Mi mamá las echó. Es que ninguna de ellas duró más de un año en la casa. Amparo Caviativa, Consuelo Sáchica y Esperanza Piñarete me enseñaron que del amor al odio "sólo hay un piso".
A Amparo la trajo mi abuelita de Sasaima.
Parada frente a la estufa con su vestidito azul, piernas canela, chanclas y una caja amarrada con cabuya, me fue presentada la que iba a encargarse de mi desayuno, mi lonchera, llevarme al paradero del bus y luego recogerme por las tardes. Pero nuestra relación fue más allá. Ella subía a mi cuarto y allí aprendimos a contar hasta diez con el Conde de Plaza Sésamo. Se dejaba pegar patadas con mis botas ortopédicas y se reía cuando yo le decía: animal de monte, india patirrajada. Éramos muy noveleros. Derramamos lágrimas cuando por fin Luis Alberto Salvatierra se casó con Mariana Villareal en el final de Los ricos también lloran y vimos cómo Mauricio Figueroa se autodestruía progresivamente con su Piel de Zapa. Ella llamó cientos de veces a Reynaldo Moré para que yo pudiera decir "pow" en Teletrónico. Me acompañó a seguir a José Miel en su eterna búsqueda de la mamá y me llenó de valor para ir un domingo a subirme en el Kilométrico engrasado y gigante de Animalandia.
Y, como ella era Venus Afrodita y yo Mazinger Z, le agarré las tetas para tratar de disparárselas como ambos lo vimos en televisión, pero fue ella la que salió de mi casa expulsada por mi mamá, con el ojo aguado y tembloroso como dibujo animado japonés.
Consuelo fue importada de Carmen de Apicalá. A la fuerza entendí que a mis amigos no les gustaba ir a mi casa a estudiar por mis capacidades académicas, sino por
buscar consuelo en Consuelo. Así que abandoné la bicicleta y aprendí a meter el pipí en la nómina.
La nuestra fue una relación de mutuo aprendizaje. Yo le traté de enseñar inglés con una canción que se llamaba Last night a D.J. saved my life, pero que yo cantaba "Las Maravillas de my Live". Ella en cambio, me enseñó que su cuarto permanecía sin seguro durante las noches. Cuando sonaba el Himno Nacional del cierre y fin de la emisión, yo bajaba al primer piso con la piyama encalambrada. Entre cobijas de tigres y radio con forro de cuero descubrí la versión 2.0 para Macintosh de ese jueguito de mis primas llamado: El papá y la mamá.
Cuando ya dejamos de ser inexpertos, las noches no fueron suficientes. A ella ya no la mandaban a recogerme en el paradero. Yo llegaba del colegio muy juicioso, almorzaba y antes de hacer tareas ponía en práctica lo visto en Comportamiento y Salud al calor del programa radial
La ley contra el hampa.
Aprendí, además, que la comunicación y el respeto lo es todo en una pareja. Un par de pellizcos en la cola mientras ella preparaba la comida eran correspondidos con un pedazo de carne más grande que el que le servían a mi papá. Y mientras mis pubertos amigos eran diestros con la diestra, yo ya alquilaba películas de porno para inspirarme y combatir así la enemiga potencial de todas las relaciones humanas: la monotonía.
Pero los de clase media también lloramos. Mi mamá no veía gente muerta pero sí tenía un sexto sentido bien afinado. Una noche de aquellas bajó corriendo desde el segundo piso y no me creyó que yo estaba en el cuarto de Consuelo con los pantalones en los tobillos buscando unas medias limpias para mi clase de Educación Física. Como gimnasta olímpica, salió echada de mi casa con salto de garrocha, cobijas de felinos y un par de pilas de radio de cuero en la cabeza.
A manera de método de planificación familiar que nunca me enseñaron en clase, mi mamá decidió traer del hospital geriátrico de Apulo a Esperanza, una señora de sesenta y dos años que nunca se afeitó el bigote. Creo que si caía la bomba atómica y quedábamos ella y yo, la raza humana se extinguiría porque no era capaz de echarle muela, ¡jamás!
Era una pesadilla. Todo lo que preparaba le sabía a corrientazo. Confundía los nombres de mis amigos y cuando me llamaba una mujer, siempre me negaba. Empezó a tener voz y voto. Pasaba tanto tiempo cerca de mi mamá que estuve pensando seriamente en pasarme al primer piso, cambiar mi cuarto por el de ella. Se volvió propiedad de la familia. Le daban unos regalos de Navidad buenísismos. A misa, al cementerio, a la novenas, a las reuniones y hasta la finca se llevaban a Esperanza, así que esta vez el que tenía que irse era yo.
Hace algunos años vivo en un apartamento de soltero donde hay una nevera que enfría un limón café. A veces me descubro hablando solo mientras pido un domicilio, alisto mi ropa para llevarla a la lavandería o lavo el baño en cuatro patas. La verdad, me he vuelto más triste, más melancólico. Sin Amparo, sin Consuelo y sin Esperanza.

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