Señor Juez: Toda la culpa es de Rivaldo. Después de que yo había logrado superar la dicotomía sexo-fútbol, él llegó a convencerme de que las dos actividades podían darse juntas. Ha sido este craso error el que me condujo al desenlace que usted ahora tendrá que administrar.

La cuestión se remonta varios lustros, cuando el horario del sexo conyugal empezó a tropezar con el de los partidos de fútbol por televisión. Recordará usted que diez o veinte años atrás era muy poco el fútbol que podía verse por la pantalla chica. Quizás un partido a la semana y, tras esperas cuatrienales, los de la Copa Mundo.

En esas condiciones no era difícil reservar alguna noche para cumplir la santa obligación del regocijo íntimo doméstico. Pero en la medida en que proliferaron los satélites de comunicación y las redes de televisión por cable, empezó a desgajarse un delicioso aguacero de fútbol sobre las agradecidas cabezas de los maridos. Ahora entraban cada noche partidos internacionales desde los cinco continentes. Y aunque uno al comienzo solo se interesaba en unos pocos equipos de unos pocos países –diga usted Argentina, Brasil, España, Italia–, la asiduidad acabó por encender en los esposos la llamarada de la afición.

Fue así como muchos de nosotros nos hicimos hinchas de equipos australianos, japoneses, moldavos, cameruneses: todos los que se asomaban a la televisión, vitrina que, necesitada de llenar veinticuatro horas diarias de pelotazos, transmite por igual partidos en directo, juegos de la semana anterior o clásicos viejos en blanco y negro.

El sueño de cualquier hincha, señor juez. Un mundo inagotable de goles, carreras, pases, atajadas, córners, tiros libres… Yo confieso que el poco tiempo que me dejaba el trabajo lo dedicaba a ver fútbol, todo el fútbol que podía. Gracias a ello me volví fanático de varios equipos, además de mi Santa Fe del alma. Y uno de ellos es el Barcelona, donde juega Rivaldo.

Pero no se puede ganar por todos lados, señor juez. Las horas de distracción que me proporcionaba el fútbol perjudicaban gravemente el sexo conyugal, hasta el punto de que las dos diversiones se volvieron incompatibles. Es lógico, señor juez. Fíjese en mi caso. Uno, digamos, ya cumplió en esta última materia. Ya no encuentra nada nuevo, ningún ángulo provocativo, ningún movimiento inesperado, ningún tiro al palo: todo lo contrario del fútbol.

Sobra decir que esto me trajo un vía crucis con mi mujer. No es que uno, digamos, sea un artista del trapecio, señor juez; pero es lo que ella tenía a mano, ¿me explico? Intenté darle su felicidad semanal. Pero ocurría que, no bien empezábamos a entusiasmarnos, yo me acordaba, por ejemplo, de que en ese momento transmitían por EgypTV el partido entre el Dínamo de Luxor y El Cairo FBC, y se me caía el ánimo. Completamente. Ella se indignaba, se marchaba de la alcoba, y yo terminaba en calzoncillos frente al televisor. No era un partidito de barrio, señor juez, era el superclásico egipcio, ¿me sigue?

Alguna vez le comenté mi situación a un psiquiatra amigo. Dijo que las cosas se deshacen como se hacen y me aconsejó que utilizara el fútbol para excitarme. Así como en ocasiones es recomendable reemplazar con la imaginación el rostro embadurnado y enmarronado de la cónyuge por el de Penélope Cruz o Angie Cepeda, me sugería pensar en grandes partidos mientras entrábamos en materia.

Eso sí, recetó que me ayudara un poco con coctelitos de Viagra y Gatorade esa bebida que da fuerza y vigor a los deportistas

Funcionó por un tiempo. Sexo y fútbol volvieron a ser compatibles, señor juez. Yo recordaba el gol de Pelé a los suecos en el Mundial de Suecia, el de Maradona a los ingleses en México-86, el de Pandolfi al América en los segundos de descuento, el golazo de chilena de Rivaldo al Valencia este año…. Y las imágenes producían efecto. Endurecían, izaban, engrandecían.

Pero al cabo de unos meses se me agotó el repertorio de goles y de emociones. Peor aún, pasé a rememorar aquellas extraordinarias jugadas que terminaron en amarga frustración: el quite de Pelé a Mazurkiewicz que no acabó en gol en México-70, el tiro al poste de los holandeses en la final de Argentina, el gol de cincuenta metros anulado a Panzutto en El Campín en el año 60, el penalti que falló Roberto Baggio en la final del 94 contra Brasil, el tercero de Rivaldo al Real Madrid en el 2001, que le robó un árbitro...

El efecto íntimo de este carrusel de “casis” (casi entra, casi es gol, casi la mete… ) fue que a una inicial reacción prometedora seguía una súbita demolición de esperanzas. Subía con trabajo y pronto bajaba. ¿Ha oído hablar del coitus interruptus, señor juez? Bueno, pues eso, pero más flaccidus que interruptus, ¿me copia?
Otra vez volvían a ser incompatibles sexo y fútbol.

Y otra vez tuve que acudir a mi amigo, el psicoanalista. Su diagnóstico señaló que la “representación del imaginario emotivo sustituto” se había agotado y era necesario reemplazarlo por una “verdad emotiva aprovechable”. Es decir, que ya no bastaba con recordar momentos sublimes del fútbol y aplicarlos a la actividad sexual, sino que era preciso vivir esos momentos de balompié real y extenderlos a la vida íntima.
El fútbol —me advirtió— es una representación sexual: la bola que entra en la portería, la dicha de la penetración, y todo eso.

