Apenas el principio. Las yemas juegan sobre la piel, las caricias corren por el cuerpo, en el centro de sus deseos la mujer responde rumbo a lo desconocido. Es apenas el principio del goce físico, que acabará en el mejor estallido. Es el final de la película, el mejor final. Pero falta algo. Antes de la caricia hay otro mundo de claves y gestos, de palabras y tonos: es el brillo de los ojos de la mirada insinuante; es un breve guiño, inconfundible en el código sensual de la necesidad erótica, es la ternura salvaje de una palabra sensual. Ese es el verdadero juego que hay que saber y que hay que jugar para descubrir el lado oculto del deseo femenino. Esa es la verdadera ventaja de un amante. Hay una ley no escrita ni confesada abiertamente por las mujeres, que resulta la base del juicio sumario a su amante: solamente los centímetros no alcanzan. El universo sexual de la mujer es más rico, más complejo y es preciso dominarlo si la vanidad del hombre no quiere verse ofendida y si se pretende seducir a esa mujer hasta que pierda la cabeza. No son reglas fijas, el juego de la seducción es la dinámica de lo impensado, pero hay que transitar por el camino de la imaginación, dejar de lado las tensiones y el estrés para liberarse naturalmente hacia la fantasía. Llevar la charla hacia el sentido erótico, inocentemente, pero compartiendo complicidades. Y olvidar las urgencias. El secreto femenino dice que ella valora más que incluso le nieguen la penetración cuando está a punto de desfallecer, a modo de juego, a que la dejen con las ganas, a mitad de camino de su excitación. Para jugar esta parte del juego, hay que tener la cabeza fría y el corazón caliente. Las caricias empiezan sobre la ropa de ella, para que su piel y su mente se caldeen. Para que el deseo crezca, las caricias iniciales tienen zonas prohibidas: los pechos y la vulva. Los brazos, el cuello, las piernas, la cara, el pelo, son el objetivo. Los dedos se desplazan lentamente, forman figuras diferentes, no repiten su recorrido, y cada tanto aprietan para cambiar la intensidad de la caricia y provocar otro estímulo. Un buen amante sabe que mientras las caricias distraen y suavizan, una mano y tal vez la boca se usan para empezar a desnudarla. Siempre despacio, siempre como otra fase del juego: una cremallera puede bajarse con los dientes, un botón puede desabrocharse con lentitud exasperante, la lengua está entrenada para bajar un bretel, sólo dos dedos alcanzan para bajar una media. El resultado parcial del juego se comprueba en la cara de ella, en su boca entreabierta, la respiración entrecortada. Son los mejores síntomas para saber que ese es el buen camino. Si ella empieza a entregarse y pide más, el amante puede dar por aprobadas las primeras asignaturas que lo conducirán al doctorado. Pero no es tan fácil la cuestión, para el diploma aún falta.
La faena
El cuerpo desnudo de la mujer llama a gritos a la fantasía. Ella pide en silencio que acaricien todo su cuerpo. Toda su piel es una gran zona erógena que desea estímulos. Se vuelve exigente y ambiciosa. Empiezan los exámenes. Quiere más y mejor. Tocar y apretar se transforma en un arte. El amante es un pintor que dibuja sobre la piel de la mujer. La espalda y las nalgas son su tela: un dedo baja, con la delicadeza de un pincel, por la sensible piel de la columna vertebral erizando el vello hasta perderse en el canal de los glúteos. Las manos aprietan las nalgas y las moldean como a una frágil cerámica. Las caricias se alternan por delante y por detrás, evitando los pechos y la vagina pero acercándose levemente en cada vuelta de caricias. Eso la vuelve loca. Se trata de enviarle un mensaje a ella: ya llegaré, pero me tomo mi tiempo. Son esos momentos eternos, perversamente lentos, que sirven para aumentar su excitación, hasta que las manos del amante llegan a sus pechos y los labios se posan sobre los pezones y la lengua los humedece y juega con ellos hasta que su erección es total. Luego esa mano se pierde y baja por la llanura de su abdomen y luego sube por el interior de sus piernas para comprobar la humedad de su vulva. Y allí empieza el otro examen: comprobar la destreza de dedos y lengua. Cuando el volcán femenino se convulsiona y desde su interior surgen gemidos y ruegos, es la señal para alcanzar el clítoris, epicentro del placer. Los dedos reptan decididos y ella los espera ansiosa. Los labios húmedos se abren con delicadeza y se frotan con la caricia circular más lasciva que alguien sea capaz de imaginar. El manual dice que el círculo se cierra en el clítoris, con masajes alternados, arriba y abajo y hacia ambos lados. Sorpresivamente la lengua reemplaza al dedo y su sensible punta golpea el clítoris como a una frágil campanita de cristal. La necesidad de ella comienza a hacerse obvia en el movimiento natural de las caderas, cuando acerca su mano para acompañar la que le da placer y pide mayor fuerza en la caricia o un cambio de recorrido: le gusta que ese dedo la sorprenda y lleve la humedad de su vulva en un viaje lento de ida y vuelta hasta su ano, para estallar en el clímax.
