No me asusta la ciencia–ficción, caballero. Y eso que he visto monstruos horribles en el cine. Y soy una persona impresionable. Cuando dieron la primera de Alien me pasé tres semanas con un dolorcito en el tórax, esperando que se me rompiera el pecho y saltara de allí un bicho tremebundo. Admito, eso sí, que me deja un tanto impávido esa ciencia–ficción que arranca ubicándonos en el año 14.517 de la galaxia Vandelinus, tiempo y espacio un tanto ajenos como para identificarme, como para imaginarme involucrado en esa trama.

Pero ahora, el desafío, pese a ser un tanto fantasioso, no suena tan lejano. ¿Cómo alguien, sin pagar por su atrevimiento, puede proponerme escribir un artículo titulado “¿Si yo fuera futbolista”? ¡Yo soy futbolista, caballero¡ ¡He sido, soy y seré un futbolista que ha gozado de todos los infortunios del fútbol y ninguna de sus ventajas! Tengo un menisco de plástico, una cadera de teflón y una cara de piedra que me han permitido seguir jugando.

Partamos de una realidad irrebatible: soy argentino. Y el argentino tipo, el Ser Nacional, el nativo de las pampas australes juega al fútbol, baila tango y hace asado. Como para que quede claro, caballero. Todo eso le brinda al gaucho ese particular rostro de preocupación extrema ya que no son actividades simples, mi estimado.

Civilizaciones menos arrogantes, poco ambiciosas, optaron, por ejemplo, por las danzas intuitivas. Los sajones, sin ir más lejos. Inventaron el rock y se acabó el esquema, murió la disciplina. Basta de los cuatro pasitos hacia el frente, los dos hacia atrás y la reverencia. Basta del medio giro hacia la derecha, el balanceo suave y el retorno a base.

El rock liberó la posibilidad de saltar, sacudirse, enrollarse, rodar por el piso y treparse salvajemente a las mesas. Cualquier imbécil envalentonado pudo, entonces, lanzarse a las pistas simulando bailar bajo las luces restallantes de las discotecas.

Pero el argentino no, caballero. Porque el argentino tiene una misión en la vida, ha sido puesto con un objetivo sobre la tierra. El argentino baila tango y eso no es fácil. Torvos profesores enseñan por televisión el ritmo del 2x4, con expresión severa y énfasis religioso, lejos de esas ridículas clases de aerobismo dictadas por señoras con calzas elásticas sobre la cubierta de un portaaviones.
En el tango, un mínimo error en el paso, una imperceptible falla en la quebrada puede precipitar la puñalada, el cuchillazo recordatorio, la cicatriz en la cara. La gente de Medellín lo sabe.
Y tampoco es sencillo hacer asado, convengamos. Echar la carne sobre las brasas y vigilarla en su tránsito a la inmortalidad no es tan complejo. Pero primero hay que tener una vaca. Y a la vaca argentina hay que seguirla ya que es criada ‘a campo’, suelta en la pampa, caminando como loca en busca de sus pasturas. No como las mariconas vacas europeas que se crían dentro de sus establos, alimentadas en la boca por sus propios dueños, presas de la molicie y la más pura holganza.

Y así siguiendo las vacas, aprende el argentino a caminar la cancha, de área, de lateral a lateral. Y así me hice yo futbolista. Amador, por no caer en extranjerismos y decir amateur, que es poco macho. Y, en cierta forma, profesional también, porque siempre he tenido que pagar para jugar. Pagar el alquiler de la cancha, el costo del árbitro, las medias, las camisetas. Pero, si acepto la propuesta, caballero, tal como está redactada, bajo la duda del condicional, le digo que yo sé qué clase de futbolista sería de ser rentado, aunque esto suena a ciencia–ficción, o a ese género inclasificable del cine americano donde el protagonista muere y vuelve a la tierra convertido en perro, en ángel o en su propio padre.

Yo sería un jugador veterano, caballero, virtud que se haría notoria no sólo por mi sabiduría para caminar la cancha sino, más bien, por mi calvicie, el paso un tanto remiso y la curvatura de mi pierna derecha, propietaria de una comba ósea que ya querría adquirir el balón en un tiro libre. El público, siempre deseoso de comunicarse con sus ídolos, me gritaría: “¡Ladrón! ¡Deja de robar y andá a cuidar tus nietos!”. Y yo deambularía por el medio campo, amparado por esa ambigua figura jurídica que representa el ‘cuarto volante’, que le permite a uno justificar su ausencia tanto en ataque como en defensa. Y terminaría como una víctima más de la violencia, me temo, cuando algún inadaptado, el Patrón Bermúdez, por ejemplo, me atropellara en un corner sin compasión ni piedad, arrojándome fuera de los límites de la cancha, del estadio, de la ciudad y del fútbol mismo, el juego “más bello del mundo”, como bien lo calificaran los piratas ingleses.

SI YO FUERA FUTBOLISTA…
...cada pase mío, cada asistencia de gol mía, valdría mil dólares. Y se los cobraría al compañero goleador asistido.

...celebraría mis goles de una manera particular: para prolongar el delirio público, bajo mi camiseta tendría otra, con foto de Sharon Stone totalmente desnuda.

...llevaría en mi camiseta el número 14… médium.

...le dedicaría mi mejor gol al Papa, porque sería un milagro.

...desarrollaría una curiosa adicción al control antidoping, que me obligaría a llevar siempre conmigo un frasquito. Caería, así mismo, en las garras de la droga, en este caso, dada mi edad, opio.

...en mi retiro me convertiría en modelo masculino top, de colecciones de moda, para continuar siendo, ya fuera de la cancha, una figura decorativa.

...habría jugado en el glorioso Bucaramanga, declarando a la prensa, en mi debut, que desde pequeño fui hincha fanático de ese club.

...y para hablar de técnicos me llevaría bien con todo ‘técnico’ obsesivo, que anule la creatividad del jugador para que, así, no se note que carezco de ella.

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