El muchachito me mira de medio lado y sonríe levemente. No supera los 20 años. Tiene una cara de rasgos muy finos. Femeninos. Ojos verdes y cejas pobladas. Lleva el pelo rubio cogido en una cola de caballo.
-¿Sabe qué?, usted no es quien finge ser -me dice.
-¿Envidia? -lo reto.
-No. Es que se le nota a la legua que le cuesta trabajo, que es su primera vez.
Entonces, dejo de adelgazar la voz y le pregunto:
-Mierda. ¿Tanto se me nota?
-Es que esto es más de sutileza que de mariconería barata. Usted no tiene gracia ni estilo.
Ante tanta sinceridad, más sinceridad y le cuento que soy periodista, heterosexual y que hago un trabajo para SoHo sobre qué se siente ser drag queen por una noche y que tiene razón, que me cuesta trabajo el papel, que la feminidad no me la he podido sacar de ningún lado y que, además, los malditos tacones de 15 centímetros, que luzco esa noche, me están matando.
Sergio (así me dice que se llama) se ríe, el ambiente se aligera un poco entre los dos y me deja un único consejo: "No se esfuerce, déjese llevar. Y fresco, se le abona la valentía", luego se para a bailar con otro muchachito que parece su gemelo.
Evidentemente, el maquillaje no lo es todo. La cosa es de actitud, de desdoblamiento auténtico que no se logra de la noche a la mañana. La palabra clave que se le queda a uno bien grabada en la cabeza, luego de asistir a este tipo de shows es "pasión". Muy berraco, de buenas a primeras, pretender acercarse siquiera un poco a lo que significa para ellos el escenario, el espectáculo, la transformación, la gloria momentánea de ser visto o admirado.
Mi primer acercamiento al espectáculo de la transformación del hombre en mujer fue en La Pantera Roja, uno de los pocos bares gay de Bogotá que todavía tiene espectáculos de transformismo y drags, porque este tipo de personajes desaparecen poco a poco del paisaje urbano de rumba. Alonso Sánchez Baute, autor del libro Al diablo la maldita primavera, asegura que tanto los transformistas como las drags son vistos ya con algo de nostalgia en el medio gay criollo.
"Las drags llegaron a Colombia a mediados de los años 90, pero ya casi no existen. Fue un coletazo lejano de un movimiento que comenzó en los 60 en Londres y que luego pasó a Nueva York. Aquí llegó como una moda y como tal, desapareció", explica.
Otro de los sitios que conserva la tradición del show transformista es Tasca Santa María, en Chapinero, el bar gay más antiguo de Bogotá, con unos 25 años de fundado. También en Tropicana, en la avenida Primero de Mayo con Boyacá, en el sur, y en Theatrón, en Chapinero, se realizan shows con cierta regularidad.
En el caso de La Pantera Roja, todos los años hacen reinados. Por ejemplo, hace tres semanas fue la entrega de La Orquídea de Plata 2004, certamen en el que participan transformistas de Bogotá y de otras ciudades como Cali e Ibagué.
El lugar está ubicado sobre la Avenida Caracas, a la altura de la calle 34. El sitio es bastante discreto y no tiene ni siquiera aviso. Allí conocí a Estefanía o Jorge Martínez, Orquídea de Plata 2003, que esa noche entregaba su corona y que se ofreció, gentilmente, a maquillarme y vestirme de drag. "El transformista no es un travesti. Travesti es el que siempre se viste de mujer. Nosotros solo lo hacemos por una noche, por el espectáculo. Tampoco somos drags, la drag es la exageración de lo femenino", explica Jorge.
Sin embargo, confiesa que también ha sido drag, porque eventualmente le salen contratos para eventos especiales, por los que le pagan entre 300 y 500 mil pesos por noche. "Ahora, ni las drags ni los transformistas somos vistos con buenos ojos y hay mucha crítica", dice.
Manuel Alejandro Rodríguez Rondón, antropólogo de la Universidad Nacional, en un reciente artículo en la publicación Etnografías contemporáneas, asegura que en la comunidad gay se erige un fuerte estereotipo estético y social, que define quién puede ser y no ser, pertenecer y no pertenecer a ella, como generadores de una fuerte discriminación con ellos mismos. Así las cosas, comprendo la actitud de Sergio, frente a mi papel como drag.
Drags y transformistas invierten millones de pesos escogiendo las mejores organzas, sedas, lycras, terciopelos, satines y sintéticos, para lucir "maravillosas, mejor que las demás. Jamás podrán decir que una luce siempre los mismos chiros o que repite vestido o que se ve macabra", como dice Assesinata, una de las drags más queridas y tradicionales de Bogotá.
Por eso, para ser drag o transformista de verdad se necesita mucha plata. Para la entrega de su corona, Jorge se gastó un millón de pesos en los dos trajes que lució esa noche. Además de la peluca y los zapatos, que le costaron otros 300 mil pesos. No solo se trata de grandes prendas, porque unas simples pestañas postizas valen entre 10 y 15 mil pesos.