Cambio de tercio
Llegó la hora de la penetración. Justo en el momento exacto para terminar una faena completa. Es el penúltimo examen. Ella espera más sorpresas. ¿Por qué decepcionarla? Ahora hay que elegir las mejores posturas para que se sienta plena: aquellas en las que el clítoris vibre como la cuerda de un violín. Su cuerpo está expuesto y deseoso. Sus manos inmovilizadas no la dejan tomar la iniciativa. Quiere su placer. Sus piernas se abren como un ruego. El hombre se estira sobre su cuerpo, pero antes de penetrarla la somete a una tortura de besos en su cara, sus labios y sus pechos, que hacen ya incontrolable su pasión. El ritmo de los dos cuerpos se acopla, pero es él quien lleva el ritmo. Paso a paso, sin prisas. El buen amante sabe o intuye que lo mejor es siempre ir una velocidad por detrás, que sea ella quien pida más. El segundo plato pasa a una postura más intensa. Ella sigue pasiva, pero no sometida: se deja hacer, que no es lo mismo. Él se arrodilla y se sienta sobre sus talones. Ella, acostada, pasa sus piernas a ambos lados de la cintura de él y las apoya sobre los muslos del amante, acercando su vagina hasta encontrar el premio del pene que la espera. Él la hace desear acariciando el clítoris con la punta del glande, hasta que se decide a penetrarla. La fusión es total y completa. El clima crece con las caricias. Los dedos ensalivados del amante pellizcan suavemente los pezones de ella hasta comprobar que alcanza el éxtasis, reflejado en su cara.
El plato fuerte
Para elegir el tercer plato, ya con el placer lanzado a tope, en la variedad puede estar el gusto. Una postura que le da a ella mayor dominio y que reparte placer por partes iguales. Él se acuesta bocarriba, cediendo la iniciativa, y ella se sienta sobre él en busca de una penetración profunda que la llene hasta su último rincón. Ella cabalga, primero al paso, después al trote, hasta que la excitación la lleva a un galope violento que hace temblar su clítoris. En estos casos un buen amante, deja hacer, lanza palabras que aumentan la pasión, mientras sus manos libres buscan las caderas para ayudar en el movimiento. O algún dedo travieso se escapa para frotar el clítoris, cuando el orgasmo ya es una tempestad. Un cambio inesperado para el postre: penetración por detrás. Ella experimenta otras sensaciones. De pie, flexiona su cintura hacia adelante hasta apoyar sus manos y su pecho sobre una mesa. El amante, llega por detrás y frota con sus dedos la vulva ya lubricada, luego la toma por las caderas para penetrarla poco a poco. Primero apoya su glande sobre sus labios vaginales y empuja levemente hasta que ella, ansiosa y desbordada, tira las caderas hacia atrás buscando la penetración total. ¿Por qué estas posturas son claves? Muy sencillo, en todas ellas se revela el secreto del orgasmo: la estimulación del clítoris, el roce intenso o leve, completo o parcial. Algunos malos amantes inventaron la existencia de un supuesto orgasmo vaginal. Así les ha ido en la vida. El clítoris es la clave, la última clave para develar los misterios sexuales femeninos. La que acabará de convertir a un hombre en buen amante. Y a la mujer la hará pensar en el deseo como su mejor alimento. ¿Examen aprobado?
Quickies A la hora de entrar en materia, asegúrese de estar haciendo lo correcto. Algunos de los puntos que recomiendan los expertos para sacar un ‘10’ en la cama son: • Dejarse llevar por el deseo sin falsos pudores. • Tener presente que la información previa sólo sirve para dar vuelo a la imaginación. • Evitar tener una actitud gimnástica, el salto del tigre está muy desvalorizado actualmente. • Recordar que las posturas en las que el clítoris es estimulado por el roce de los cuerpos son las más placenteras para ellas, y las que permiten una penetración más profunda son las preferidas por ellos. • Practicarlas en lugares que despierten el morbo, no recurrir siempre a la cama.
Los siete pecados capitales
En el terreno sexual no todo vale. Estos son, según Galloti, los siete pecados que caracterizan un mal polvo en cualquier relación: 1. Preocuparse por el tamaño del pene y estar pendiente de si se produce o no la erección. 2. Creer que para tener una buena relación sexual es indispensable la penetración. 3. Pensar que todas las mujeres reaccionan de la misma manera. 4. Acariciar mecánicamente. 5. Tener prisa para llegar al orgasmo. 6. Pasar por alto los juegos previos y olvidarse del clítoris. 7. Dejar de lado la fantasía y caer inevitablemente en la rutina, con la excusa de que es más cómodo.
TOP KAMA SUTRA (*) Aunque en el sexo cualquier posición es válida, recuerde que algunas excitan más a las mujeres. Tómese su tiempo y tenga en cuenta las siguientes posiciones en orden de placer.
el furor salvaje
el arco
el éxtasis
la ofrenda
la boa
el molde
la medusa
la araña
el atrapado
la doma

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.