Seamos claros: cuando los hombres nos reunimos para hablar sobre nuestras hazañas cotidianas, no siempre saltan a la conversación los últimos goles realizados, ni las sugestivas y envidiables escenas cinematográficas de una Angelina Jolie en Thomb Raider o una Gina Gershon en Face off. A veces, se nos escapan comentarios sobre amigas que han caído en franca lid en nuestras camas. Y es entonces cuando aparecen las preguntas insistentes, pero precavidas, de los demás. Preguntas que se resumen en un ¿y qué?, ¿cómo le fue?, ¿pasó de todo?, ¿tutti frutti?, y que, por lo general, terminan en un cortante e incierto “la pasamos muy bien”. Y ahí acaba la conversación. La brevedad, en nosotros, es un arma de protección sexual de nuestra intimidad.

Lo contrario sucede con las mujeres. Cuando ellas hablan, cuando se reúnen en sus secretísimas fiestas de piyamas, cuando asisten a un bar en compañía de la tropa femenina, hablan hasta de los mínimos detalles. Con la inocencia de quien sabe que en la lengua tiene un arma letal, buscan destrozarnos. Y, en ocasiones, lo consiguen de manera fulminante, así como lo hacen las amigas de Sarah Jessica Parker en cada uno de los capítulos de la popular serie de televisión gringa Sex & the City: mujeres que, sin tapujos, desmenuzan sus encuentros sexuales para soltar una risa, un suspiro o una abierta insatisfacción al recordar el fiasco de la noche anterior.

Mientras las protagonistas de Sex & the City hablan —entre martini y martini— de cuándo volverán sus novios a llamar; de si están enamoradas o no; de si son sexualmente satisfechas, las mujeres en la vida real hablan más de sexo de lo que nosotros podríamos imaginarnos y con menos moralismos de los esperados. Cuando ellas se desinhiben hablan de tamaños, de fantasías sexuales, de olores, de buenos y malos ‘catres’… Y todo como si nada.

En esos momentos es cuando quisiéramos tener un disfraz convincente que nos dejara colar (al mejor estilo de Robin Williams en Mrs. Doubtfire) en sus conversaciones, para enterarnos si les gustó hacerlo con nosotros, si fingieron o no un orgasmo, si quisieran repetirlo. Por eso aquí —escondidos detrás del vestier de las confesiones sexuales de las mujeres— reproducimos cuatro testimonios de cuatro mujeres convocadas por SoHo para que nos contaran sus experiencias; cuatro testimonios tan reales como la curiosidad que tenemos a la hora de querer saber lo que ellas ‘piensan’ del sexo con nosotros en los lugares menos imaginados.

Todo a pulmón
“Desde que hice un blow job en una piscina pública, juré que nunca volvería a nadar en uno de esos lugares. ¿Imagínense qué más puede haberse mezclado con el agua además del cloro? Esto ocurrió durante un fin de semana en un hotel en Cartagena. Era bastante tarde, pero no lo suficiente como para que ya todos estuvieran dormidos. El caso es que Felipe y yo llegábamos de un bar y nos sentamos un rato en una de las sillas de la piscina. La tentación era muy grande, no había nadie cerca y una de las luces estaba dañada, entonces un gran sector de la piscina estaba a oscuras. Y entonces pasó.

“La sensación es deliciosa porque es como si todo tuviera que hacerse en cámara lenta bajo el agua. El único problema es que hay que tener los mejores pulmones del mundo para resistir tanto tiempo como uno quisiera bajo el agua, pero por supuesto pueden mezclarse métodos. Una cosa, después de un buen blow job se puede pasar a la tirada: la penetración es más rica porque se debe hacer más fuerte y así se siente mejor. A propósito, el mar también es una buena opción, sobre todo porque es menos transparente que una piscina y se flota más fácil”.
(Claudia, 22 años)

