No voy a decir mentiras: jamás imaginé que a mi llegada a las bellas islas de Trinidad y Tobago habría de terminar convertido en lavaplatos y enfermero de uno de los más grandes escritores e intelectuales de nuestro país. La última vez que lo había hecho ?lavar loza, limpiar una estufa y colgar unos calzoncillos ajenos en una cuerda de plástico? había sido por allá en 1995, cuando me empleé en una fábrica norteamericana de candados de la pequeñísima población de Greenfield, Indiana. Me tocaba, además de limpiarle el baño al gordo Rodríguez, un cubano explotador que había llegado nadando a Estados Unidos, sacar la ropa que unos salvadoreños dejaban en la laundry y, fuera de eso, tenerles listos los pocillos para el tinto que consumían como Coca-Cola. Pero esa vez lo hice por plata; en cambio con el maestro Manuel Zapata Olivella lo hice por agradecimiento y casi podría decir que por amor.

Todo empezó cuando a mi jefe se le ocurrió mandarme a cubrir el concurso de Miss Universo que tenía a Puerto España como sede principal. Desde Bogotá me organizaron los tiquetes y decidieron ubicarme en el hotel Belair. Yo viajé confiado, optimista, lleno de regocijo porque, a pesar de mi pinta de seminarista tristón y medio aburrido, me iba a codear con hermosas mujeres de tú a tú. En el avión iban las más bellas periodistas colombianas, incluida una que cruzaba las piernas como Sharon Stone en la sección final de un noticiero. Yo las observaba desde el puesto de atrás, el que está ubicado en la salida de emergencia y no se puede reclinar, un poco asombrado por su mundo, lleno de asistentes, neceseres y cámaras. Cuando aterrizamos, hicimos la cola de inmigración como si fuéramos una familia que llega de Duitama a San Andrés: con una sonrisa inmensa, y fanfarroneando con nuestro inglés del Colombo. Todo marchó muy bien hasta el momento de tomar el taxi para el hotel. El carro que las divas de la televisión alquilaron tomó una ruta y el mío exactamente la contraria.

Una hora y media después me encontraba sentado en una vieja habitación con televisión pero sin teléfono, y me temo que yo era el único inquilino del hotel. Como en esa isla la mitad de la gente es negra y la otra es hindú, el idioma que hablan parece una travesura de niños que juegan a las adivinanzas. Como pude, medio entendí que me encontraba bastante lejos de la capital y de las reinas y que, para colmo, el costo total de mi estadía ya había sido cargado por anticipado a mi tarjeta de crédito. Tratando de huir de semejante lugar, que parecía más un hangar que una pensión, busqué desesperadamente a alguien que me ayudara, pero no lo encontré: nadie hablaba español, a nadie le interesaba el concurso y ningún alma caritativa me quería pegar el aventón hasta el lugar donde se desarrollaba el evento. Desesperado y al borde de las lágrimas, pues tenía que hacer mis informes desde esa misma tarde y no tenía nada que reportar, decidí consultar el directorio telefónico y obviamente se me ocurrió llamar desde un teléfono público a la embajada colombiana. Allí me contestó nada menos que el autor de Changó, el Gran Putas. Le comenté de mi tragedia y luego de que me calmó con su voz de sabio milenario de Lorica me dijo que me iba a mandar a Jacob, su conductor, para que me sacara de ese embrollo. Casi al terminar la tarde, Jacob vino por mí, habló y discutió en patuá con los recepcionistas y me montó en su vehículo.

Al llegar a la tropical calle West Mouring, ubicada en un viejo barrio de lujo, me encontré con que el maestro Zapata estaba leyendo debajo de un palo de mango y que lo acompañaba un poeta trashumante de Tumaco llamado Eudes Asprilla. Los dos tenían puesta una camisilla blanca y andaban en calzoncillos. Cuando los vi, me abalancé sobre ellos y los abracé como si fueran compañeros de naufragio. El maestro me apartó, incómodo.

-Bueno, Juan Manué ?me dijo, entre burlón y fastidiado?, quítate ese saco de paño y deja de ser tan lambón, que esto no te va a salir gratis.

