Preludio
Ligia no es la patrona, pero como si lo fuera: es la de adentro. Yo, la de por días:
-Sería sólo lavar los muebles, (¡todos!, me recalcó), aspirar el tapete, de la sala y el comedor (advertí así a la ligera que era doble y que cubría un espacio exigente); luego hay que trapear muy bien porque se le tiene que sacar el pelo del perro llamado Ottawa (su mano alcanzó a mostrarme a un pastor labrador durmiendo en el jardín sobre una cama-tapete llena de pelo blanco. pasé saliva).
-¡Ah!... se me olvidaba: antes, con este cepillo (me mostró uno de esos grandes con unas amenazantes cerdas azules), tiene que restregar muy bien el tapete. Si le gusta un cepillo con palo largo use éste (me mostró uno inmenso, sin cerdas), evita que a uno le duela la espalda. Aquí le dejo el shampoo. Si quiere puede echarle una gota de Clorox. Si ve manchas en los muebles, no se afane que son de pintura de la niña: no quitan.
-¿Le provoca desayunito?
Azorada, al ver la cantidad de cosas que tenía que hacer en mi primer día de trabajo, le dije que no; pero mientras me daba un delantal de la talla de Kate Moss que consideré un insulto para con mis generosos pectorales, me di cuenta de que debí haberle aceptado el desayunito si no quería levantar suspicacias.
Si vivía en Bosa -al menos eso le había contado-, debería haberme levantado a las cuatro de la mañana; habría tenido que hacer el desayuno de mis hijos y de mi marido; dejar a los niños en el colegio, atravesar literalmente la ciudad en plena hora pico de Transmilenio, para poder llegar a las ocho en punto al trabajo. Después de tanto agite, solo una infiltrada como yo desecharía un refrigerio.
Noté inmediatamente que mi respuesta la puso sobre aviso. Sentí su mirada, mientras me indicaba dónde estaban el balde y los guantes. Reflexioné rápidamente sobre mi pinta: tenis, sudadera, pelo recogido, uniforme angosto de sisa: perfecta. Tarifa: 20 mil pesos por día, más lo del transporte. Como no soy interna, ni tengo patrona fija quedé en el limbo de la ley 100 en cuestión de seguridad social. La miré de vuelta y descubrí que sus zapatos, a diferencia de los míos, tenían cámara de aire; que su sudadera era gringa y que la camiseta que llevaba era lo más parecida a una ombliguera. ¿Su sueldo?... no me lo dijo pero no creo que fuera más del mínimo, es decir, unos $340.000 cuando mucho. De esos, un 12 por ciento se va en pagar la seguridad social y otro tanto en las pensiones; quítele lo que le tiene que dar mensualmente a su madre por el cuidado de su hija, más lo del colegio, y puede que con suerte le queden libres unos $50.000.
Volví a revisarme: había que aceptar que mis manos no eran convincentes. Sobre todo mis uñas horrorosamente largas de periodista tercermundista aplatanada y burguesa. Las suyas en cambio eran morenas, ágiles y pequeñas. Su piel estaba reseca y por el lado de la palma se les adivinaba un color rojizo. A lo mejor no había podido ir al médico porque la EPS solo le daba cita a las horas
en que llegaban las niñas del colegio. Sus uñas anchas y blancas estaban impregnadas de un hedor a cebolla larga.
-¿Le gusta el caldo-e-papas?
-Sí, claro. ¿Y este fogón prendido? ¿Se lo apago?
-Ay, gracias. Es que con tantas cosas que tengo que hacer hasta se me olvidó apagarlo. Llevo cinco años aquí y estoy mamada: a veces quisiera dejarles botado este chuzo e irme.
-¿Y a dónde?
-A lo mejor a España. Dicen que por allá le pagan a uno mejor por hacer menos; sobre todo si uno se dedica a cuidar viejitos.
-¿Y no es difícil lo de la visa?
-Difícil no hay nada.
Hice las cuentas: si para una visa española hay que tener de entrada unos 2.500 dólares, que redondeando vienen a ser unos 7 millones 500 mil pesos, Ligia tendría que trabajar sin parar 12 años y medio. Aunque incipiente, el diálogo era sincero. Lástima que se cortara con la aparición de la patrona en el momento preciso en que yo terminaba de hacer la composición de lugar que me permitiera lavar el sofá sin que se notara mi falta de 'expertise':
-Soy la señora de la casa. Espero que le rinda.
No la vi más, pero su corta aparición me sonó
como la primera estrofa de un vallenato.

Instrucciones para lavar (o acabar) un sofá
Para lavar un sofá de cuatro puestos, untado de témpera, con restos de dulces y pelos del perro, la mejor y única compañía es Olímpica Stéreo, la emisora que le da a uno bríos, con su lema "entre más temprano más bacano".
