Japón está en pleno apogeo económico, y eso no tiene nada de malo. Menos del dos por ciento de la población está desempleada, el ingreso promedio mensual es de 400 mil yenes (más de siete millones de pesos), el Primer Ministro se embolsa 50 millones de pesos cada 30 días y por cada turista que llega a conocerlo, cinco japoneses salen a conocer otro país. Pero así como se gana, se gasta. Sacar la licencia de conducción asciende a 4,5 millones de pesos, el arriendo mensual de un apartamento de 200 metros cuadrados puede estar por el orden de los 35 millones (en Japón el espacio puede ser más valioso que la vida misma). Una manzana vale 25 mil pesos; un melón, 45 mil, y una bandeja con media docena de frutas —considerado un regalo valioso y de buen gusto—, 350 mil.

Sí, son buenos los tiempos en Oriente, la prosperidad implica cambios. Una familia ya no tiene que vender a su hija preadolescente a una casa de geishas para vivir. En el distrito de Gion, en Kyoto, donde solía haber más de 400 de estas mujeres, hoy no alcanzan a ser 100. Una tradición que desde el siglo XVI ha sido símbolo de un reino que ha surgido, caído y vuelto a ascender, hoy apenas subsiste, sin perder su misterio. Para un japonés promedio es difícil penetrar en el mundo de las geishas; para un extranjero, virtualmente imposible.

La joya del país

Kyoto es como Cartagena, solo que más limpia y organizada. Sus habitantes se creen más que sus compatriotas por razones históricas, pero su valía es más simbólica que práctica. Fue la capital del Japón hasta hace 150 años, cuando las montañas que la rodean le impidieron seguir creciendo y el emperador de la época, Mutsuhito, bisabuelo del actual, Akihito, trasladó la corte a Tokio.

Aun así, la ciudad exhibe orgullosa sus 1.600 templos budistas y 300 santuarios shintoístas (hacer el recorrido uno a uno toma al menos tres años); no cualquier población puede ufanarse de ser la sede del templo Kinkakuji con su imponente Pabellón Dorado, construcción que el escritor Yukio Mishima quemó en uno de sus libros, pero que en la vida real flota en la mitad de un lago. Pese a que la ley impide construir rascacielos, a estar condenada a no pasar del millón y medio de habitantes por los obstáculos geográficos que la limitan y a no tener aeropuerto, haber nacido en Kyoto es motivo suficiente para sentirse más importante que el resto de japoneses.

Hasta dialecto propio tiene. Se llama kyotoben y es más refinado que el japonés. El "refinado" es una manera soterrada de dudar de la hombría de sus habitantes: hay quienes aconsejan a los turistas occidentales no salir por ahí mostrando los pelos del pecho. Es un trato justo; los nacidos en Kyoto miran como poca cosa a los demás, y el resto, en venganza, echa a andar el rumor de que todos los hombres de la ciudad son maricas.

Por ser un centro de artesanías y no un emporio industrial, los norteamericanos no arrojaron una sola bomba durante la Segunda Guerra Mundial. Esto le permitió a Kyoto mantener la arquitectura tradicional en medio de una nación destruida que eligió copiar el modelo occidental y mejorarlo a la enésima potencia: tienen autopistas de dos pisos y seis carriles en cada uno de ellos, edificios inteligentes forjados en acero, adelantos tecnológicos que no han llegado al resto del mundo, pero que en propio suelo se vuelven obsoletos a los seis meses.

En Japón no se ve un papel en el suelo, pero más difícil es encontrar una caneca para la basura; no hay un solo carro estrellado, ni siquiera rayado o sucio; los garajes no tienen puertas y expuestos a la intemperie duermen los autos más lujosos, las bicicletas, las herramientas; en una concurrida esquina de cualquier ciudad, repleta de gente, de carros y con una estación de metro, se puede disfrutar del silencio absoluto en plena hora pico, particularidad que suena fascinante, pero que al cabo de un tiempo puede ser motivo de suicidio. Y los japoneses sí que se suicidan, pero por otras razones. Buscan la perfección con tanto ahínco que fallar puede llevar a tan fatídico final. En este enigmático país la gente no se quita la vida por amor, sino porque un error propio echó a perder toda una línea de producción.