Su explicación fue amplia y convincente, salpicada de casos concretos. Mencionó de qué manera algunos seres, que buscan sensaciones eróticas extremas, conjugan momentos de emoción extravagante con excitación sexual y derivan de ello paroxismos superiores al orgasmo.

¿Recuerda usted la película Matador, de Pedro Almodóvar, señor juez? Bueno, pues allí se sostiene la teoría de que el momento de la muerte puede conjugarse con el de máximo placer, si uno es capaz de venirse al mismo tiempo que se está yendo.
También recordó el episodio de aquel político inglés adicto a cierta receta de placer consistente en privarse del aire momentáneamente por medio de una bolsa colocada en la cabeza mientras se dedica a actividades masturbatorias: el instante en que el aire falta debe coincidir con el instante en que el goloso eyacula. Así, pues, mientras una mano retira la bolsa que sofoca, la otra alcanza la agitación que desborda. Dicen que es una imitación del paraíso, señor juez. En el caso del político inglés se trató de algo más que una imitación: la mano de la bolsa tardó en retirar la máscara letal y, mientras la otra enloquecía de gozo, el parlamentario moría asfixiado. El experimento lo mandó al mismísimo paraíso.

En el caso mío no había peligro de muerte, por supuesto. Se trataba tan solo de aprovechar ese orgasmo emocional que es un gol para convertirlo en un orgasmo fisiológico que satisficiera a mi mujer.

Fue un invento maravilloso, y en la práctica sólo obligaba a permanecer atento a las jugadas.

—¡Mija, venga como un tiro que hay penalti a favor nuestro!– le gritaba yo.
Y ella dejaba lo que estaba haciendo y se preparaba para sacarle jugo erótico (perdone la expresión, señor juez: no intentaba hacer un retruécano) al cobro de Rivaldo. Luego nuestros gritos se confundían (“¡Goooool”, “¡Aaaay!”, “¡Pa’ que aprendan!”, “¡Huyuyuy!”, “¡Vamos por el otro, muchachos!”, “¡Vamos por el otro, papito!” y exclamaciones por el estilo) y reuníamos en un solo acto celebratorio la dicha física de ella y la alegría futbolística mía.

¡Habían vuelto a ser compatibles!

Lo malo es que a menudo teníamos que pasar largo rato mi mujer y yo en espera de un gol: ella, presta en la cama para cuando la inminencia del tanto me pusiera en condiciones de emular la penetración de la bola en la portería; y yo, tratando de adivinar el desenlace de cada jugada. ¡Cuántas tardes se nos fueron en blanco mirando el avaro fútbol italiano! ¡Cuántas veces terminamos deprimido yo y frustrada ella porque Santa Fe perdía dos a cero! ¡Cómo aprendió mi mujer a odiar los esquemas tácticos conservadores y a soñar con el fútbol de ataque del Dream Team de Cruyff!
Fue una época de intensa actividad amatoria. Tuve que tomar coctelitos de Gatorade revuelto con vitaminas, fósforo, hierro, magnesio, potasio…

A medida que le tocaba presenciar agazapada los partidos de televisión aguardando un gol, mi mujer empezó a interesarse en el fútbol. Al cabo de seis meses hablaba más del 4-2-4 que del 69. Ya no le bastaba con espiar los avances de nuestros equipos con la ilusión de obtener réditos pasionales, sino que opinaba sobre alineaciones, insultaba a los delanteros que fallaban un gol y se metía con la mamá del entrenador. No me atrevo a repetir lo que decía sobre los árbitros, por tratarse de colegas suyos, señor juez: cosas horribles.

Luego le dio por comprar revistas especializadas, conectarse con la página de la Fifa en Internet y oír partidos por radio. Poco a poco dejó de prestarme atención. Ya no volvió a aprovechar los goles con fines eróticos, y prefería celebrarlos saltando enloquecida, besando la camiseta del equipo e incluso haciendo gestos obscenos por la ventana. Yo, que me había acostumbrado a unir la sublime sensación del gol con el grato estallido del orgasmo, empecé a sentirme incompleto. El gol estaba bien, sí, claro, delicioso. Pero me hacía falta también lo otro. Mi mujer, sin embargo, se había desentendido totalmente de lo otro. Ella festejaba los goles como posesa y yo quedaba frustrado, con el ánimo endurecido, izado, engrandecido.

Sexo y fútbol habían vuelto a ser incompatibles, señor juez.

Hace unos días me di cuenta de que llevábamos más de un año sin hacer el amor; solo hacíamos el fútbol. Entonces preparé una cena a media luz, como hacen en las películas, con flores, vino y velas. Pensé que, puesta en ambiente, mi mujer iba a reaccionar si no con delirio al menos con romanticismo. Ya nos habíamos soplado dos botellas de vino y yo estaba de rodillas frente a su regazo besándole la mano. En ese instante, ella me miró con los ojos húmedos de pasión y me dijo:

—¿Me harías cualquier cosa que te pidiera?

—Sí –le respondí, dispuesto a todo.

—Entonces consígueme un autógrafo de Rivaldo.

Por eso le repito, señor juez, que él es el culpable de todo. Rivaldo. Él cambió nuestra vida. A su imagen televisiva le entregué una esposa y me devolvió una fanática insoportable. Ahora mismo la oigo celebrar en la sala, con berridos de bestia y ademanes soeces, un gol de tiro libre que acaba de anotar el brasileño. Y yo me dispongo a tomarme un coctelito triple de Gatorade con raticida.

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