Las ciudades como las mujeres se disfrutan en el cuerpo a cuerpo. Hay que acercarse a ellas y dejar que nos hablen, que nos regalen sus olores, que nos refresquen sus sombras y nos permitan participar de sus tesoros. Normalmente el alma de una ciudad suele vivir en eso que las guías turísticas llaman el centro histórico.
La ciudad vieja. La monumental. Racimos desordenados de calles, plazas y callejones que se desparraman alrededor de una iglesia, siguiendo el curso de un río, salvando accidentes orográficos y por lo general enfajadas por recintos amurallados, hoy tal vez desaparecidos o escamoteados por otras construcciones que se sirven de sus muros para mantenerse en pie.
Allí las viejas calles se identifican con viejos nombres sabios, cada uno con su porqué, cada cual con su referencia. La Plaza del Pino, la Calle de la Sinagoga. Nombres de oficios y gremios ya desaparecidos que en tiempos las poblaron y en ellas comerciaron, crecieron y desaparecieron. La Calle de los Curtidores, La Calle de la Platería… Nombres que nos hablan de acontecimientos que conmovieron la ciudad, de los usos que le dieron. La Plaza del Peso de la Paja, la Calle del Hospital. Nombres que nos ayudan a entender mejor dónde estamos, de dónde venimos, y que marcan el paso, marcial la mayor parte de las veces, de la historia o al menos de la historia parcial de los vendedores.
Cuántas páginas del libro de nuestros amores y desengaños se han escrito volando por los tejados, arrastrándose por los adoquines, aguardando que la vida doblase la esquina de alguna calle húmeda y estrecha como éstas, bautizadas con nombres que les son propios en todos los sentidos de la palabra.
Pero a medida que la ciudad se desparrama
como la cintura de una matrona pierde su encanto y las calles del progreso aparecen como una retícula de vías más o menos paralelas y perpendiculares que en absoluto nos conmueven y a las que se adjudican nombres de individuos más o menos recomendables, de lugares geográficos más o menos ajenos, de poetas tan ilustres como poco leídos y a las que nuestro corazón y su ¿quién soy…? ¿de dónde vengo…? ¿a dónde voy…? Y mucho menos el ¿dónde estoy? Y ¿ por dónde coño voy…? Les importa un rábano.
No estoy en contra de que las calles tengan nombre. Pero tampoco lo contrario. Hermosos nombres aquellos con los que el tiempo y/o la sabiduría popular bautizó ciertos lugares. La Diagonal, de Barcelona; La Gran Vía, de Madrid; El Carrer del Pecat, en Sitges; La Piazza del Poppolo, en Roma.
En Barcelona, en el barrio de Gracia, sobreviven un manojo de calles con nombres libertarios como la Calle de la Libertad, la Calle de la Legalidad, la Calle de la Providencia, la Calle del Peligro que a su vez se entrecruzan sin reparo alguno con la Calle del Oro, la Calle de la Perla, la Calle del Rubi que tanto urbana como literariamente son pura poesía.
Y me pregunto: ¿por qué donde la ciudad pierde su encanto, si el pueblo no dice lo contrario, no se pierden a su vez los nombres de las nuevas calles de la nueva ciudad teniendo en cuenta que la Administración Pública, con la provisionalidad que caracteriza todos sus actos, tiene muy mala mano para eso de bautizar.
¿Estamos los ciudadanos condenados a soportar además de esa sensación de soledad y urgencia que nos persigue por los territorios hostiles e ignotos de los ensanches de las grandes ciudades, a tener que identificar ciertas calles con el nombre de generales golpistas, próceres negreros o políticos zancarrones…?
Ilustrísimas. Póngales número a esas calles, leche.
Utilicen el alfabeto y déjense de pamplinas
líricas que la poesía se desvanece cuando la desorientación se alía con la monotonía y las calles se parecen una a otra como un nicho al de al lado. Y eso, no hay poeta que lo arregle.
¿O acaso temblarían los cimientos del ensanche de Barcelona o del barrio de Salamanca de Madrid, si en lugar de bautizadas las calles estuviesen ordenadamente numeradas y/o alfabetizadas?
¿No creen que si la calle Mallorca en Barcelona fuera la calle 15, pongamos por caso y la calle de Serrano en Madrid, la Avenida B, no sólo sería más práctico para quien tenga que dar con ellas sino también socialmente más imparcial y aséptico?
Y no pasa nada, hombre. No pasa nada.
Pongamos el ejemplo de La Guineueta.
