneles de madera es una actividad que tiene sentido si uno es un soldado en entrenamiento, al fin y al cabo es posible que alguna vez tenga que atravesar sigilosamente una montaña, pero ¿y los demás? ¿O es que un scout va a reptar, saltar, hacer rollitos y trepar por las paredes cuando quiera ayudar a una venerable anciana a cruzar la calle? Y no me digan que es por conservar el estado físico, que hay mil maneras de hacerlo sin arrastrarse por el piso.
 
El coleccionismo no me agrede tanto, después de todo es una actividad reposada y llena de oportunidades para instruirse y cultivar la sensibilidad. Incluso en una época no tan lejana, tuve una colección de revistas porno nada desdeñable. Eso sí, jamás se me ocurrió usar un prendedor como recompensa a mi dedicación. Sería un poco extraño que todos exhibiéramos símbolos de nuestras actividades recreativas: la avalancha de prendedores con botellitas de cerveza y tejos en miniatura se tomaría la Sabana de Bogotá.

Una cosa que nunca he entendido es el lema tradicional de "Siempre listos". ¿Para qué? ¿Para hacer fogatas con palitos de helado? ¿Para amarrarse una pañoleta con un nudo rarísimo? ¿Para decirles a los más jóvenes "hola, pie tierno" como si uno fuera un chamán sioux? Listos para complicarse la vida, me parece. Todavía recuerdo el jamboree que hicieron en el parque El Salitre hace unos quince años. Más que exploradores aventureros, los participantes parecían enfermos en cuarentena cercados por mallas, obligados a sobrevivir al lado de las viejas atracciones mecánicas del lugar. Si por accidente a uno le toca convertirse en un nuevo Robinson Crusoe no hay nada que hacer (aunque en pleno 2004 las probabilidades de que esto pase son casi nulas), pero elegir voluntariamente el confinamiento en un parque de la ciudad no
es más que estar "siempre listo" para
pendejear.

Así que, amigos scouts, abran los ojos: en este mundo hay encendedores, velcro, hoteles, zonas de camping con baño, pantalones largos, foulards con diseños variados y carreteras. ¿Por qué darles la espalda? Bastante trabajo nos costó tenerlos. Recuerden que la vida urbana está llena de posibilidades estimulantes y que madrugar en domingo es un crimen que se paga tarde o temprano.

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