Paola nunca terminó el colegio, pero está vestida con uniforme escolar. Parece una colegiala sexy, de falda muy corta, blusa escotada, labios rojos, corbata suelta, perfume dulzón y tacos altos. Dice que tiene dieciocho años, aunque su verdadera edad debe ser otro de sus misterios. Paola sonríe como una estudiante traviesa, saluda con un suave besito en la boca y enseguida corta el ticket del exprés. Te toma la mano, te lleva al lugar de la barra que ella decide y te deja ahí, esperando, mientras se va contorneando, siempre coqueta, hasta la máquina donde un tipo mal vestido y despeinado se encarga de preparar tu café. Acá dentro está oscuro, aunque afuera son las once de la mañana de un jueves. Paola vuelve, deja el café sobre la barra y te acerca su cuerpo, su escote, su boca roja, sus labios gruesos, esos mismos labios que se abren provocativamente para soltar con voz de niña la pregunta del millón: "¿Azúcar o sacarina, mi amor?".
-Azúcar.
-¿Una o dos?... Para mí que tienes cara de dos -y suelta un jijijijiji arrugando la nariz.
Paola va y viene. En una de esas "viene" y me cuenta que lleva ocho meses trabajando en los cafés con piernas de Santiago de Chile.
-¿Y siempre en este mismo local?
-O sea, empecé en otro, cachai, pero no me gustó el ambiente y justo salió la posibilidad de venirme para acá. Y este es otra cosa, poh... espérame un poquito, mi amor.
Paola parte a atender a un gordito de canas y maletín de abogado que seguramente viene de los Juzgados Locales de Santiago que están aquí, a media cuadra, en la esquina de Huérfanos con Amunátegui: corazón de la capital con fama de ser la más conservadora de Latinoamérica. El tipo, de unos sesenta años, también recibe su beso en la boca. Pero además recibe un abrazo y se lanzan bromas y sonríen, un trato que seguramente solo reciben los clientes frecuentes de esta escolar aventajada.
Este lugar se llama Makumba y está a pocas cuadras de La Moneda, el palacio presidencial de Chile, famoso mundialmente porque en 1973 fue bombardeado por aviones de Pinochet, con Salvador Allende adentro. Pero de eso han pasado ya treinta años, y en los alrededores de La Moneda las únicas bombas a la vista son estas cafetineras. Aunque, claro, para verlas hay que entrar a un café con piernas: cafeterías cerradas, donde te atienden chicas en ropa interior, bautizadas así porque en sus comienzos las cafetineras vestían coquetas minifaldas.
En Santiago a nadie le sorprende lo que ocurre aquí adentro. Aunque no hay cifras oficiales, porque semanalmente cierran y abren nuevos cafés, se estima que son más de 150 las cafeterías de este tipo que funcionan en la veintena de cuadras que conforman el centro de la ciudad. A tanto ha llegado la popularidad de estos cafés, que ya aparecen en varias guías de viajes internacionales como "algo típicamente chileno".
-¡Ay, que tenís las manos calentitas! -me dice Paola cuando regresa-. Yo estoy muerta de frío.
Le pregunto por qué cree que hay tantos de estos lugares:
-Yo creo que los gallos acá están muy reprimidos. Tienen que demostrar no sé qué cosa, por eso entran acá y se relajan. Es que tú sabías, poh, el chileno es medio rarito. Al chileno le gusta la cochiná.
Como todas sus compañeras, Paola gana el sueldo mínimo: 120.000 pesos, unos 200 dólares, que ella duplica, triplica, cuadruplica y hasta quintuplica según las propinas. Mientras habla de las propinas me acerca su cuerpo un poco más, suave, cerca, y siento entre las piernas algo que parece ser su rodilla. Pero ahí se detiene.
-Espérame, que ya vuelvo -dice otra vez, y se va a cortar los tickets de dos nuevos clientes, a quienes también saluda con beso en la boca, esa misma boca que me dijo que a los chilenos nos gusta la cochiná.

Hace varios años que no vivo en Chile. Antes de irme los cafés con piernas ya eran un clásico. He visto tipos dejar medio sueldo solamente en propinas para las cafetineras, y sabido de chicas de café con piernas que han llegado a la televisión y de ahí el salto a protagonizar publicidades de tarjetas de crédito. Durante las campañas electorales el desfile de candidatos fotografiándose en los cafés es eterno: el propio Lagos hizo su pasadita en la última campaña.
