Esneda podría haber sido una cantante de boleros. Vino al mundo con el equipaje necesario. De su garganta sale un vozarrón que hace temblar los ventanales de mi apartamento, los helechos del jardín de mi hermana y las porcelanas de la casa de mi tía. Va por las calles de esta ciudad con su figura rotunda y un alma desprendida que habrían llenado cualquier salón de baile habanero o veracruzano. Es una negra alta que me llega más allá del hombro y que no para de sonreír, como si ese fuera su amuleto para espantar todos los pesares, todas las angustias. Ha vencido varias veces un destino en contra y a pesar de que los dados le han deparado sinsabores y malquerencias, su vida, o como ella la lleva, no tiene nada que envidiarles a los que se consideran afortunados. Es una mujer a la que se le hubieran dado muy bien las canciones de Agustín Lara, Noche de ronda, por ejemplo, como se le dieron a María Antonia del Carmen Peregrino Fernández, para todos Toña, la Negra. Y como ella, a mí me parece que tiene vida y nombre de bolerista a pesar de su segundo apellido. Se llama Esneda Castillo Pastrana, nacida a tres cuadras del mar, en el barrio Villa Floresta en Tumaco, Nariño, bajo el signo Piscis. Vive en paz, según me ha dicho, y hoy la convencí de que me invitara a pasar la noche en su casa.

La conozco hace diez años. Ella sabe quién duerme en mi cama, cómo son los platos en los que como, la ropa que me pongo. Sabe de mis padres, de mis amigos y es dueña de un par de confesiones que le he hecho con la cabeza adolorida y los tragos de la noche anterior nadando todavía en mi cuerpo. Yo sé que le gusta el rock en español, que se fuma medio paquete de Mustang Azul desde hace muchos años y por eso se ganó una tos de fumadora irremediable, y que cada dos meses, sin falta, rompe un cenicero de mi sala. También sé que tiene dos hijos, Jhoan y Alex, y que por fortuna ya no tiene que ver mucho al hombre que fue su marido. Muy pocas cosas en comparación a las que ella conoce de mí, a pesar de que hace una década que nos vemos todas las semanas sin falta, a pesar de que a veces nos sentamos en el mesón de la cocina a almorzar una gloriosa mojarra frita que marina una hora antes con un licuado de cebolla, ajo, sal y comino en proporciones secretas, y que sirve con arroz con coco, patacón con guacamole y ensalada como guarnición. También prepara una lasaña de berenjenas que hace rato supera a la de su maestra, mi abuela, aunque de lo que más se precia es de los fríjoles caldudos a los que les añade un poquito de cilantro al final de la cocción.

Porque hace parte de mi vida quiero saber de dónde viene, si sale silbando de su casa o se va poniendo de buen humor a medida que atraviesa calles y más calles hasta llegar a la mía, de quién se despide en la mañana, qué tan grandes están Jhoan y Alex, a quienes vi hace años, de quienes no para de hablar cuando aparece todos los martes y me timbra con esas poderosas manos repletas de anillos de variados tamaños y formas que se quita apenas llega, para poner sobre la estufa la cafetera y tener al poco tiempo hecho el primer tinto del día, con el que regreso de nuevo al mundo.

Esneda vive en Usme, donde más de 250 mil personas habitan 126 barrios con nombres como el Danubio Azul, Barranquillita o la Fiscala. El suyo se llama El Virrey y llegó hace trece años, por recomendación de una tía. Antes pasó por el Quiroga y por San Jorge, y vivió días duros en Villa Anita.

A las cinco de la tarde deja mi casa y camina siete cuadras hasta TransMilenio, donde tiene que tomar la ruta H51. En la estación de la calle cuarenta sur con Caracas se baja y toma el H17 o el H20 hasta el portal de Usme, al que se llega después de pasar al lado de los terrenos baldíos que rodean la cárcel de La Picota, varias ladrilleras, un batallón del ejército, algunas cuadras de un paisaje que parece lunar a esas horas por culpa de las canteras, y un extraño lago en medio de la nada con un islote y una torre de energía clavada en el medio. En el portal, contiguo a una inmensa fábrica de Alfa, espera por el Chuniza, un bus alimentador que la deja a cuadra y media de su casa. En todo el trayecto se gasta dos horas largas, en las que en caso de que haya corrido con la suerte de conseguir un puesto libre dormita vencida, a intervalos, agarrando duro su carterón negro. Esneda se levanta a las cuatro y media de la mañana, con la cabeza envuelta en una toga amarilla encargada de proteger una centena de trencitas que cada mes, dependiendo de la plata, le compone una amiga en la sala de su casa, entre charla de comadres y varios cigarrillos, y regresa a su morada quince horas más tarde.

