—Y, entonces, ¿cómo haces?— preguntó la voz oscura y amable.

Tendría yo unos 13 años y mucho miedo de contestar esa pregunta. La voz tamizada pasó a través de la tela de tapiz, volviendo a indagar lo mismo. Yo, para aplacarme, pensé en el examen de ciencias: falange, falangina y falangeta. Que ¿cómo hago? —recordé la pregunta con horror—. No puedo decirle.

Angustiada, volví a repasar el examen: frontal, parietal, occipital y los temporales. Me tranquilizó comprobar que me sabía el esqueleto humano a la perfección.

—Confía en mí— murmuró él con ternura.

Pensé en el tarso y el metatarso. Que ¿cómo hago? Cualquier palabra que me describiera haciendo eso sería más horrible que la misma palabra masturbación.

—No sé— dije con un hilo de voz, y cerré los ojos apretando los párpados con fuerza.

—Te queda difícil hablar de ello ¿verdad? Cuéntame, entonces ¿cuándo lo haces? —lo oí preguntar con gentileza—. A mí me puedes contar todo.

—A veces— contesté ruborizándome a solas en el cubículo aislado.

—¿Qué sientes?

—Una tensión, Padre.

—¿Cómo dijiste?

—Una tensión. En...— respiré profundo, queriendo morirme—. En el estómago y... en...tre las piernas.

—Dime – dijo el padre ya más pausado y tranquilo, como si en ese momento hubiera recibido el entendimiento divino–, dime, y ¿qué haces entonces?

—Cruzo las piernas, Padre, y las aprieto — dije con contrición y muy pasito, para que no alcanzara a oír mis palabras.

—Tienes que confiar en mí. Cuéntame todo— ordenó secamente.

Tomé gran cantidad de aire, llenando los pulmones a tope, para arrancarme a contar todo, y salir de eso, de una vez por todas:

—Cruzo las piernas —dije despacio— y las aprieto, hasta que entre el coxis y el hueso púbico, dentro de mí, comienzo a sentir una inquietud interna. Una inquietud interna que va creciendo y se vuelve torbellino. Y el torbellino se vuelve huracán, y tiene un vacío caliente en el centro, Padre, como si estuviera lleno de una luz azul brillante, con vida propia, llena de una fuerza tan potente que me va invadiendo toda, y va subiendo—. Me detuve pensando que el padre se había dormido porque no oía sino su fuerte respiración.

—Sigue, sigue— dijo la voz quedamente.

—Padre, la fuerza empieza a subir desde el coxis por las vértebras lumbares, por las doce vértebras dorsales, invadiéndome con tanta fuerza, que cuando llega al esternón, yo ya no puedo respirar, Padre.

El ojo del huracán sigue subiendo por las cervicales y cuando llega al hueso mastoideo se estalla y se expande en el vacío, como en la película de la bomba atómica, Padre. Y, entonces, la detonación repercute con varios reventones, allá, abajo, en donde se inició la inquietud interna y en ese momento yo desaparezco, por un rato, de la faz de la tierra, Padre.

Hubo un largo silencio. Yo no quería hablar más y pensaba que, tal vez, él no quería oír más. Me había explayado demasiado y me sentía avergonzada. Muy avergonzada.

—Sí. Entiendo – dijo él después de un rato—. Vamos a hacer una cosa: Cuando sientas esto, ven a donde mí y yo te ayudo. Tú, en ese momento me buscas y yo estaré para ti. ¿Me entiendes?

En ese momento sonó la campana para entrar a clases y yo sentí un alivio como si hubieran cancelado el examen de álgebra.

—Acuérdate que estoy para ayudarte— dijo en tono bondadoso.

—Sí – contesté y salí corriendo de la capilla.

Cuando entré a clase me dolía la cabeza. Me preocupaba haberme ido del confesionario sin que el padre me hubiera perdonado, dado la absolución y una penitencia. Me sentía mareada y con ganas de vomitar.

Sonó la campana y cambiamos de clase; la campana sonó varias veces y yo seguía con ganas de vomitar.