Los zapatos tienen que mandarse hacer en el barrio Restrepo, porque el pie del hombre es mucho más grande que el de la mujer y las plataformas y tacones gigantes no se consiguen en cualquier almacén. En promedio, un par de tacones de lujo no bajan de cien mil pesos. Y si son de cristal, toca traerlos de Miami o Nueva York y valen lo mismo, pero en dólares.
"Una drag o una transformista no puede ser pobre -asegura Jorge-. Si uno se va a un concurso, tiene que meterle todo el billete para que salga bien".
A La Pantera Roja llegué por recomendación de La Lupe, otra famosa drag, que me aseguró que allí iba a encontrar a la gente clave para mi crónica. Adentro, el lugar luce como una discoteca común y corriente, con una tarima alta y amplia en el centro. La Lupe, que además fue la presentadora del certamen, me cuenta que todas toman cursos de glamour, pasarela y talento en sitios como la academia de travestis Linda Lucía Callejas, en el sur de Bogotá.
Por la tarima de La Pantera Roja desfilaron una a una las 20 candidatas, en trajes de fantasía, noche y de baño, como en cualquier reinado. Cada una llevaba su fanaticada. Algo importantísimo para los jueces es la popularidad. Como se trata de histrionismo, todas deben hacer la mímica de al menos dos canciones de alguna artista. Las más solicitadas son Yuri, Rocío Jurado y Celine Dion.
"¿Que por qué participamos en esto? Por el título, por la figuración, por el estatus", dice Lina María, rubia, pálida y delgada, una de las candidatas de la noche.
Sus palabras me hacen ver que a lo mejor eso me hizo falta, en mi 'debut' como drag, porque mi esmero se quedó solo en el maquillaje y la ropa de Fucsia, personaje que adopté aquella única noche de octubre, frente a al menos 300 representantes del tercer sexo.
"El acto de transformarse implica para ellos asumir un modo especial de presentarse ante otros, invirtiendo en ello tiempo y dinero; es un arte que se aprende con mucho esfuerzo y para el cual sólo unos pocos están dispuestos", asegura el antropólogo José Fernando Serrano Amaya en su investigación Cuerpos construidos para el espectáculo.
Mi motivante era solo la curiosidad por conocer ese mundo y de paso un reto personal, sabiéndome un tipo tímido y hasta antipático. No obstante, el esfuerzo físico creo que compensó en algo la misión. Primero que todo, fueron dos horas de maquillaje, más o menos lo mismo que tarda una drag de verdad.
Lo primero que hizo Jorge fue ponerme una base muy gruesa, para tratar de borrar mis rasgos masculinos. Después, con un lápiz delineador definió lo que serían mis cejas, boca y pómulos exagerados. La dotación mensual de estos productos les vale entre 200 y 300 mil pesos, dependiendo de la marca.
Al cabo de la primera media hora, ya no siento el cuello, por mantener la cabeza en la misma posición. La cara, por el exceso de maquillaje, se siente acartonada como si fuera una máscara. En los párpados, me aplica tremenda dosis de escarcha. "No abra los ojos porque se los destroza esta vaina", me advierte.
Para acabar de rematar, me pone un pegante especial en los párpados y empieza a probarme pestañas postizas. Al fin se decide por unas con los colores del arco iris. Los ojos me arden. El maquillaje se cierra con unos aretes que me pega con Supercryl. "¡Me va a dejar sin lóbulos!", le grito, pero me responde que fresco, que le puso un poquito de base debajo.
Una hora y media después de iniciada la sesión de maquillaje, un amigo, que no se quiere perder mi 'transformación', llega acompañado de la Playboy colombiana Renata González.
Después del maquillaje, sigue el vestuario. Para la ocasión luciré una malla negra, adornada con esferas doradas; un pantalón blanco de lycra, con boleros anaranjados; unos largos guantes negros; un corsé fucsia (que me cortaría la respiración buena parte de la noche); una peluca del mismo color; dos bufandas de plumas; unos tacones plateados, de 15 centímetros y el toque maestro: unas tetas perfectas de látex. Productos como estos, las drags suelen conseguirlos en las casas de bromas. En solo accesorios, una drag puede gastarse unos 200 mil pesos.
Una vez vestido, se da mi primer enfrentamiento con el espejo. En él descubro que los rasgos de mi cara son más finos de lo que creía y que la delgadez de mi cuerpo parece de verdad femenina con semejante vestuario. En cuanto al maquillaje, me parece tan bueno, que nadie me va a reconocer. No me siento ni femenino ni masculino en ese momento. Si el propósito era verse como una figura más allá del género y más cercana a la extravagancia artística, lo logramos.
Minutos más tarde, Renata se convierte en mi maestra de pasarela, en mi empresa (fallida) de dominar los tacones. "Camina con la rodillas bien dobladas y contonea la cintura", me dice. Le hago caso, repito la operación varias veces y siento que me caigo, como si caminara en zancos. "Entonces, camina con las piernas bien estiradas", sugiere. Lo intento por algunos minutos, pero el dolor me hace desistir, además, no consigo concentrarme en eso del 'contoneo' y del caminado sensual. "Para ser bella, hay que joderse", me dice Renata.
