De entrada les cuento que este trabajo es aburrido. ¡Jartísimo!, para ser más exacto. O yo al menos no lo disfruté. Disfruté, eso sí, los preliminares: desde que me propusieron el trabajo de suplantación de un celador para conocer de primera mano esta labor, disfruté el imaginarme el edificio donde me tocaría 'porterear' y las anécdotas que de allí podrían resultar. No en vano, así como son las secretarias quienes tienen el verdadero 'poder' en una oficina, los porteros son los amos absolutos de los edificios y conjuntos residenciales, y los únicos que conocen absolutamente todas las verdades de cuanto allí ocurre: a qué horas llega la mamacita del 306, cuántos 'sobrinos' visitan al cura del 501, si es cierto que la señora del 704 golpea al marido, o si el senador fulano de tal sólo visita el apartamento los fines de semana acompañado de colegialas.

Por esto, además de estar dispuesto a abordar el oficio, alcancé a imaginar también una crónica de chismes. Sobre todo, si el trabajo lo tendría que hacer un viernes en la noche: me engolosiné fantaseando toda la información que maneja un guachimán.
Pero no fue así. Me asignaron un conjunto residencial donde debía desempeñarme como uno más de los 290 mil vigilantes que hay en este país, en dos turnos de ocho horas: uno diurno y otro, por supuesto, nocturno.

En el diurno, lo confieso, me aburrí como una ostra. El turno comenzó a las seis de la mañana y siguió hasta las dos de la tarde. Reconozco que llegué temprano, pero no pude dejar de preguntarme si habría sido igual en caso de vivir, como muchos de ellos, al otro extremo de la ciudad: para entonces ya sabía que de los cuatro celadores que trabajan en el edificio donde yo habito, tres necesitan tomar dos busetas diarias para llegar a trabajar antes de que despunte el sol; el cuarto tiene la buena opción de Transmilenio, y aun así necesita caminar veinte minutos, que es la distancia que separa a la estación más cercana de mi casa. Yo, en cambio, solo necesité un ejecutivo en plena séptima a eso de las cinco y media de la mañana y, media hora más tarde, me presenté a trabajar en el conjunto cerrado donde presté mis servicios de celaduría.
 
Resultó ser un vecindario totalmente nuevo para mí, que consta de casi cien casas y que es vigilado constantemente por ocho celadores al tiempo que lo rondan en todo momento montados en bicicletas. Al principio, esa parte me gustó: el no tener que estar apoltronado tras un mostrador sin nada que hacer, porque soy de los hiperactivos que necesita mantenerse ocupado constantemente, pero al cabo de una hora de estar pedaleando sentado sobre el sillín de una vetusta bicicleta, la verdad, ya estaba que la tiraba.

La mañana, en todo caso, resultó de una inercia inquietante. De hecho, tan sólo dos situaciones trasgredieron la rutina bostezada de aquel día.

La primera de ellas sucedió cuando, mientras vigilaba atento las calles del barrio sobre mi 'moderna' bicicleta, escuché que por la radio solicitaban al móvil tres. Caí en cuenta: ese era yo. Corrí a la portería a ver qué se les ofrecía, y me ordenaron llevar una botella dos litros de Coca-Cola y una caja de Marlboro a una de las casas vecinas. Diligente como siempre, no me demoré un minuto en abordar mi destino. Una empleada doméstica abrió la puerta y, al ver mi rostro desconocido, sólo atinó a decir: "Entonces sí es cierto que echaron a García" y, claro, ¿cómo lo iba a negar? Para no alargar el cuento, en menos de dos minutos ya sabía cuál era la situación en el barrio: cuánto tiempo llevaba trabajando en el conjunto cada celador, qué familias ilustres allí vivían, quiénes estaban atrasados en el pago mensual de la cuota de administración.
Es curiosa la simbiosis entre los porteros y las empleadas domésticas: nadie hay más informado que ellos, parecieran enterados hasta del movimiento de las sábanas de la casa vecina: hay una especie de correo de brujas entre ambos que permite que la información fluya con facilidad.

El segundo evento ocurrió cuando mi olfato me llevó hasta el muro que delimita el barrio: al llegar hasta allá encontré a casi una decena de adolescentes escapados del colegio vecino deleitándose con un cacho descomunal. Como de diez centímetros el cacho. Por fortuna no tuve que decir nada pues tan pronto me vieron los estudiantes se dispersaron más rápido que el humo de la bareta que consumían.

