-Oítes, Tola, vos y yo que casi nunca hablamos de aquello.
-Es que de aquello no se habla, Maruja.Nosotras fuimos criadas en una época en que no se hablaba de aquello.

-Muy cierto. A nosotras nos educaron sin mencionar nunca las partes nobles. Me acuerdo de una fuetera que me pegó mi amá porque yo una vez dije en el desayuno: amá, me salió un pelo en la arepa.

-Menos mal que no dijites que en la panocha.
-Y me acuerdo cuando me vino la primera mestruación. ¡Santo sagrario! Qué susto, Tola. Cuando me vi esa mancha roja en los calzones pensé que me había herido. Y me quedé callaíta, porque si le contaba a mi amá ella iba a creer que había estado montando a pelo en caballo.

-Yo también, cuando me vino por primera vez la regla. Entre otras cosas, Maruja, ¿por qué le dirán regla?
-Porque con eso se mide que una ya es señorita.

-Casi me muero del miedo. Pegué carrera a untame mertiolate porque creí que me había rajao en el mataculín.
-Y no existían las tales toballas sanitarias y nos tocaba ponenos cualesquier estropajo.

-Enteramente te digo, Maruja, que la educación sesual de nosotras fueron los chistes verdes de Cosiaca.
-Y las adivinanzas. ¿Te acordás de esa quizque: qué es una cosa cuadrada, peluda y rajada?

-Claro: la ruana. Es que uno recibía la educación sesual con dichos. Si uno estaba por ejemplo jugando con un primo y él le ponía a uno una llave por detrás y le arrimaba sin querer el negocio, ahí mismo decía algún adulto mal pensao: entre primos y parientes son los besos más ardientes.

-O si uno estaba jugando de manos con un muchacho, ahí mismo gritaba alguno: juego de manos, mano al banano.
-También decían una canción: así fue que empezaron papá y mamá y ya somos catorce y esperan más.
-Práticamente uno recibía la educación sesual de las primas, que eran más atembadas que uno. Por ejemplo, mi prima Eumelia me esplicó una vez cómo saber si una mujer ya no era señorita.

-¿Cómo?
-Caminaba garetas.
-Y a mí me dijeron que eso se sabía en la cañita de la mano, en los dos tendones que salen de la mano: si estaban muy abiertos, adiós virginidá.

-Antes había decencia, Maruja. Cuando en la escuela nos daban tarde deportiva y nos llevaban a una manga con quebrada, mi amá me alvertía que no me bañara en el mismo charco de los muchachos que porque podía quedar en embarazo.
-Y a mí me tenían prohibido bailar. Mi amá decía que el baile no era para señoritas, que los hombres aprovechaban para abejorriar y hacer propuestas.

-Muy cierto, Maruja. Yo me acuerdo de un baile al que me dejaron ir porque iba con una tía y el esposo. Era unas vísperas de matrimonio y había música de cuerda. Entonces en un descuido de mi tía, me sacó a bailar don Delfín, el marido de mi tía. Y aprovechando la oscuridá, porque estábamos en el campo y la luz era con lámpara de caperuza, este viejo empezó a macizame y a decime que yo estaba muy bonita.

-¡Qué oscuridá!
-Y me hizo bailar tres piezas seguidas, apretándome como bulto en enjalma y diciéndome que qué rico perdenos los dos solitos pal rastrojo a hacer groserías. Hasta que me le planté y le dije: don Delfín, yo sigo bailando con vusté, pero si se pasa la linterna pal bolsillo de atrás.

-El baile era muy peligroso, Tola. En mi familia solamente bailaban bolero las casadas, y eso que con los maridos. A mí cuando me dejaban bailar tenían que ser ritmos que se bailaran despegao: contradanza, casachó, mapalé.
-Nos tocó una época muy inocente, Maruja. Cuando yo me cuadré de novia con Ananías, que me acuerdo que me pidió la arrimada en una salida de misa, primero me hacía la visita por la ventana, después en la puerta, después lo ascendió mi amá al zaguán y el premio mayor fue dejalo dentrar a la sala.
-Ya en la sala era pedir la mano.

