Nos cuenta el Génesis en su capítulo XXXVIII que había tomado Judá a Tamar como esposa para su primogénito Er. Pero un día cualquiera, Jehová amaneció con un humor de perros, le pareció que Er “había sido malo a sus ojos” y lo inmoló sin piedad. A continuación llamó a Onán, hermano del finado Er, y le ordenó desposar a la viuda y procrear con ella una descendencia que para todos los efectos sería considerada como de Er. Por supuesto, a Onán le cayó gordísima la orden de Jehová y fue así como, cada vez que se ayuntaba con Tamar, llegado el momento del clímax, que hoy llaman orgasmo, desconectaba el ducto seminal y arrojaba fuera el masato viril, decidido a no engendrar como suyos hijos que serían reputados como ajenos. Onán amaba la memoria de su hermano, pero no hasta el punto de fabricarle hijos después de muerto. Así que siguió en su oficio de dar solaz a Tamar para terminar almidonando las sábanas con sus chisguetes en una época en que brillaban por su ausencia los detergentes con blanqueador incluido. Pero lo malo fue que, como el conocimiento de Jehová nada escapaba, el malhumorado Dios se irritó con las fullerías y las trampas de Onán, por lo que decidió enviarlo a hacer compañía a su hermano en el más allá. La historia ha sido a la vez justa e injusta con el ingenioso Onán. Lo primero porque lo reconoció y entronizó como precursor del arte sublime de menearse la puñeta. Y lo segundo porque le ha negado la veneración que merece con el gran protomártir del onanismo.

Pero el acápite que antecede es apenas una introducción al tema de fondo que es el que viene en seguida. Sabido es por mis amables y pacientes lectores y en general por mis amigos que yo soy un maniático obsesivo del lenguaje, de su magia, de las palabras como notas musicales y, desde luego, de su origen y de la etimología, no solo de los vocablos aislados, sino de ciertas locuciones pintorescas y curiosas. De modo que cuando a muy temprana edad oí por primera vez la expresión “hacerse la paja” y sus derivaciones, traté de averiguar su origen y fue en vano. Pasaron los años, creció mi arsenal de diccionarios y demás libros relacionados con el idioma, las indagaciones se fueron haciendo más metódicas y profundas y la respuesta a mi interrogante de años la misma: !nada¡ Pero como el reto crecía hasta hacerme la vida intolerable, un día hice un juramento solemne: me encerraría en el Archivo Nacional saliendo a mi casa sólo para comer y no abandonaría mi búsqueda hasta salir loco de felicidad como Arquímedes o rumbo a una casa de orates. Cumplí mi propósito y al cabo de dos años largos, luego de una inmersión total en miles de infolios coloniales salí victorioso. He aquí la apasionante y verídica historia de la paja como equivalente del onanismo, la masturbación o la puñeta.

Bien sabido es que Santafé (hoy Bogotá) fue, como muchas otras ciudades hispanoamericanas, fundada pensando ante todo en el abasto de agua. Por eso nuestra ciudad nació al pie de los cerros de donde bajan los ríos San Francisco, Arzobispo y San Agustín, que eran en esos tiempos corrientes de caudales reducidos pero limpios y suficientes. Los alarifes de la Colonia procedieron a construir acequias para llevar las aguas a las pilas situadas en la Plaza Mayor, de San Victorino y unas pocas más. A tales pilas concurrían a diario los siervos domésticos provistos de cántaros para llenarlos y conducirlos a las casas. En verdad el consumo de agua no era mucho. Se limitaba a las porciones potables y a la necesaria para cocción de alimentos y lavado de ropa, ya que no para abluciones corporales, puesto que nadie se bañaba jamás, salvo en casos de promesas hechas a algún santo para alcanzar determinados beneficios y favores. Pero ocurrió que cualquier día, un vecino imaginativo tuvo una feliz idea que recibió entusiasta acogida entre la mayoría de los pudientes de la ciudad. Y fue así como, pocos días más tarde, las fuerzas vivas visitaron el ayuntamiento para proponer a las autoridades que, bajo la estricta supervisión de las mismas, los vecinos que a bien lo tuvieran pudiesen construir conductos menores derivados de las acequias principales para llevar un caudal razonable de agua a las casas a cambio de un emolumento adicional que libraba a los beneficiarios del riesgo de la escasez y de paso a los servidores de la penosa tarea que implicaba la movilización del líquido. El acuerdo fue inmediato y en esos mismos días no pocos santafereños estaban gozando de las llamadas “mercedes de agua”. En efecto, de las grandes arterias circulatorias comenzaron a salir, rumbo a las casas, pequeños tubos llamados pajas en buen castellano, cuya misión era llevar el agua hasta las cocinas y las tinajas de los favorecidos. En principio las gentes hablaban de las mercedes de agua pero, por aquella tendencia, más o menos marcada que siempre ha existido a buscar la mayor brevedad posible en la expresión, los moradores de la ciudad dejando de comentar que el vecino había obtenido una merced de agua, para decir, en forma mucho más escueta y precisa que se había hecho una paja, con lo cual había alcanzado la situación ideal del autoabastecimiento. Y la expresión se afianzó y prosperó gracias esencialmente a su connotación onanística, hasta el punto de conquistar un lugar de privilegio en todo el ámbito de la lengua castellana. Pocas veces una locución había logrado un éxito tan arrollador. Prueba de ello es que poco tiempo después de haber empezado a funcionar las humildes pajas santafereñas, ya muchedumbres de entusiastas varones se estaban haciendo la paja desde California hasta la Tierra del Fuego y desde los Pirineos hasta el Cabo Finisterre y las Columnas de Hércules. No podemos perder de vista que la paja siempre tuvo mayor acogida en los climas gélidos, donde lo más cómodo, en vez de buscarse un chiflón asesino, era permanecer bajo las tibias cobijas rindiendo fervoroso culto a Onán en tanto que la esposa, por lo general mofletuda y grasienta, dormía con la mayor placidez.

No sobra reiterarlo: es claro que no fueron los primitivos bogotanos los creadores del arte sublime de batirse la puñeta. Bien sabemos que lo fue San Onán, Mártir. Pero es un hecho que fueron nuestros remotos antepasados quienes rebautizaron con gracia, colorido y vigor incomparables este método insuperable de lograr la autarquía venérea.

Dejando a un lado falsos alardes de modestia, después de este afortunado descubrimiento creo merecer incancelable gratitud por haber revelado el que hasta ahora había sido uno de los misterios reputados como impenetrables en el idioma castellano.

RECUADRO
Pura paja

“La filosofía es al mundo real lo que la masturbación es al sexo”.
Karl Marx

“No te metas con la masturbación. Es el sexo con alguien a quien amo”.
Woody Allen

“De vez en cuando una mujer es un buen sustituto de la masturbación, pero poniéndole mucha imaginación”.
Karl Krauss

“Todo el mundo habla de revolución, evolución, masturbación, flagelación, regulación, integración, meditación. Felicitaciones”.
John Lennon

“En este mundo solo hay dos tipos de personas: los que dicen que se masturban y los mentirosos”.
Anónimo

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