Ciertas noches, como hoy, que le ha rendido el tiempo, que no llueve y una suave brisa casi que primaveral baja de las montañas, que el alimentador no se ha demorado eternidades, se baja del bus y evita ir directamente a su casa. Da un rodeo por las calles de su barrio, que a esas horas bullen de vida. Los niños compran cartón y témperas para los trabajos colegiales, mujeres como ella paran en las tiendas para comprar bloques de panela con forma de tejo, huevos que podrían venir del campo, que está tan cerca de este barrio, y mogollas chicharronas para el desayuno, mientras Esneda saluda aquí y allá con su voz hecha para cantar Obsesión, paga deudas o la cuota de una cadena de ahorro en la que está inscrita y luego va hasta una esquina secreta cerca de El Virrey José Solís, uno de los 41 colegios públicos de la localidad. Atrincherada, protegida por las espaldas y los gritos de los cientos de alumnos que salen a esas horas, espera a que Jhoan y Alex aparezcan. Sigue de lejos las cabezas de sus dos muchachos enormes, de 16 y 15 años, y se consuela con saber que ninguno de los dos anda en malos pasos, una de sus íntimas alegrías junto a los domingos con sol en que los tres se van en un colectivo a comer carne, chicharrón, chorizo y morcilla en los asaderos ubicados a la salida de Usme, o cuando madruga a comprarles ropa un festivo cualquiera al Restrepo, una sudadera para Alex, que entrena baloncesto una hora diaria en el gimnasio del barrio y que se acuesta pensando cómo será el día en que entre a la Liga de Bogotá, un saco de capucha a Jhoan, que ya ha compuesto un par de canciones sobre pistas de rap old school que pone en el DVD de la casa, que por ahora, mientras su madre junta dinero para arreglarlo, ha reemplazado al equipo de sonido. Ahorrando peso por peso y casi que sola, Esneda ha conseguido nevera, lavadora, televisor, camas firmes, comedor de cuatro puestos, armarios espaciosos, ramos de flores artificiales, portarretratos, adornos varios, hasta llegar a componer un hogar en el que vive con orgullo, un apartamento en un segundo piso con una cocina equipada en la que se fuma el penúltimo Mustang del día mientras revisa si quedó algo del almuerzo para la comida o si le toca cocinar, porque así como lleva sobre sus hombros mi casa, la de mi hermana y la de mi tía, a Esneda le tienen que alcanzar las fuerzas y la risa para llevar la suya.

Pero esta noche se da una justa licencia y comemos pollo broaster comprado a dos cuadras, junto a Karen, su sobrina, la hija de Lucero, que vive muy cerca. Antes me muestra su álbum con fotos de los años en que no llevaba extensiones y trabajó en la Registraduría, de paseos a Melgar con sus compañeras del Banco Popular, de bautizos con Palacio, ex jugador de Millonarios, padrino de uno de sus hijos, de Jhoan en una presentación del colegio vestido de Rin Rin Renacuajo —mi mamá guarda un foto igual de mi hermano menor

, fotos de sus cuatro hermanas, de su madre Elfrida, de su padre Ramón, a los que no ve hace seis años, de la valluna Chavita, su mejor amiga. Luego nos ponemos a ver el final del Desafío 2006, y odiamos a la vez la cantidad insultante de comerciales que pasan, y cada uno piensa en qué haría con el premio del concurso, los trescientos millones, y me dice con una estruendosa carcajada que se gastaría un millón diario pero de inmediato se arrepiente y se calla y sé que se pregunta cómo va a hacer para ayudarle a uno de sus hijos que quiere cursar Criminología, y yo pienso que trescientos millones no son nada, que mejor el Baloto, y me pongo a ensoñar por mi lado en la sala de una casa en las goteras de Bogotá, la sala de Esneda, con una pechuga llena de miel en la mano y una papa frita en la otra, y sé que Iván, mi amigo, el fotógrafo con el que he venido a pasar la noche, hace lo propio. Pienso en la ampliación de la finca clavada entre las montañas de Filandia y Quimbaya, en el Quindío, donde vive mi padre, en el mariposario que mi hermano tiene planeado para el otro año, y continúo y deliro un poco y pienso que con mucha plata, mucha plata, yo haría un Museo de Historia Natural en los terrenos de Villa Adelaida y le compraría una casa y una miscelánea a Esneda, que ahora bosteza seguido, como queriéndome decir que es hora de dormir, que son las diez de la noche y hace rato que debería estar envuelta en sus cobijas, no ve que mañana voy donde su tía y me tengo que levantar un poco más temprano, porque acuérdese que doña Clarita vive en Chía. Sí, Esneda se va desde Usme hasta Chía todos los miércoles. Atraviesa la ciudad de extremo a extremo para hacerles más fácil la vida a otros por 25 mil pesos, como lo hacen miles de mujeres, ochocientas mil según la Escuela Nacional Sindical, y también hombres, cien mil según las cuentas de la misma institución, de las que solo 750 personas pertenecen al grupo que las representa, el Sindicato Nacional de Trabajadores del servicio doméstico, Sintrasedom, que todos los 30 de marzo celebra el Día Internacional de los Trabajadores del Hogar.