El cliente diario de los cafés es un voto codiciado, se comenta en algunos comandos políticos. La gracia de estos cafés es que tienen clientes diarios. Yo mismo, el año pasado, me vine a Chile a escribir un libro sobre escándalos sexuales: a los cuatro meses de tragar litros y litros de café mi hígado era una pasa negra, y a la vuelta a Buenos Aires estuve varios meses a pura yerba mate. Porque, claro, hay un detalle que no se puede dejar pasar: el café del que hablamos es malísimo. Un día llevaron a uno de estos lugares a un catador mundial de cafés. Su respuesta fue lapidaria: sabe a calcetín de cartero hervido en agua con azúcar.
Los extranjeros que llegan a Santiago se sorprenden con esta proliferación de cafés y chicas sin ropa, más propios de Tailandia que de la imagen de país serio y conservador que muestra Chile. He visto fracasar este tipo de cafés en Argentina, Perú, Uruguay y Colombia. Ni siquiera en México, otro país con fama de sexualidad reprimida, han tenido el éxito de esta insólita y exitosa industria local. Durante una visita de Vicente Fox a Chile, algunos gobernadores mexicanos entraron a tomarse un café "con piernas". El escándalo no tardó en llegar. "No sabíamos de qué se trataban estos cafés, fue una confusión", declaró el gobernador de Oaxaca, José Murat, cuando tres reporteros mexicanos lo identificaron junto a otros dos gobernadores aztecas en el café Clásico, de la calle Catedral, ubicado a pasos del mayor templo católico santiaguino.

 
La inmigración económica desde otros países latinoamericanos se nota fuerte en los cafés. Cielo es una mulata ecuatoriana de uñas largas, piercing en los labios y un tatuaje en el glúteo derecho. Cielo trabaja en el café Alibabá y dice que los chilenos son románticos, gentiles, pero un poquito aburridos. Comenta que con las propinas le puede mandar dinero a su madre, pero que de todos modos no quiere vivir para siempre de esto. "Quiero vivir de otra cosa", me dice, y detiene la charla llevándome la cara a su generoso escote y diciéndome que no le pregunte tanto. "No seas aburridor".
Yisely es una brasileña de veinticuatro años, ojos claros y cintura pequeña. Cuando te saluda de beso en la mejilla sientes la crema que se esparce en la cara para luchar contra el rebelde acné que le da un atractivo adolescente. Cuenta que en Brasil este tipo de lugares sería un completo fracaso, porque a los brasileros les gusta tomar café en una mesa, con amigos, conversando: "Allá si alguien entra a tomarse un café y lo recibe una chica vestida así, con bikini y zapatos altos de tacos transparentes, cuando le das el primer abrazo el tipo no te suelta más y te empieza a tocar". Son más lanzados, alega. El chileno en eso me gusta, porque tiene la cosa más escondida.
Erika es una caleña exuberante que llegó a Chile hace un año. Lo que más le gusta de Santiago son las montañas, la gentileza de las personas y las propinas. Lo que más detesta es el frío, la nostalgia y el café que se toma en Chile:
-Pero es tan, tan, tan malo. Yo no sé cómo lo pueden tomar. Me gustaría poder traer café de Colombia -dice Erika, emprendedora, y me cuenta que le gustaría trabajar solo dos años más en este lugar y con los ahorros comenzar una carrera académica. No sabe si estudiar Derecho, para hacer justicia, o Gastronomía, para hacer pasteles. Mientras lo decide, sigue en los cafés.

El cliente es el rey de los cafés con piernas. Se han conocido casos donde el local era fachada de un prostíbulo, o sitios donde el café se cobraba a cinco dólares pero te lo servían con una sesión de sexo oral incluida. Por cierto, esas son las excepciones. En la mayoría de los casos, los cafés con piernas no pasan de un inofensivo flirteo entre cliente y cafetinera. De todas las historias que corren entre oficinistas y chicas de café, todas han sido tras una suerte de noviazgo que incluyó salidas a bailar, cenas a luz de la vela y fotos juntos en una máquina de fotos para enamorados.