Hacia el mediodía, algún colega me preguntó a qué horas me iría a "hacer muecas". Quedé en babia, pero para no parecer primíparo le devolví la pregunta y él me contestó que ya había mandado a calentar la comida y necesitaba que lo relevara unos quince minutos. Media hora más tarde lo vi regresar y le cobré el favor: para entonces, el portacomidas que había llevado -el cual contenía arroz, papa salada y espaguetis con salsa de tomate- estaba en su punto.

Dos horas más tarde, abandoné mis funciones sin novedad en el frente, como habría dicho Remarque.

Noche de ronda

Para el turno nocturno, ya con cierta experiencia, llegué completamente seguro a cumplir mis labores 'porteriles', y no obstante el torrencial aguacero que sucumbió casi antes de la media noche y del frío medular que inundó el amanecer, confieso que esta vez la cosa se me presentó divertida, a pesar de que nada anormal violentó la noche: ni siquiera un par de tiros escuchados en la distancia, o una serenata con los mariachis destemplados de la Caracas o una parranda vallenata de costeños perniciosos. Nada de eso. Pero igual, sentí la noche divertida. Supongo ahora que fue ese cierto embrujo que la noche siempre ha ejercido sobre mí lo que me permitió encontrar el encanto de vigilar el sueño ajeno.

Para comenzar, digamos que nunca pensé que de noche la ciudad pudiera ser tan tranquila: la verdad, no estoy acostumbrado a esta Bogotá nocturna que desde el inicio se me presentó reposada, serena, apacible, plácida, mansa,
casi yerta, barrida apenas por un soplo fresco de exquisito eucalipto como el que hubo al principio de aquella noche de jueves.

También es cierto que, por fortuna, mi noche como vigilante estuvo así de apacible, pues recién se tumbaron las paredes que resguardaban el conjunto cerrado buscando recuperar el espacio público, hubo desde simples robos a varias de las casas vecinas hasta tres secuestros. Por ello electrificaron los pocos muros que aún subsisten con una cuerda de 10.000 vatios que no mata pero que a quien le pasa la corriente lo deja -literalmente- 'viendo un chispero'.

En todos los eventos, los primeros sospechosos fueron siempre los mismos: los celadores, en quienes, al igual que en las empleadas domésticas al interior de las
viviendas, recaen constantemente todo tipo de suspicacias.
Tocó entonces intensificar la seguridad con más vigilantes, lo que significó un aumento en la cuota de administración de los residentes.

Es claro, en todo caso, que de este aumento en el pago mensual de los vecinos yo no me hubiera visto beneficiado, pues resulta que luego de la reforma laboral de este año, el de los vigilantes fue precisamente uno de los sectores más damnificados: se vio afectado con una rebaja salarial de casi el 15 por ciento. En términos reales, significó que los salarios se redujeran de un promedio de $640.000 al actual, aproximado en los $540.000, en el mejor de los casos.

Pero nadie es guachimán por vocación o por herencia.

Según la Real Academia Española, la palabra guachimán tiene su origen en la palabra inglesa watchman, que se compone del verbo to watch (mirar) y man (hombre). O sea, hombre que mira, hombre que vigila: vigilante. Y, según lo que pude conversar con algunos de ellos, prácticamente todos desempeñan esta función por necesidad. Aunque también es cierto que, gracias a las compensaciones salariales, el sueldo devengado puede ser mayor al de un obrero.

Tejo, pola, mujer

Tema aparte es la vida social, pues es allí donde más se 'lleva del bulto': como portero, uno no tiene mayor tiempo para el esparcimiento. En cualquiera de las tres opciones de turnos antedichas, si acaso, se cuenta con un par de horas para dedicarle a la diversión y, en este caso, las más de las veces son utilizadas en una partidita de tejo con apenas un par de polas, nunca más de dos porque la cerveza produce sueño, y es este el látigo de los celadores.

Por supuesto, siempre resulta la pregunta de cómo se levantan una amiga cuando la vida social es tan estrecha, cuando ni siquiera en la noche de Navidad se pueden trasnochar.

Uno de los celadores solteros que compartió turno conmigo aquel jueves me comentó que todo resultaba a partir de amigos: son ellos quienes les hacen la segunda y le presentan amigas en las pocas horas semanales que pueden dedicarle a la vida social. Cuando no están de turno, destinan una o dos horas al encuentro con su pareja, aunque el verdadero aliado es el teléfono.

Ahora bien, como la visión personal sobre el trabajo de celaduría es de aburrimiento, quise saber en realidad qué tan divertido es ser portero.

-Cuando uno se acostumbra -me dijo alguno- la rutina hace parte de la diversión. Para eso, a los dos ó tres años ya sentimos que este trabajo hace parte de nuestra vida.