A su locutor de voz fresca y amable le debo el no haber desfallecido después de mis primeras 120 restregadas, -las empecé a contar después de un rato como mecanismo de defensa-, y de que los músculos de mi brazo y antebrazo empezaron a resentir el trajín. Después sentí un leve dolor por el trapecio que terminó en los glúteos durante cuatro días seguidos. "Esto es como hacer spinning", me decía a mí misma, mientras en Olímpica Stéreo el locutor me ponía el dueto Monchis y Alexandra, una versión posmoderna de Pimpinela:
-Coro: "Qué tontos, qué locos/somos tú y yo/estamos con otros amándonos."
-¡Olímpica Stéreoooo sssee metióooo!
-Monchis: "Yo no quiero seguir así/estando con ella y pensando en ti."
-Alexandra: "A mí me está pasando igual/yo no quiero seguir así."
-Monchis: "No me acostumbro al café que hace/solo me gusta el que haces tú."
-Alexandra: "Y yo cuando siento tus caricias y pienso en ti."
-Coro: "Qué tontos, qué locos somos tú y yo, estando con otros y amándonos."
Después vino una tanda de vallenatos de los Hermanos Zuleta que me permitieron encontrar la templanza para terminar el sofá sin morir en el intento y
comenzar una inmensa poltrona que tenía en la espalda una odiosa mancha de tinta:
-"Ahí va la que me gusta, con el hombre que le gusta/ Ahí va la que no me quiere, con el hombre que ella quiere/
Ahí va la mujer que fue mi dueña, pero que hoy va con otro
dueño.¡ayyy hoooombee!."
Como me había indicado Ligia, restregué con Clorox la mancha una y otra vez, hasta que las cerdas se le quedaron prendidas. Sin embargo la mancha indómita no quitó. ¿Y si probamos vinagre con sal? ¿Dónde estará Ligia? ¿Estará viendo telenovelas mientras yo estoy clavada aquí? No hubo respuesta.
Me metí en la cocina y encontré un poco de vinagre, mientras en la radio, una voz femenina, meliflua y aflautada de esas que no le gustan al presidente Uribe, anunciaba una "nnnoche de pplacerrrr" para celebrar el día del amor y la amistad:
-Te reecogerán en una limossina, disfrutareeemos de una cena romáantica, nos sssaciaremos en las mielesss del amorrr, y despuéss como vass a quedarrr cansado, te invito al SSSPA. Llama ya al 6180808."
Esparcí vinagre sobre la mancha y le rocié una pizca de sal, sin dejar pensar en ese anuncio tan sugestivo y libidinoso. Me devolví a poner las cosas en su sitio, sin sospechar que mi experimento había levantado de su letargo al perro. Cuando volví a mi poltrona ya el perro emocionado por el olor del vinagre, se había recostado sobre ella para oler la mancha con su poderoso y sucio hocico.
Obviamente lo saqué a empellones, pero ya era tarde: la poltrona mojada estaba llena de pelos. Gracias a dios que ahora en la radio había una versión más o menos aceptable de La vieja Sara, que me tranquilizó. Respiré profundo y pensé en el amor canino que ha llevado a un genio de la literatura como Fernando Vallejo a dedicar su vida a luchar por los derechos perrunos, a ver si por esa vía mi aversión a Ottawa era remediable. No resultó porque imaginé que me iba a tocar hacerle la higiene dental como se la hace Vallejo todas las noches a su can, según nos mostró con lujo y detalles el documental de Luis Ospina.
-Son las 8 y 45 minutos en Olímmmpica Stéreo. Sssssaludamos a Yeny Marcela en su cumpleaños.
Lo que sí no me esperaba es que la aspiradora
tuviera la boca rota y no jalara. Utilizarla era como arar en el desierto; por más de que me esforzaba en pasar la aspiradora tres veces por el mismo lugar el tapete seguía intacto, igual de sucio y manchado. Al cabo de una tanda infernal de vallenatos donde todas las mujeres somos las culpables de la infelicidad de los hombres porque o somos putas o malevas -no quiero pensar qué diría Florence Thomas de los
jóvenes compositores vallenatos-, paré de hacer oficio.
Estaba sudando como una cuba.
Una voz de mujer con acento catalán me habló por la radio:
-Zervicio Zocial: Se comunica al señor Pablo González que su hija Mabel le envía un regalito desde Barcelona, España. Que puede ir a recoger un dinero que le envía su hija al Banco Caja Social. Y que pues, nada, ¡majo!, que siga así tan moderno y tan informado. Apresúrese y no pierda el tiempo.
Otra vez la cuña del referendo que no falta, la de Pablo Ardila que siempre aparece, una invitación a estar toda una tarde con Jorge Celedón, ¡sssolo en ooolim-pi-ca eStéreo!, otra para pasar el DÍA del amor y la amistad apostando, de nuevo la voz subliminal de la mujer catalana anunciando la llegada de las remesas, ahora, la voz meliflua que invita a los hombres a saciarse en las mieles del amor.