-¿Vamos a tomarnos un café? Salí muerto del trabajo y quiero relajarme, compadre. Juntémonos en diez minutos en Huérfanos con Estado.
Martín Peinado no se llama exactamente así, pero efectivamente tiene cerca de 40 años, un BMW del 93, un traje diferente para cada día de la semana, el titulo de Ingeniero Industrial de una universidad privada y una jefatura administrativa en la casa central de un banco. Unos días antes, en la barra de uno de los cafés Ikabarú, me había confesado medio en serio, medio en broma, que se sentía una rata de café. Lo dijo sin orgullo, y lo dijo textual: "Me siento una rata de café, compadre".
-He tratado de dejar de tomar café, compadre, pero no puedo -se quejaba.
A los quince minutos de su llamada nos juntamos en Huérfanos con Estado, centro viejo de una de las cuatro ciudades con más smog del mundo (otra es el DF). A Martín Peinado lo conozco hace diez años. Una década intermitente, que nos ha juntado mucho más ahora, que vuelvo a Chile por pocos días y lo acompaño cuando le dan estos ataques fulminantes de mandar todo a la mierda, a la mierda el trabajo, a la mierda a sus jefes, a la mierda a sus subordinados, a la mierda a la novia, a la mierda la ciudad, y se mete a un café. A una guarida.
Peinado se toma, por lo menos, tres café diarios. Uno antes de entrar al trabajo, otro a la hora de almuerzo y uno cuando termina su jornada laboral. Incluida la propina, en cada viaje de estos se gasta mil pesos. Al mes, sacamos cuentas juntos, se bebe unos 130 dólares de mal café mirando piernas. Y aunque esos 130 dólares no le afectan el presupuesto, demuestran que no cualquiera puede ser una rata de café.
-Hay muchos que se toman un solo café al día, y esos se quedan como dos horas en la barra. En cambio -dice Martín, interesado en analizar su propio caso-, la "rata de café" sólo demora quince o veinte minutos en cada pasada.
Generalmente los tres cafés de Martín son en lugares diferentes. Dependiendo si va solo o acompañado, dependiendo si quiere algo más sórdido o si es de mañana o de tarde.
-El cambio de turno es a las tres de la tarde. Entonces uno más o menos lleva la cuenta -cuenta, experto.
Esta tarde vamos a un café nuevo. Martín siempre tiene datos nuevos. Clave, en las ratas de café, es andar con un nuevo dato. El nuevo dato se consigue por el e-mail que manda un amigo, por una llamada telefónica de un compañero de trabajo desde un café nuevo o, simplemente, por el azar, por la búsqueda constante, porque la rata de café recorre las calles mirando, olfateando donde está el nuevo queso. El tipo que aparece con un nuevo dato, dentro de las "ratas de café", pasa a ser un tipo con cierto prestigio, al que siempre se le requiere, al que se le llama y se le dice, por ejemplo, "Martín, ¿cuál es el café al que hay que ir?".
El dato nuevo puede ser un nuevo local, o una nueva chica.
Esta vez, vamos por una nueva chica.
-Hola, mi amor, ¿cómo anda? -pregunta ella.
-Bien, gracias. Mira, vine con un amigo que te quería conocer -dice Martín, y me presenta.
La chica de esta tarde se llama Raquel. La semana pasada cumplió veinte años. Raquel tiene buen cuerpo y mucha pintura: se pintó la boca roja, las uñas plateadas, el tatuaje verde, los párpados azules y el pelo amarillo. Usa bikini dorado, zapatos de tacos dorados, se esparce crema por todo el cuerpo y muestra el piercing de la lengua.
-Tenis cara de cansado -le dice a Martín.
-Sí, pero ahora ya se me está pasando -responde, y la abraza por la cintura.
Al lado hay otro grupo de "ratas de café". Tipos de traje y corbata -en una ciudad donde todos andan de traje y corbata- que sueltan risotadas y bromean con las cafetineras. Seguramente nadie lo pudo idear mejor, pero estos locales han terminado siendo el minuto de "tiempo muerto" perfecto, en una sociedad que transformó la competencia y la economía ejemplar en su vida.

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