Al fondo a la derecha
“Era de noche y estábamos tomándonos unos tragos en un bar de La Candelaria, y Rodrigo y yo no podíamos aguantar más. Cuando yo le dije que iba al baño y le vi sus ojos, supe que me había entendido. Esperó un rato y luego, me imagino, se debió parar rapidísimo de la mesa porque enseguida oí que golpeaban. Abrí con los calzones abajo. Antihigiénico, incómodo, todo lo que quieran, pero superrico, porque todo lo prohibido y lo nuevo es así. Rodrigo no siempre ha sido el mejor haciéndolo, pero ahí en el baño estaba como loco y eso me excitó. Entonces me llevó hasta el lavamanos, mirándome el cuerpo por detrás a través del espejo, y empezó a acariciarme abajo, hasta que no pudimos más, y nos fuimos al water que es donde uno puede sentarse mejor y empezó a moverse besándome los pezones. Cuando ya llevábamos un rato comenzaron a golpear, y al salir había una fila de por lo menos diez personas esperando para ir al baño con no propiamente ‘nuestro afán’. Afortunadamente no conocíamos a ninguno de los que esperaban, así que nos reímos, pero fue tan obvio que nos tocó irnos del sitio. Un baño público es lo mejor”.
(Marcela, 25 años)

Copiloto para el blow job
“Lo mejor de tener sexo en un carro es el exhibicionismo, porque finalmente se hace como en una vitrina que produce miedo y ansiedad al mismo tiempo. El tipo con el que andaba saliendo hace un año lo disfrutaba mucho, le gustaba que yo se lo hiciera, pero el único problema era que tenía un carrito superincómodo y había que hacer contorsionismo para desnudarse en el asiento de atrás y, lo peor, para abrir las piernas. Una noche parqueamos en una calle vacía, y cuando apenas estábamos en ‘calentamiento’ llegó la policía. Supongo que los vecinos llamaron porque no había otra forma de que por ahí pasara algún carro. Los vidrios estaban un poco empañados por el frío de la noche, así que no sé qué fue lo que alcanzó a ver el policía, pero supongo que de todo, porque inmediatamente nos pidió las cédulas, los papeles del carro y, por supuesto, el típico “por favor, bájense del carro”, que fue realmente vergonzoso porque yo no tenía la ropa puesta. El policía nos dijo que nos iba a encerrar por obscenidad en la vía pública, ¿ah?. Finalmente, todo se arregló y él cedió. Desde ese momento, no hemos vuelto a parquear el carro porque sabemos que hacer un blow job en pleno movimiento es una buena manera de comportarse como una verdadera copiloto”.
(Catalina, 26 años)

Apague y vámonos

“Hace unos meses leí en SoHo que uno no debía comerse el pan donde se lo ganaba, pero realmente ¿quién lo cumple? Sobre todo, en las fiestas y despedidas todo se desordena, y uno casi que no puede evitar aceptar algunas propuestas indecentes. El caso es que en una despedida de esas con música y mucho whisky estaba mi jefe. A medida que se hacía más tarde y empezaba a quedar menos gente en la oficina supe que él quería tener algo conmigo. Fue entonces cuando empezó a irse la luz. Quedaba la oficina a oscuras y al minuto volvía la luz. Yo creo que todos andaban metiendo la mano en la camisa de la vecina, porque así son los hombres, siempre queriendo tocar, y cada vez que se iba la luz y volvía las posiciones eran más extrañas de como estaban.

“La primera vez que se fue la luz, mi jefe y yo no quisimos exponernos ante los demás, y entonces él se paró al lado mío. Luego sentí que me tocaba la espalda. Después llegó la luz y se quedó quieto. Yo quería que se arriesgara porque a veces nos gusta ese juego. Por fin, cuando otra vez se fue la luz me dio un beso, y sentí que en medio de la oscuridad me besaba también el cuello y me tocaba las piernas fuertemente. Finalmente, para poder movernos con más intimidad nos fuimos a un cubículo medio cerrado y el resto es historia. Hicimos un quickie con todas las de la ley y sólo espero que las cámaras de vigilancia hayan estado apagadas esa noche”.
(María Claudia, 31 años)

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