La presencia de Ligia me desenchufó de la emisora. Volví a prender ese armatoste de la aspiradora y de nuevo seguí arando en el desierto mientras el Ottawa ese se paseaba como un emperador botando sus pelos sobre mi tapete recién arado. Me di cuenta de que hacía tres horas no hablaba con nadie y que el bombardeo constante de anuncios subliminales no era muy edificante.
El momento jodido
Es probable que sea en estos momentos de introspección cuando aflora la obsesión por cambiar de oficio, por salir de ese hueco y por dejarse transportar hacia mundos desconocidos que les permitan ver horizontes distintos. Es entonces cuando comienzan los descartes.
Obviamente los primeros en salir mal librados son los políticos. Lo siento por Juan, tan buen muchacho; por Lucho y por María Emma, tan buena pareja; pero en las casas donde fui, había más votos para Shirley, la de Protagonistas de novela, que para la ilustrísima María Emma. Y desde luego, son más populares las letras de Los Diablitos que el mamotreto pesado y largo del referendo. (Aclaración: Los Diablitos no tienen que ver con ninguna ONG; son un grupo de jóvenes vallenatos cuya canción más sonada, Inocente, es el gran hit de la temporada: trata de una niña que queda embarazada de su novio; él le dice que aborte y ella se niega).
Digamos que las emisoras vallenatas son para las mujeres que trabajan en este duro oficio del servicio doméstico lo que Julito, el doctor Casas y las preguntas impertinentes de Felix son para las mujeres profesionales que llaman a La W FM en busca de empleo. Las emisoras vallenatas son auténticos oráculos que les alimentan sus sueños y que, incluso, les pagan hasta sus culebras. Así como lo oyen. Si usted está vaciada, no tiene trabajo y no ha podido pagar las cuentas, con solo escribir al apartado de Olímpica Stéreo y mandar un registro con las cuentas atrasadas, puede conseguir que le paguen sus culebras. Que yo sepa, esto no lo hacen ni Julito ni el presidente Uribe:
-Olímpica Stéreo: ¿Está Clara?
-Clara: Sí, con ella.
-Olímpica: Sé que ha tenido problemas para pagar sus cuentas. ¿Sigue desempleada?
-Clara: Sí, imagínese.
-Olímpica: ¿Está muy endeudada?
-Clara: Pues siempre. Por eso he tocado todas las puertas. Incluso envié una cartica a una emisora que me dijeron que ofrecía esa posibilidad, pero de eso hace ya rato.
-Olímpica: ¿Una emisora pagando deudas de otros?... eso nunca se había visto.
-Clara: Sí, yo sé, pero la esperanza es lo último
que se pierde.
-Olímpica: Pues le informo que este es su día: no se preocupe más porque Olímpica Stéreo responde por sus culebras.
Se oyen gritos emocionados. La señora no lo puede creer y yo tampoco. Ligia que está vigilándome, aplaude emocionada.

Cuando la jodida es uno
Al otro día, con un dolor en las corvas insostenible, me dispuse a terminar la faena. Me puse el delantal, acepté
el desayuno y prendí la radio. Cogí el cepillo de las cer-
das azules y acurrucada empecé a restregar el puto
tapete.
-Son las ocho y media en Olímpica Stéreo. saludos para doña Juana por su cumpleaños
-Son las nueve en Olímpica Stéreo. Son las diez, las once.
Siendo mi segundo día y a esas horas ya tenía que aceptar que yo formaba parte de ese grupo privilegiado de mujeres que se las daban de exitosas brillantes e
independientes, gracias a que había otro grupo de mujeres que nos hacían el mercado, nos cuidaban los niños y nos paseaban el perro.
Quería descansar y echarme en el sofá, pero
temía que Ligia me cogiera en esas. Me tomé el agua de panela y las galletas de soda que me había ofrecido; me
quité el uniforme y me largué.
Al otro día llamé a la patrona y le dije que se me había presentado un inconveniente: que tenía que viajar a mi tierra. Me daba escalofríos pensar que el cepillo de cerdas azules me estaba esperando. Aunque en realidad lo que más preocupada me tenía era que me fueran a regañar por haber puesto vinagre a sus sofás, limón y sal a su tapete, dejar pudrir el trapero y haber pensado aunque fuera por un instante en pasar al papayo a
su perro.
Una insostenible culpa pequeño-burguesa que creía haber reducido a sus justas proporciones me persigue cada vez que veo a mi empleada corriendo de aquí para allá, trapero en mano. Me refugio en los griegos, pero veo que Platón ni siquiera dejaba ir a las mujeres a su Academia. Me refugio entonces en Marx y en Engels pero tampoco encuentro una salida distinta a la falacia histórica de que todos somos iguales. Leo a Julio Mario Santodomingo en un reportaje en el que dice que la inequidad social no debe alarmarnos porque siempre ha existido, pero me quedo mejor con Mafalda:
-Buen día: ¿se han abolido las injusticias
terrestres?...Ah, ¿No?... DESPIÉRTENME PARA EL
ALMUERZO ENTONCES.

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