Fue amor a primera vista

El tren bala me deposita con toda la docilidad de sus 260 kilómetros por hora en la estación de trenes deKyoto. La construcción es impresionante, con escaleras eléctricas que parecen no acabar jamás y que me llevan desde el primer piso hasta las alturas. Me monto en una, luego en otra y en otra, pensando siempre que será la última, mis ojos solo ven el alto techo de acero y el cielo al fondo. Cuando creo estar cerca, viene otra escalera. Estoy tan fascinado que no podría decir cuánto tiempo he estado en esas, ni cuántos pisos he subido, ni cuántas escaleras he tomado.

En el último piso hay una terraza gigante con jardín y una vista de 360 grados. La ciudad parece una maqueta de bajas construcciones y altas pagodas, Miro hacia abajo y veo la estación que he dejado atrás. Es difícil creer que bajo mis pies hay hoteles, locales comerciales, teatros de cine y una sucursal de la elegante tienda Isetan (la de los melones de 45 mil pesos). Me habían dicho que Kyoto era la más japonesa de las ciudades japonesas, pero este monumento arquitectónico me hace creer lo contrario.



Un extraño en la ciudad

Una segunda mirada me hace cambiar de opinión. Rumbo al hotel hay santuarios, templos y casas fabricadas en madera y paja tejida, nada que ver con la occidental Tokio. Hay pocas líneas de metro, el sistema nunca pudo extenderse porque era perentorio preservar las construcciones milenarias. Dicen que Kyoto es como Roma, a donde se mire se encuentra un edificio con una historia por contar.

Watanabe, un japonés de unos 35 años y ejecutivo en una multinacional, acepta ser mi guía por esa noche. Yo, ansioso, le pregunto de inmediato por las geishas; tendré que esperar, me dice. En el día están encerradas en las casas de té del famoso barrio Gion, llamadas okiya, o haciendo vueltas por la ciudad, pero vestidas de civil, sin kimonos ni maquillaje; imposible reconocerlas, especialmente para mí, que nunca he visto una.

Promete llevarme esa noche a la calle Ponchoto, una vía peatonal, muy angosta, de casi un kilómetro de distancia, repleta de restaurantes, casas de banquetes y de espectáculos. Colinda con el río Kamo, que atraviesa el centro de la ciudad y cuya ribera es transitada por parejas de enamorados. Los faroles alumbran la vía, por la que es muy difícil caminar debido a la gran cantidad de personas. Pienso en la fama de afeminados de los ¿kyoteños, kyotanos? y me apunto la camisa hasta el último botón.

Son las ocho de la noche y todavía es temprano para ver a una geisha. Entramos a un restaurante donde nos sirven pescados que aún se mueven y sushi totalmente crudo, nada que ver con el sushi condimentado que se encuentra en cualquier ciudad de Occidente. Las posibilidades eran eso o comida italiana, pero no viajé 26 horas en avión para comer raviolis. El pescado crudo no es lo mío y capitulo después del séptimo bocado. Estoy muerto de hambre, pero la experiencia valió la pena. Un helado de té verde me ayuda a mitigar el sabor a cadáver fresco.

La comida fue para ocho personas, nada opulenta, pero tampoco escasa. Watanabe saca su tarjeta de crédito e invita, pese a que la factura dice 900 dólares. Salimos del lugar y Ponchoto tiene otra cara. Son las diez y hay aún más personas; hay ruido, el aire es especial, la gente está alegre, el comercio se mueve. De pronto, un revuelo. Viene una geisha, que en Kyoto recibe el nombre de geiko. El río humano se para y se abre, es ahí cuando me doy cuenta de que no soy el único que ha llegado a la ciudad con la intención de ver a una de ellas, es como si los 42 millones de visitantes que recibe la ciudad cada año estuvieran detrás de ella. Alcanzo a tomarle un par de fotos. Pese a su maquillaje, alcanzo a verle una expresión de nerviosismo, aunque para ella no resulta extraño ser el centro de atracción.