Nos fumamos un último cigarrillo en la terraza de la casa, en el tercer piso, donde vive la dueña. Me cuenta que llegó en 1984 a Bogotá, que su hermana mayor es blanca-blanca y la menor negra-negra, que cuando vivía en Villa Anita —se estremece de solo recordarlo— en las noches se veían los fogonazos de los disparos del ejército y la guerrilla que peleaban por el control del Sumapaz, que es extraño decirlo pero así, sin sonido y evitando pensar en las causas de los disparos, se veían bonitos en medio de la noche, sobre las montañas, como luciérnagas titilando. Es tarde. Tiramos la colilla y nos preparamos para acostarnos.

Jhoan y Alex nos ceden sus camas. Dormirán con su madre esta noche. Sé que Esneda está feliz, para ella siguen siendo sus polluelos, así los trate a veces con disciplina de sargento de infantería y temperamento de capitán de navío.

Tardo un buen rato en dormirme. Pienso otra vez en el Baloto, en que el Museo podría tener un tapir, dos jabalíes y un perezoso, en que sería bueno viajar hasta Alemania o Inglaterra a conseguir los servicios de un viejo taxidermista, de los que les salen pelos por las orejas. Después pienso en 'Un día de trabajo', un escrito de Truman Capote que está en "Conversaciones y retratos", la tercera parte de Música para camaleones, el texto que me hizo pensar en acompañar una noche a Esneda. Aquel enano maravilloso e irritante pasó con Mary Sánchez toda una mañana de abril en 1979. Mary, de 57 años, negra y muy católica, le ayudaba con la limpieza de su casa. Fue con ella al apartamento del señor Trask, un piloto que se emborrachaba con botellitas de vodka, tenía un solo par de sábanas y una ex esposa feroz; al de la señorita Shaw, dueña de cientos de libros y un consolador japonés, y a la casa de los Berkowitz, unos estirados judíos que vivían con Polly, una vieja lora, entre cortinas de terciopelo y retratos de cazadores. En casa del señor Trask se fumaron un porro de marihuana del Perú que los dejó alegres por varias horas y listos para ir de casa en casa, hasta que al regresar inesperadamente, los Berkowitz los encontraron comiendo una tarta de moka con helado de pistacho después de haber sacudido a conciencia. Mary se preocupaba con un celo casi neurótico por su trabajo. Ante el reclamo de los insufribles esposos, Mary respondió: "Ya que hablamos con sinceridad, francamente tengo que decirle esto: hoy es el último día que hago de negra por aquí. Queda despedida". Sí, es Mary quien despide a la señora Berkowitz y luego sale a la calle con Capote, donde la lluvia de abril moja Park Avenue y sus caras. El efecto de la droga ha pasado, sufren un bajonazo y es hora de despedirse, pero antes Mary quiere pasar por un sitio, una iglesia. Entran, se arrodillan en el último banco y Mary saca de su cartera dos rosarios. Siempre carga dos. Le presta uno a Capote y empieza a rezar. Reza por el señor Trask, para que no pierda su trabajo por bebedor, y por la señorita Shaw, para que no se quede solterona; después pide por sus hijos. Capote la mira y ella le pregunta si está rezando. Él responde: "Estoy rezando por usted, Mary. Quiero que viva para siempre". Antes de cerrar los ojos rezo por Esneda, alumbrado por el poste de una esquina marcada con una placa verde que dice Carrera 2E Calle 80 Sur. Rezo para que viva para siempre, para que pueda cuidar desde su rincón secreto a sus hijos, para que me pueda seguir cocinando mojarra frita con su adobo especial todos los martes de mi vida.

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