—Padre, vengo a confesarme.
—Hijo, por tu voz aguda deduzco que eres muy joven.
—Bueno, es que yo soy...
—Calla, no me digas tu nombre; para mí sólo eres un alma atribulada en busca de consuelo. ¿De qué pecados te acusas, pequeño?
—¿Acusarme? De ninguno.
—Vamos, que por algo estarás aquí...
—Me mandaron, yo no quería venir.
—Algún pecadillo habrás cometido. A ver, ¿has realizado autotocamientos?
—¿Dice si toqué un auto? ¿Es pecado?
—No, tontuelo: te pregunto si has tenido goce estimulándote manualmente.
—No entiendo.
—Digo, si has cometido el pecado de Onán.
—¿Quién?
—Onán, el que arrojó a tierra su simiente.
—¿Susi miente? ¿Quién es Susi?
—A ver si me entiendes: Onán fue el primer hombre en tener placeres solitarios.
—¡Ah, ahora sí lo entiendo! ¿Él lo inventó? ¡Qué genio! ¡Gran tipo este Onán! Pero, pensándolo bien, ¿el primer hombre no era uno que se llamaba Adán?
—Por supuesto.
—¿Y él, nunca se...?
—¡No!
—Pero a mí me contaron que Adán estuvo solo, cuando todavía no estaba esa chica Hebe.
—Eva, dirás. En efecto, Adán vivió solo.
—Entonces Onán fue el segundo en arrojar a tierra. Y
Susi miente para que nadie se entere.
—Calla, no entiendes nada, no puedes saber más que las Escrituras. Sospecho, jovenzuelo, que tú también has practicado ese vicio.
—¡Por supuesto!
—Es una falta grave, debes arrepentirte.
—¿Por qué?
—Porque te espera un tremendo castigo: “Masturbatio punitorum, perpetuum infernorum”.
—¿Qué dijo?
—Que te achicharrarás en el fuego eterno.
—¿Dónde lo encienden?
—En el infierno, ignorante.
—Pero padre, yo no soy el único en hacerlo: también lo hacen mis amigos, mis primos, mis compañeros...
—Porque el astuto demonio tienta con lo cercano, con algo que el hombre tiene siempre a mano; y así ese asqueroso vicio se practica en todas las latitudes.
—¡Y en diferentes longitudes!
—¡Te callas, puerco! Cuéntame, ¿lo has hecho a menudo?
—Unas veinte, treinta veces.
—¿En este mes? ¿En todo este año?
—Por día, padre; todos los días.
—¡Pero eso es un exceso terrible, hijo mío!
—Sí, se me fue un poco la mano...
—Desde aquí no puedo verte bien, pero imagino que tendrás ojeras y las palmas de las manos peludas. ¡Es otro castigo por esa infame práctica!
—¡Padre, cómo no voy a tener pelos, si soy un mono!
—¡Ahora te burlas de mí!
—No, padre, que soy un chimpancé: ‘Lucas, el Simio Parlante’, del Gran Circo Internacional Rex.
—¿Qué dices, tunante? Déjame salir del confesionario, y te daré... ¡Oh, cielos, es cierto! ¡Milagro! ¿Pero... cómo puedes hablar?
—Me enseñó mi cuidador, con mucha paciencia. Me dio algunas lecciones de cultura general y ahora también quiere que tenga una religión. Dijo que, tratándose de mí, debía ser una religión monoteísta.
—¿Tu cuidador te envió aquí?
—Sí, es muy creyente.
—Estás en buenas manos.
—Padre, no me recuerde ese tema.
—Digo, estás en el buen camino: el Señor te ha otorgado el don del habla para que abandones esa sucia práctica, característica de tu especie, y puedas seguir el sendero de la virtud.
—Pero padre, el Señor me creó con estas apetencias. ¿Usted cree que elegí ser mono y vivir en un circo? Yo hubiera preferido ser ejecutivo o actor de cine y poder acostarme con modelos, en lugar de tanto amor propio.
—Disculpa la curiosidad, pero, ¿en qué piensas cuando...?
—En la mona Chita: me vuelve loco, tengo todas sus películas. También me encanta la Mona Lisa, con esa sonrisa sexy... Me alucinan las fotos desplegables de las revistas PlayMonkey y PentCircus. Y desde que me enseñaron a hablar también me gustan las chicas: el abuelo King Kong no era ningún tonto.
—Qué perversión, eso debe llamarse ‘humanofilia’ y también debe ser un gravísimo pecado. Tienes que resistir, pensar en los buenos ejemplos: recuerda a San Antonio, que soportó terribles tentaciones.
—Los simios no creemos en santos; a lo sumo en ‘San Simión’.
—Mira, esto te ayudará: es una estampita de la beata Sor Impoluta de Zaragoza. Para derrotar al deseo, la beata hizo voto de mantenerse siempre con las piernas juntas: la llamaban ‘La Hermana Saltitos’. Contémplala, inspírate en su ejemplo y elévate. Observa ese rostro ascético, ese cuerpo austero.
—Ese rostro... ese cuerpo... mmm...
—Pero... ¿a dónde vas? ¡Baja del confesionario y devuélveme la estampita! ¿Qué haces, cochino? ¡No hagas ESO allí arriba! ¡Serás excomulgado! ¡No miren, señoras, no miren! ¡Es el demonio! ¡Llamen a los bomberos! ¡Traigan bananas! ¡¡¡Un exorcista, por favor!!!

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