Al filo de la medianoche partimos hacia El Clóset, el rumbeadero gay de moda en La Calera, en donde Mauricio, uno de sus propietarios, permitirá que esta aproximación a drag haga su debut. Antes de entrar, respiro profundo y pienso en que ya es demasiado tarde para arrepentimientos. Una vez adentro, al fin puedo calcular qué hace que esta gente se someta al sacrificio físico y económico: la adoración, el sentirse el centro de la atención. De inmediato, aunque yo no tenga ni cinco de magnetismo, cientos de miradas de admiración, curiosidad y desconfianza se posan en mí.
El lugar es enorme, las mesas se distribuyen en circunferencia alrededor de la pista de baile. La música suena atronadora. El ambiente huele a trago, a hielo seco, a sudor, a sexo. Mauricio me da la bienvenida y me dice que estoy "regia", que me relaje y que gesticule mucho más.
Las manos me sudan, la boca se me seca y caigo en cuenta de que se me olvidó preguntarle a alguien cómo hago para hablar, máxime con el vozarrón mío. De momento, lo único que se me ocurre es adelgazar lo más que puedo mi tono y hablar como cantado a ver qué pasa.
Mi consuelo es que con semejante indumentaria y estatura (unos 2,10 m con tacones y peluca) es imposible pasar desapercibido. Así que aprovecho la circunstancia para abordar a la gente. A pesar de las múltiples advertencias sobre el fuerte sentimiento de gueto de la comunidad gay y de su dureza, la recepción no puede ser mejor. La mayoría me saluda besándome la mano. Otros me hacen una venia y me dicen que estoy "divina", que "¡qué maravilla!". Luego, entonces, aún persiste la adoración por estas divas extravagantes, aunque sean improvisadas, como Fucsia.
Algunos me brindan de sus tragos y me ruegan que me tome una foto con ellos. Hacia la mitad de mi primer recorrido por el lugar, pasa lo inevitable: uno de los tacones se me dobla y casi me voy sobre una mesa, pero una mano me sujeta por un brazo y una voz gruesa me dice: "Cuidado, reina, te me matas". Recuerdo las sabias palabras de Assesinata: "Una drag es una perra. Pero una perra glamorosa, con clase. Tienes que dejar salir la mujer que llevas dentro" y agradecido por salvarme de un oso de enormes proporciones, le toco el mentón a mi 'héroe', lo miro a los ojos y termino diciéndole: "Gracias, papi".
Por culpa de los tacones, una hora después, el ardor en el empeine y el nudo en el talón de Aquiles son insoportables. Al final de una de mis rondas por el lugar, trato de encontrar alivio recargándome en una de las barras. Hasta allí llega Armando, de unos 30 años. Es abogado, tiene pelo negro y una barba de candado. Me mira. En sus ojos y sonrisa hay fascinación.
-Luces divina, ¿cómo te llamas?
-Fucsia.
-Huy, te hace honor -me dice y luego me declara su admiración por las drags-. Son la expresión máxima de la feminidad. Las admiro por atrevidas. Yo no sería capaz de hacer algo así.
-Eso mismo pensaba yo -le digo.
Ahora es cuando pienso que no lo he hecho tan mal como me lo hizo ver Sergio, pero, efectivamente, todo es cuestión de "dejarse llevar".
De vuelta a la barra, conozco a Brian, un psicólogo gringo que desde hace cuatro años vive en Bogotá. Me presenta a su pareja y me dice que adora a Colombia: "Tu país está lleno de cosas maravillosas, como tú -me dice-. Es definitivamente un país 'open minded'".
Hacia las 3 de la mañana, por los parlantes del lugar se anuncia la presencia de los strippers de Apolo's. En el centro de la pista se abre un espacio para los bailarines. Cuando el show termina, todo el mundo empieza a salir del lugar y aparece Armando para despedirse.
-Adiós, preciosa, espero volver a verte.
-Dentro de ocho días nos vemos -le respondo. Besa mi mano enguantada y me propina otro beso en la mejilla.
De vuelta, me espera otra hora tratando de quitarme el maquillaje con aceite para bebés. Capa tras capa, con fuerza, con un algodón. La parte más complicada son los ojos, por el temor a que me caiga escarcha. Es inútil tratar de quitar el delineador que me puso Jorge. Supongo que se me caerá con el tiempo. Como me advirtió Jorge, el dolor de la quitada de los aretes no es tan fuerte. Me reviso los pies y están muy hinchados y rojos. Tengo una mezcla de ardor y dolor punzante en ellos. Especialmente en la punta de los dedos, que soportaron mi peso durante unas cuatro horas.
Hacia las 4 de la madrugada, con mi pantalón, mi chaqueta de jean y mis tenis viejos y sucios, todavía no me siento ni hombre ni mujer, soy más bien un trapo maltrecho, cansado, exprimido, que solo sueña con una ducha caliente y una cama. Por lo pronto, eso de la dualidad se la dejo a ellos, a los que la enfrentan día a día sinceramente, porque, definitivamente, eso es pa' machos.

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