¿Tanto tiempo para encontrar la felicidad en lo que se hace? Parece ser que con el tiempo los residentes van conociendo a sus vigilantes y perdiéndoles la desconfianza, y en la medida en que dejan de ser señalados como sospechosos por cualquier hecho delictuoso se sienten parte de una familia grande de la que no conocen más que el nombre y que de ellos sólo saben lo mismo.

¿Qué es lo más aburrido del trabajo? La rutina, por supuesto, acompañada de la inercia, pero tampoco podemos dejar de lado el frío, y si éste viene acompañado de lluvia, mucho peor, porque como se dice popularmente "llueve, truene o relampaguee" el show debe seguir. De hecho, esa noche como guachimán, tan pronto cayeron las primeras gotas que presagiaban tormenta, corrí a la caseta a guardar la bicicleta y buscar un paraguas para continuar con el turno.

Pero la lluvia no sólo aumenta la temperatura sino que a la vez su sonido hipnotizante me tuvo casi en los mismísimos brazos de Morfeo. Y es que resulta que en este negocio la clave está en no dormirse. Por eso, cualquier recurso es válido para espantar el sueño: luego de la lluvia, me dediqué un buen rato a barrer la calle, e incluso hice saltarines y flexiones de pecho hasta quedar agotado; por fortuna, a eso de las cuatro de la mañana apareció la prensa, así que pude dar un par de recorridos nuevamente en la bicicleta antes de dedicarme un buen rato a leer El Tiempo. Y así se me fue yendo el tiempo: entre los recorridos por el barrio pedaleando una bicicleta a la caza de cualquier movimiento sospechoso y la búsqueda de la mejor forma de espantar sueño.

Pero antes de que llegara la prensa, a eso de las tres de la mañana, confieso que la tentación logró su clímax, siendo justo este el momento cuando menos se puede caer ante la trampa del sueño.

Dicen que los ladrones siempre llegan de tres a cinco de la mañana. No es solo la hora en que toda la ciudad duerme, sino también el momento en que se tiende a claudicar ante un motoso. Si se trata de porteros de edificios, no se presentan mayores problemas, salvo cuando hay rumba en algún apartamento y el ladrón aprovecha para deambular de piso en piso buscando una buena oportunidad, en especial cuando el ascensor es de aquellos que va directamente al sótano. Pero si hablamos de celadores de conjuntos cerrados la cosa puede se diferente: no pocos se han quedado foqueados y cuando despiertan están encañonados, o se despiertan precisamente por sentir el cañón rozándoles la piel. De ahí, el gran leviatán de los vigilantes: el sueño. Si uno se deja vencer por él, está perdido. Los ladrones lo saben: saben que entre las tres y las cinco de la mañana muchos claudican, y es cuando comienzan a deambular. Por eso, cuando aparece un carro despacioso que se acerca al edificio a estas horas, ya se sabe que hay que sospechar de la intención de su chofer.

Lo curioso es que, de día, los robos suelen ser mayores. Básicamente, porque cualquier movimiento extraño de la noche es motivo de desconfianza, lo que no pasa cuando el sol está arriba, pues el movimiento de la gente y de los carros suele ser normal. De esto se valen los ladrones para hurtar, en especial, los carros parqueados sobre la calle. Mientras se vigilan los extremos, ellos aprovechan para saquear los autos situados en el centro, o viceversa.

¿Cuál es la peor parte de este trabajo?, quise saber también, pues con tan poco tiempo como vigilante es demasiado lo que se desconoce, y alguien me contestó que lo peor es la época de Navidad, cuando en cada casa celebran y, si acaso, alguien los recuerda y sale con un plato de lechona o de pavo, o de pernil de cerdo, y no falta la señora que les regala una botella de trago o algo de ropa. Pero nada de esto ahuyenta la nostalgia.
Aunque, si de nostalgias hablamos, la de Año Nuevo, al parecer, es muy dura pues se trata de la única noche que el barrio está prácticamente vacío y, a pesar de la soledad acostumbrada de cada noche, la de ésta pareciera infinita. Hay ratos, me dicen, en que no se siente un suspiro, en que el mundo pareciera haberse detenido, salvo para los demás, los pocos en el conjunto que esa noche disfrutan de la fiesta y de la algarabía y del jolgorio y de la parranda. Pero gracias a Dios, por fortuna, como todo en esta vida, el tiempo pasa pronto, y en un abrir y cerrar de ojos, luego de barrer las calles, de hacer saltarines, de ver los musicales 'especiales' de Jorge Barón, de leer el periódico, se encuentran con que ya amaneció y que, como siempre, no hay razones para abandonarse a la melancolía porque ya estamos en un nuevo día.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.