No me recupero del encuentro cuando me cruzo con otra. Más fotos son tomadas, más gente la persigue, pero a una distancia prudencial. Mi atención ahora es atraída por un japonés de unos 50 años, pelo blanco, con expresión de estrella de cine y una mujer de kimono que habla por celular a su lado. Todos estamos felices, hemos visto lo que vinimos a ver.

Lo que se es y no se es

Gei = arte, Sha = persona. Una geisha es una persona que se dedica al arte. Es entrenada desde los quince años y su aprendizaje puede durar cinco o más años, tiempo en el que recibe el nombre de maiko. Su misión es entretener al hombre con danza, música y, lo que es más difícil, la conversación.

Cuatro cosas debe saber una maiko para llegar a ser geisha: ser amable, no abrir el corazón, decir lo contrario de lo que se piensa y saber qué espera oír un hombre. La fórmula no es sencilla, pero ha funcionado bien durante 500 años. Ellos, los reyes de una sociedad machista, se derriten con los movimientos refinados, los elaborados peinados, los zuecos de madera de doce centímetros de altura llamados okobo, el cuello erguido, la nuca libre de maquillaje y la interpretación del shamisen, una especie de guitarra japonesa de tres cuerdas. La vida útil de estas mujeres puede ir hasta los 50 años, tiempo en que las opciones son el retiro o convertirse en dueña de una casa de té y emplear a otras geishas.

No cualquiera puede acceder a una geisha. Watanabe podría pagar sin problemas los tres mil dólares que cuesta una velada con una de ellas —el precio no incluye el costo del salón, las propinas, la comida ni el trago que se consuma—, pero simplemente no tiene el estatus social para aspirar a tal honor. Solo los hombres poderosos y famosos (políticos, altos ejecutivos, millonarios, luchadores de sumo, actores de teatro kabuki, miembros destacados de la sociedad) tienen acceso a ese mundo.

Para poder disfrutar de sus servicios, el cliente, o danna, tiene que ser conocido por la casa de té y gozar de la confianza de la patrona. El cliente puede introducir en la okiya a alguien de su entera confianza, para que se convierta en cliente; esta es, en teoría, la única forma de entrar a tan selecto círculo.

¿Y qué hay del sexo? ¿Tienen o no? Una geisha no es una prostituta —pero eso usted ya lo sabía— y el precio de una noche con ella no incluye relaciones de ese tipo. Lo que pase al final de la fiesta, por decirlo de manera burda, es un acuerdo entre ella, el cliente y la matrona de la okiya. Las condiciones y el costo son reserva del sumario.

Me dice Watanabe, y me lo confirman sus compatriotas, que una geisha se entrega por gusto antes que por dinero, y que si lo hace por lo segundo, la paga muchas veces no es solo en efectivo y por unas horas, sino por toda una vida de regalos y detalles, historia que puede terminar en matrimonio.

Un hombre poderoso puede llevarse a una geisha de vacaciones, por ejemplo, pero a cambio deberá asumir los costos del viaje y además pagar en la casa de té el dinero que ella hubiera ganado trabajando durante ese tiempo. Nunca ha sido barato hacer feliz a una mujer.



De cacería en Gion

Quince minutos a pie desde Ponchoto nos llevan al distrito de Gion, donde el tiempo parece haberse detenido. Las casas de té son construcciones de 600 años que han sido mejoradas con el tiempo. Allí nacieron las geishas. A finales del siglo XIX la ciudad estaba deprimida económicamente por haber perdido su estatus de capital del imperio. Su población se vio reducida de 350 mil a 200 mil habitantes y las geishas, con su labor, lograron mitigar los malos tiempos. A pesar del dramático descenso en el número de mujeres que se dedican al oficio, Gion es por la noche un lugar lleno de vida.