Esa noche no pude dormir por falta de aire. Al día siguiente fui al colegio con mucho miedo y esa tarde, arguyendo enfermedad, no hice deportes por no ponerme la pequeña faldita del uniforme de gimnasia.
Ya de por sí me sentía desnuda ante todo el mundo, no quería que nadie me mirara las piernas. Aquellas piernas que yo apretaba y que ahora odiaba. Pasaron varios días y yo seguía con los vómitos.

Una mañana, cuando esperaba el bus del colegio sentada en la verja de la tienda El Palacé, encontré la solución: anularía para siempre la inquietud interna de mi vida. Nunca más lo volvería a sentir. La frenaría. Haría un voto de castidad, como el que hacen los curas, y así no tendría que volver a contarle eso a nadie. De ahora en adelante me voy a volver de piedra —resolví aliviada—, de piedra mi inquietud interna y de piedra mi corazón.

El día estaba soleado y como por arte de magia se me fueron los vómitos.

Salvo la previa de álgebra, todo transcurrió de maravilla hasta el día en el que el padre me mandó a llamar a la capilla.

Al entrar al recinto él me esperaba, no en el confesionario, sino sentado en una de las bancas de la nave lateral.

—Padre, ¿me mandó a llamar?

—Sí, hija, siéntate.

Yo me senté.

—Aproxímate.

Yo me petrifiqué. El padre, entonces, se me acercó hasta que su vestuario tocaba la falda gris de mi uniforme. Al sentir el calor que expedía su cuerpo recalentado me volvieron las ganas de arrojar.

—Te he estado esperando— me susurró con aliento envejecido—. Tenemos que acabar la conversación que empezamos ese día. ¿Te acuerdas?

—Sí— atiné a expresar, sin poder decir más.

—Cuéntame, ¿has vuelto a sentir lo que hablamos esa última vez?

—No, Padre— dije, bajando la mirada al piso.

–Ah...

Hubo un silencio que recorrió la capilla entera.

—Acuérdate que yo estoy para ayudarte. Cierra los ojos. Piensa que estás sintiendo lo que me dijiste ese día.

Yo cerré los ojos, dejando una rendija abierta por donde podía ver el altar.

—Hija, lo que sientes no está mal. Acuérdate que el cuerpo lo hizo Dios a su imagen y semejanza.

Cruza las piernas como me contaste ese día— me pidió el padre en voz muy baja.

Yo, a la distancia, alcanzaba a ver la estatua de la virgen y de Cristo crucificado pero no sentía nada. No sentía nada de nada. Nada por Cristo, ni por la virgen, ni por el cura, ni por mí. Ya ni siquiera sentía ganas de vomitar. Mi cuerpo y mi alma eran de piedra fría como los de esas estatuas que veía al fondo. Las palabras del padre pasaron sin tocarme. Él pedía cosas y hablaba palabras que no recuerdo.

Pedía y pedía sin saber que ya mi cuerpo y mi alma estaban petrificados.

La campana sonó y mi cuerpo, que permaneció por varios años de piedra, se levantó con tranquilidad, dejando al padre sentado, solo, en la banca lateral de su capilla sagrada.

LA SIESTA

Son apenas 34 poemas, que despiertan al lector en un pequeño libro ilustrado en carátula con un dibujo de Luis Caballero y escrito con la sinceridad de toda una señora.

La Siesta, dice el título y, abajo, en mayúscula sostenida, una minúscula palabra que lo dice todo: poesía. Un libro que no cuesta más de siete dólares pero tiene un valor incalculable.

El jaguar

Seré tu oasis en el largo,
polvoriento y desértico camino.
Seré tu manantial,
el ojo de agua cristalino
y transparente.

Tú vendrás jadeante
y, sin otro pensamiento,
te ahondarás sendero abajo,
apartando los helechos,
a buscar el nacimiento.

Como un jaguar sediento
hincado en cuatro patas sobre el pozo,
pausado y cauteloso,
lamerás la piel del agua
temblorosa.

La hierba expide olor a tierra,
la tierra huele a mielmesabe y
hierbabuena.

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