En el segundo piso me había acomodado un sofá-cama de resortes y me había puesto una toalla encima de la mesita de noche. Dejé mi maleta y me metí al baño para descargar la tensión. Cuando salí, el maestro, que vivía solo, me estaba esperando.

-Cómo es que mandan a un tipo como tú a estas vainas ?refunfuñó?. Pero te voy a ayudar con una condición: tú te vas a encargar de los platos, de sacar la ropa al patio y de darme la pepa para la artritis. Eudes va a limpiar el resto de la casa y entre los dos me ayudan a peinar, ¿entendido?

Resignado, supe que había solucionado mi problema de alojamiento. Me faltaba ahora ponerme a trabajar, no tenía acreditación oficial para cubrir el evento y el tiempo corría en mi contra.

Jamás imaginé que por la Gracia Santísima también esa misma noche habría de pasar muchas horas escondido, a solas y a media luz, con las mujeres más hermosas de la tierra. Para mí solo.

-Okey, cachaco, te voy a llevar y diremos que eres mi enfermero, pero si no te dejan entrar te devuelves con Jacob.

Pues he aquí que a antes de las nueve, el maestro y yo estábamos entrando a la casa del Primer Ministro, recién bañados y perfumados, cogidos de gancho y atravesando una calle de honor, llena de antorchas y saltimbanquis. Yo sonreía como si fuera el edecán de una reina, y el maestro saludaba como lo que era: una celebridad. Lo que nadie sabía, ni la guardia trinitaria ni los organizadores, era que yo llevaba en mi bolsillo una pequeña grabadora con la que les di sopa y seco a mis rivales periodistas. Buscamos el mejor lugar. Senté al maestro en una silla de mimbre y acomodé una de plástico para mí. Como dos emperadores veíamos entrar a los miembros del cuerpo diplomático desde las escalinatas de la mansión. De lejos saludamos, cancheros, con un movimiento de manos, a todos los concurrentes. Luego empezaron a llegar las candidatas que, válgame Dios, estaban todas buenísimas, incluida la de Rumania. Qué cosotas, Dios mío. De las lágrimas de la tarde había pasado yo al éxtasis celestial. Ahí estaban frente a frente, con sus sonrisas y sus pieles. Fue entonces cuando se me ocurrió entrar en acción. Disimuladamente me levanté y empecé a acercármeles. Ignoro si pensaban que yo era un guardia de seguridad o un agregado cultural, pero la verdad, no me pusieron demasiada atención. De un momento a otro, las reinas empezaron a hacer fila en el bufet y yo, felino, me fui detrás de ellas. Di un salto como de pantera y al instante estaba detrás de la señorita Colombia, Marianella Maal Paccini. Acorralándola, le dije en diez segundos que había venido de Colombia para hacerle una entrevista que por favor no fuera adecir nada,selo ruego,mire quesoy de la radioy, no, tranquila, yo vengo con elembajador, se lo suplico, sí, tranquila, termine de comerse su presita de pollo, no,no engorda,coma loque quiera, hagalo que quiera,pero¡ayúdeme por favooorrr!

Marianella comprendió mi tragedia, y como toda diosa, se apiadó de mí. Me dijo que la chaperona les tenía prohibido dar entrevistas que no fueran concertadas pero que iba a hacer el intento de ayudarme. Entonces yo, ya sin escrúpulos, le dije que la esperaba detrás de la carpa del bufet, porque allí no había nadie y estaba medio oscuro. Cinco minutos después, cuando en efecto la señorita Colombia terminó de comerse su presita de pollo, llegó a nuestro lugar secreto. Con disimulo, saqué la grabadora y como sospechaba que no volvería a verla, le expliqué:

-Mira, reina, te voy a pedir otro favorcito. Resulta que hoy es sábado, pero esta entrevista es para el lunes en la mañana en el noticiero de Gossaín. De modo que vamos a hacer de cuenta que hoy es lunes por la mañana. ¿Entendido?

-Listo ?me dijo, sorprendida.