La Guineueta, —en castellano será algo así como el zorrillo— es un barrio de Barcelona creado en plena dictadura, allá por los 60, para albergar inmigrantes, en su mayoría andaluces, que han dejado aquí su sangre, aquí han crecido sus hijos, aquí nacieron sus nietos y aquí se han hecho viejos.
Pues bien, con la muerte de Franco, el retorno de la democracia y la normalización de la lengua catalana, la Administración local reivindicando derechos que el franquismo pisoteó, como el uso del catalán en Catalunya, tradujo los nombre de las calles, originalmente en castellano, a catalán y así la Calle del Rebeco pasó a llamarse el ¡Carrer del 1¨Isard! y la Calle de la Ardilla Voladora el Carrer de L´¨Esquirol Volador.
Y no pasó nada.
Nadie se suicidó, ni se produjeron manifestaciones populares pidiendo la restitución de las viejas placas y eso que la perturbación para las familias de los vecinos del barrio que vivían, pongamos por caso, en Utrera (Sevilla) o Villanueva de los Barros (Badajoz), para escribir los sobres de las cartas a sus parientes de Barcelona, fue notable. Incluso estas molestias familiares se habrían evitado si las calles hubiesen estado numeradas desde un principio.
Imagínese que usted está en la Calle del Mono y tiene que ir a la Calle del Pez, pongamos por caso. Pues si no sabe dónde está la Calle del Pez o lo pregunta lo tiene jodido para llegar. ¿Entiende? Pero si las calles estuviesen numeradas ordenadamente sería distinto. Usted, que está en la calle 21 sabría que la calle 65 esta 44 calles más allá, y punto.
Claro está que siempre puede ser peor.
En Costa Rica, por ejemplo, la cosa es singular. Cuando usted le pida la dirección a esa muchacha ‘tica’ que conoció en el tren para enviarle la foto que le hizo en Madrid junto a la Cibeles, no se extrañe cuando le diga que escriba en el sobre: “50 varas al sur y 25 varas al oeste de la casa de Matute Gómez”. Y tal vez añada para precisar: “El lote que tiene cinco árboles de mangos”.
O sea que, para saber dónde vive la muchacha, hay qué saber cuánto es una vara, dónde queda el sur y, por supuesto, cuál es la casa de Matute Gómez en San José.
No importa que Matute Gómez —por si le interesa, general venezolano que se refugió en Costa Rica por los años 20— pasara a mejor vida hace 50 años. Ni
siquiera que la casa del general haya cambiado de manos y sucesivamente haya sido restaurante, bar y casa de tolerancia.
La señorita vive 50 varas al sur y 25 varas al oeste de la casa de Matute Gómez y el que venga que arree.
Tal vez le parezca complicado pero ellos se
manejan perfectamente.Tengo unos amigos que para el correo viven: “A un kilómetro al sur del último poste de luz a mano
izquierda”, y a pesar de que las líneas eléctricas hace años que sobrepasaron con éxito su vivienda, la referencia no cambió.
Más curioso aun en Managua donde las direcciones postales se forman con: “arriba o abajo”, según donde sale el sol y donde se acuesta y con “al lago o a la montaña referencias claras al norte o al sur”. ¿Estamos? Por ejemplo, uno puede vivir “del Hotel Intercontinental 2 arriba y 3 al lago”, siendo las cifras las cuadras de distancia a las que se encuentra la casa de uno, de la de referencia.
No me joda, hombre. Póngales números y letras y listos.
Números para todo el mundo. Para la Guineueta, para Managua, para mi barrio el Pueblo Seco de Barcelona.
Así la referencia de las calles sobreviviría a los cambios de regímenes políticos y a los caprichos de primeras damas sin que los ciudadanos de a pie estemos obligados a circular por calles y avenidas bautizadas con nombres de personajes impresentables a mayor gloria de la canallada que nunca cesa y nuestros hijos puedan caminar por ellas sin leer obscenidades en las placas de sus esquinas.
Que los hombres pasan y los números quedan.
Admiren la nomenclatura del centro de Manhattan, que con algunas humanas excepciones, es un extraordinario ejemplo eficiente de ayuda al ciudadano.
Calles y avenidas, mayormente numeradas, se cruzan en una retícula en la que propios y extraños se orientan con facilidad.
Esas debieron ser las intenciones del ilustre bogotano que decidió cuadricular la ciudad que crecía y estableció que de norte a sur circularían las carreras y del monte hacia abajo las calles.
Hasta ahí vamos bien. La cosa se enmierda cuando empiezan a aparecer las diagonales, las transversales y las avenidas aliadas a eso que eufemística solemnemente llamamos la idiosincrasia de los pueblos.
Que le vamos hacer.
Nadie es perfecto.

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