Los faroles rojos encendidos afuera de las okiya indican que el lugar está abierto. La calle está llena de turistas, todos sabemos que una geisha puede estar detrás de una de esas puertas, pero nadie se atreve a golpear, sabemos que seríamos rechazados de inmediato. Súbitamente llega un taxi con tres de ellas y se estaciona al frente de una casa de té; todos, como cazadores, nos acercamos a curiosear.

Los flashes no se hacen esperar. Las mujeres se bajan con una falsa sonrisa y con la mayor naturalidad que el asedio de occidentales lo permite, pagan y caminan rumbo a la puerta del farol rojo. Watanabe se acerca y dice en japonés lo que yo le pedí que les dijera: el señor es colombiano, es su primera vez en Japón, nunca ha visto una geisha, quisiera tomarse una foto con ustedes y de ser posible, tener una breve charla. Pues eso de que las geishas son maestras en el arte de la conversación no me consta, porque sin siquiera mirarme siguieron su camino hasta la puerta del farol rojo. Estaba equivocado al creer que el mundo de la flor y el sauce, como es conocido el universo de las geishas, se iba a abrir de par en par.

Son más de las once, Watanabe me dice que a esta hora ya es muy difícil encontrar una geisha, que ya todas deben estar con sus clientes en alguna de las okiya. Él sale rumbo al hotel y yo decido caminar un rato más por Gion. Ya no quedan turistas, apenas unos japoneses con pinta occidental y ganas de rumba que pasan por ahí de casualidad. Camino a mi hotel me encuentro con dos señoras de edad que salen de una okiya. Intento acercarme, pero al ver mis intenciones, aceleran el paso y hacen un gesto de asco.

La mañana siguiente

Hace años, las prostitutas de Kyoto solían trabajar en el distrito de Shimabara, donde hoy funciona un McDonald's. Son raros los McDonald's de acá. Tienen mesas para no más de dos personas y a la hora del almuerzo están llenos de solitarios almorzando. Cada uno se entretiene con su computador o su celular. Nadie se mira, nadie habla.

Por estos días sale el sol a las cuatro de la mañana. Son las cinco y yo ya estoy despierto. Agarro mi cámara y salgo rumbo a Ponchoto y a Gion con la intención de ver de día y con calma lo que anoche era todo vértigo y confusión.

Camino Ponchoto hasta el final, donde hay un parque infantil. Me devuelvo y me topo de frente con un señor de unos sesenta años y una prostituta. Los dos están ebrios y él tiene una mano sobre una de sus tetas. Será una buena foto. Saco la cámara, pero me enredo y pierdo la instantánea. Los sigo, se ríen, hablan por celular, miran vitrinas. La luz es de nueve de la mañana, pero no son más de las cinco y media. Los sigo hasta que se separan y me dirijo a Gion.

Es más lindo de día; sin vida, pero bonito. La madera de las casas es oscura, se ve robusta. Incrustadas en cada esquina hay placas de bronce que indican las calles que se encuentran. Estoy en el cruce de Nakamichi con Hanami-Koji y nada se mueve. Un señor en bicicleta que carga dos baldes es lo único que queda. De regreso al hotel, casi a las siete, me topo con otra pareja de borrachos. Ella, de kimono, parece salida del viejo distrito de Shimabara. No tiene pinta de geisha, sí de prostituta, aunque podría no serlo. Cae al piso, como desmayada, él —tienen una sudadera marca Kappa— se agacha, la ayuda a levantarse, se ríen (todos en Japón se ríen aunque no haya ocurrido algo gracioso), siguen caminando juntos, se balancean de un lado a otro. No es una escena agradable, pero al menos se ven felices. Les tomo fotos, ellos me miran sin poder enfocarme y como si nada les importara.



***

Si no se nace en la cuna correcta, una vida entera en Kyoto no alcanza para conocer el mundo de las geishas. Yo, para tal menester, no solo nací en cuna incorrecta, sino en continente incorrecto. No era mi destino formar parte de esto, pero por una noche quise contradecirlo.

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