Si el respetable público lector masculino cree que este artículo será sobre sexo, no puedo más que decirle que, por favor, pare de leer ya. Porque a pesar de su título —que conservo porque ese fue el encargo de la revista—, he decidido hacer trampa, pero pongo las cartas sobre la mesa desde el principio, porque soy una chica muy honesta y quedo, por tanto, eximida de toda culpa. Están pues advertidos: muy poca escritura sobre sexo puro encontrarán aquí. Y la razón es muy simple. Yo creo que si a uno le piden un artículo sobre cómo ser un buen postpolvo, en el fondo, aunque no lo sepan o no quieran caer en la cuenta o no lo quieran admitir, los editores de esta revista le están pidiendo a uno un artículo sobre el amor. O más bien, sobre el único buen postpolvo posible: el que llega después de un polvo enamorado.

Pero ustedes, lectores que todavía siguen aquí, no se imaginan la cara que pusieron esos mismos editores cuando les dije que iba a escribir sobre el amor. Lo vi con mis propios ojos: ¡se quedaron rígidos!, ¡y se desvaneció de golpe esa sonrisita suave y deliciosamente depravada que acompaña siempre a los hombres cuando dicen la palabra "sexo"! ¡Juro que fui testigo de un preocupante ataque de parálisis facial colectiva! Estaban desolados, incómodos, inquietos. "¿De amor? ¿Vas a escribir sobre el amor?", me dijo uno, recuperando lentamente el control de sus músculos faciales, mientras fruncía el ceño con la angustia de un niño al que le arrebataron su helado de chocolate. "Pues sí...", contesté con una sonrisa llena de falsa candidez, muriéndome de gozo perverso por dentro. Al final, resignados y en un esfuerzo supremo por disimular su tremenda decepción, no tuvieron el coraje para hacer lo que en el fondo querían: arrepentirse de un tacazo del encargo.

¿Por qué? Porque lo que ellos, como buenos hombres que son, querían eran unos cuantos consejitos sobre cómo fingir. Sobre estrategia. Sobre cómo ser un buen postpolvo sin estar enamorados. Sobre qué es lo que nos gusta a las mujeres después del polvo, para que las mujeres con las que se acuestan los quieran más o para que se vuelvan a acostar con ellos. Querían saber si es verdad que nos gusta conversar. Si es verdad que odiamos que se duerman de inmediato. O querían que les dijera que mintieran como bellacos, que localizaran una parte del cuerpo de ella que, según los aburridos pero efectivos cánones occidentales actuales de la belleza femenina, sería poco "estética" (un gordito en el lugar equivocado, una mancha, una estría) y le alabaran justamente eso. Le dijeran al oído: "Esto, precisamente esto, es lo que más me gusta de ti".

Y de nuevo pregunto: ¿Por qué? ¿Por qué creo que era eso lo que querían leer? Porque a los hombres no les gusta ni leer, ni hablar, ni oír hablar de amor. Y mucho menos de sexo y amor. Es demasiado íntimo para ellos. El sexo solo, en cambio, no. Por eso, los editores tuvieron ese ataque de parálisis facial colectiva. Porque un hombre jamás admitiría en una conversación entre amigos la cantidad de tonterías cursis que alcanza a decirle a la mujer que ama después de hacer el amor. Ni cómo la llena de besos, ni cómo le acaricia el pelo suavemente mientras la mira con ojos de ternero. Ni cómo lo que más quiere es cerrar los ojos abrazado a su estómago, ni cómo delinea con el dedo en silencio el perfil ondulado de su cuerpo. Ni cómo a veces le da por hablarle como un niño consentido. Toda esa maravillosa vulnerabilidad debe ser secreto exclusivo de la mujer amada. Un hombre debe saber perfectamente cómo ser un buen postpolvo con la mujer que ama. Y no tiene ni la más remota idea de cómo serlo con aquella pasajera en tránsito cuyo cuerpo le proporciona placer.

Esa, lector único y paciente que todavía se atreve a seguir, es la gran diferencia. Para los hombres, el sexo con cualquiera puede proporcionar placer. Pero me temo que en ese caso no hay buen postpolvo posible. No hay consejos que dar. Para ser un buen postpolvo solo tienen que estar enamorados, o recordar muy bien lo que hacen en esos casos e intentar (cosa que me parece difícil, pero vaya usted a saber) imitarse a sí mismos en las otras ocasiones. Vaya tremendos actores que tendrían que ser.

Las cosas son así: mientras la mayoría de las mujeres creemos que no es el sexo el que da placer sino el amante, la mayoría de los hombres —como me confesó uno una vez— se levantan con una erección gigante por la mañana y simplemente quieren tirar. Mientras tanto, la mujer que tienen al lado, ingenua, se pregunta: ¿pero cómo puede desearme si estoy tan fea recién levantada? Y la respuesta es sencilla: "Pero no las vemos, ¡porque no tenemos la sangre ni remotamente cerca del nervio óptico!".

Voy a contarles algo que escribe Philip Roth en la novela El animal moribundo y que corrobora lo que les digo: el protagonista es un viejo profesor universitario que examina a sus jóvenes alumnas al comienzo de cada semestre y escoge a una para "atacar". Y para explicar lo que siente cuando está en ese proceso de selección, el profesor recuerda un cuento de Mark Twain: a un hombre lo persigue un toro, y cuando el hombre está trepado en un árbol muerto del susto, el toro lo mira y le dice: "Usted es mi carne, señor". El profesor dice que él solo tendría que cambiar el "señor" por un "señorita". Es decir, las mira, las elige y afirma para sí mismo: "Usted es mi carne, señorita".

¿Cómo diablos, me pregunto yo, quieren esos hombres saber cómo ser buenos postpolvos con la carne que escogen? ¡Es perfectamente imposible! ¡Lo que pasa es que no son capaces de admitir abiertamente que si no están enamorados, el postpolvo les importa un pepino! Les entra la tristitita post coitum de la que ya hablaban los romanos hace quince siglos, y eso no tiene remedio. Es la lasitud de la misión cumplida, del deseo sexual satisfecho.

Otro amigo me dijo una frase divertida que ilustra bien lo que digo: que los hombres no les pagan a las prostitutas por el sexo sino para que se vayan después. ¡Ese es el meollo del asunto! Déjense de querer ser buenos postpolvos si no están enamorados. Porque tanto para ustedes como para nosotras, sin amor o sin por lo menos una traga maluca de por medio, ese es un asunto imposible.

Así las cosas, podemos acabar con una amorosa reinterpretación del último terceto del famoso soneto de Quevedo Amor constante más allá de la muerte:

Su cuerpo dejará, no su cuidado,

serán ceniza, más tendrá sentido,

polvo serán, más polvo enamorado.

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