-Pero la visita en la sala era con candelero, con mi amá aplastada en el mueble en medio de Ananías y yo. Y se hacía la desentendida bordando, pero mentiras que era pendiente de todo.
-¿Y cuándo te cogió la mano Ananías?
-¡Uf!, al mucho tiempo de estar conversando, que me maluquié y él me cogió la mano pa medime el pulso.
-¿Y te acordás del primer beso?

-Nunca se me olvida: fue al mes y punta de casaos.Es que Ananías nada que me daba un pico y yo no me atrevía a besuquialo porque él mantenía el cigarrillo en la boca. Hasta que me resolví y lo besé: aquí tengo la cicatriz del quemón.
-Yo pensaba, Tola, que esa cicatriz era que te habían dao fuegos.

-Éramos muy bobas, Maruja, y llegábamos al matrimonio sin saber de la misa la media.
-No me hagás acordar, Tola bendita, de mi noche de bodas. ¡Qué desastre! Como era pecao que lo vieran a uno en pelota, yo no le dejé prender la luz a Tista y el pobre se me vino a tientas y se dio un golpe el macho en la baranda de la cama, en plena espinilla. Entonces del dolor y la rabia no se le cosiampiró el.cómo te dijera.la herramienta. Y no pudimos hacer aquello.
-En cambio a mí me fue peor, Maruja: cuando Ananías me pretendía era muy tomatrago, pero medio se compuso en el noviazgo porque mi amá siempre lo revisaba cuando llegaba a haceme visita. Mi amá se le paraba al frente y le decía: Ananías, hágame el favor y me sopla un ojo.

-¿Entonces se regeneró pa casase?
-Muy juicioso mientras estuvimos de novios. O muy solapao, porque en la fiesta del matrimonio se le abrió el guargüero y bogó como macho asoliao. Y bien borracho bregó a dentrame cargada a la pieza y me dejó caer y me fraturé el huesito de la alegría. Entonces me tuvieron que enyesar la cadera y parte de la horqueta.
-¿O sea que tuvieron que aplazar aquello?

-Hasta que me quitaron el yeso y ahí sí pudimos consumar.
-¿Y qué sentites?
-Nada del otro mundo, Maruja. Ananías se me montó encima y empezó a pujar como un asmático y al ratico aceleró y hacía morisquetas y bizcos.
-¿Y cómo vites en la oscuridá?
-Yo mantengo una veladora prendida a San Nicolás de Tolentino en el nochero.Entonces se me desmadejó encima y enseguida se paró.

-¿Quién?
-Ananías. Se paró y prendió un cigarrillo y salió.
-¿No te dio ni las gracias?

-Me dijo: mi Dios le pague, mija.Y yo le contesté: amén pa las ánimas, mijo. ¿Y vos, Maruja, qué sentites la primera vez?
-Lo que te diga es mentira, Tola. Yo me había tomao una pastilla pa los nervios y eso me embotó la cabeza y medio sentí que Tista se trepó encima y resopló y al momentico se bajó, prendió el foco y se sentó en la cama a leer El Colombiano. Yo me quedé recostada mirando pal techo y descubrí una gotera y me levanté y puse a remojar los frisoles.

-¿Entonces vos toda la vida hicites aquello con la luz apagada?
-Sí, Tola. Por recato y por otra cosa que no le he contao a nadie y que no saben sino los médicos que me han revisao.
-¿Qué, Maruja?

-Te voy a contar, pero jurame, Tola, que no vas a contar.
-Palabra pa mi Dios.

-Tengo un lunar gigante, una mancha morada desde el pezón derecho hasta casi el ombligo.Hacé de cuenta el mapa de Rusia, pero vertical.
-No fregués.
-Oites, Tola, ¿y vos también has hecho siempre aquello, vos debajo y tu marido encima?
-Siempre. Una vez, como a los diez años de casada, una amiga me dijo que uno se podía hacer arriba. Entonces le dije a Ananías: Nano, acuéstese un momentico yo pruebo una cosa, y me le monté encima. ¡Virgen del Carmen! Ananías se paró como un resorte y me dijo que qué era eso, que parecía una vagamunda, que lo respetara.

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