-Yo te voy a decir que qué linda está la mañana, que el mar y las palmeras y los pajaritos levantándose y todo eso, ¿okey? Tú me respondes que sí y me echas el rollo. Miss Universo, las compañeras, la gente, todas tienen méritos para ganar, sí, me he entendido con todas, tan divinas, y toda esa carreta. ¿De acuerdo?

-De acuerdo ?volvió a decir, sin alternativa.

-Pero reinita ?añadí?, tengo que pedirte otro favorcito, pequeñito, pequeñito. Después de la primera, vamos a hacer una segunda entrevista, pero ya como si fuera miércoles, a pocas horas de la coronación. Entonces, tú me vas a decir que estás nerviosa, que estás confiada, que vas a dejar el país en alto y todo eso. ¿Bien?

Cuando terminamos de hacer las entrevistas, a Marianella le pareció divertido nuestro ejercicio y, qué olfato, me dijo que hiciéramos una nota para pocos minutos antes de la ceremonia, pero al mismo tiempo con su compañera de cuarto, la señorita Puerto Rico. En efecto, la señorita Puerto Rico se acercó, a lo Jennifer López, sensual, moviendo sus caderas, para quedarse a mi lado, en la clandestinidad. Reímos, bromeamos, como viejos amigos. Hicimos la entrevista. Pero como a los bobos se nos aparece la Virgen, a las dos se les ocurrió premiarme y dijeron que yo debería entrevistar a las otras reinas. Yo, sudoroso pero nada molesto, me quedé en mi refugio y en fila empezaron a llegar todas y, es más, a alguna de ellas se le ocurrió llevarme algo de comer en un plato desechable.

Qué hartazgo, caray. Tanta reina junta ya me estaba produciendo malestar. Con decirles que a la señorita España, que era una chiquita tetona, pero buenísima y con pinta de bailarina, me tocó entrevistarla con una presa de pollo en una mano y la grabadora en la otra. Como pude, con la boca llena y casi atorándome con el hueso, le hice un par de preguntas. A las demás les dije, rapidito, rapidito, me van respondiendo clarito y rapidito que tengo afán, mucha clientela, mucha clientela, ya no doy abasto. Usted no, por qué voy a entrevistarla a usted, la de Bélgica, si no tiene ninguna opción, y usted, como pasadita de kilos, ¿no? Al final yo hice mi propia selección, escogí mis finalistas, y me di el lujo de no entrevistar a las que no me gustaban o no me caían bien.

Cuando esa noche regresamos a casa, yo tenía listo todo mi trabajo de la semana. No tuve necesidad de pagar los doscientos dólares de la acreditación, ni necesité hospedarme en el hotel de la reinas, ni pedí citas por escrito, nada de eso. Entretanto, a mis colegas periodistas empezaron a llamarlos desde Bogotá a decirles que un tipo de la radio estaba entrevistando a Raimundo (no Angulo) y todo el mundo y que ellos en qué andaban. Como yo todos los días lanzaba una nueva entrevista, los dejaba despistados. A mí, de mi jefe solo me llegaban elogios. Yo había hecho todo mi trabajo en una noche y el resto de días los dediqué a aprender de cultura afro con el maestro Zapata, pues Bostwana era la favorita, pero eso sí, cumpliendo estrictamente con mis labores de enfermero y aseador. También fui comisionado para comprar las botellas de ron que nos tomábamos bajo el sol agradecido de las cinco de la tarde.

Una vez me encontré en el centro de Puerto España con la periodista que cruza las piernas como Sharon Stone. Me dijo que si yo era el de la radio y le dije que sí. Entonces me reclamó que cómo había obtenido tanto material y que dónde me estaba hospedando.

-Ya ves ?le dije, orgulloso?, por mi amistad con los famosos. Estoy hospedado en el Hilton, al lado de la habitación de Evander Hollyfield.
El famoso campeón mundial de boxeo era ese año la máxima atracción de Miss Universo y presidente del jurado calificador. ¡Ah!... y en efecto, ganó Bostwana.

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