Todo acabó ahí, parecía mentira.

Luego de un preámbulo lleno de caricias profesionales y de besos perfectos, sucedió lo impensable. Justo cuando empezaba a gozar cabalgando encima de un ser, por demás apasionado y visiblemente apto para el sexo, su torre se vino abajo sin siquiera pedir permiso. Un pequeño gesto de angustia cruzó la mirada de mi presa que, acto seguido, me agarró por las caderas e intentó bajarme sutilmente, aunque el bajonazo fue a todas luces brusco e intempestivo. Prendimos un cigarrillo ambos. Mi respiración aún retumbaba por el cuarto y mi vagina, ilusa, seguía haciendo pequeños movimientos de contracción, creyendo que no había terminado el juego. Luego me derrumbé en la cama y me fui quedando dormida a pesar del hambre. Mañana será otro día y ya buscaremos qué comer, me dije para mis adentros.

Una hora más tarde, en medio de un sueño ya casi profundo, tenía detrás al individuo en cuestión queriendo borrar su pasado reciente con una erección intermedia que ya no contaba además con los alicientes de un buen preámbulo. Preferí no ser agresiva y por tanto me dejé abordar en silencio, pero mi vagina, que ya había quedado sumida en el más profundo de los sueños -no propiamente húmedos- se despertó furiosa. "¿De qué se trata la intervención de este intruso de mediocre rendimiento a estas horas de la noche, Conchita? Haz el favor de sacarlo de acá o tendré que cerrarme drásticamente para que no moleste más. Mira esos movimientos insulsos con los que pretende encenderme de nuevo. Es inaudito, este pene-venido piensa quedarse horas valiosas de sueño tratando de enmendar con chichiguas lo que nos hizo anoche. ¡Haz algo de inmediato!". Frente a las quejas burlescas de mi vagina no tuve más remedio que voltear mi cabeza hacia el susodicho (se dijo ya que estábamos en posición de cuchara) y mirarlo con cara de "¿qué está haciendo, joven?". Afortunadamente sus neuronas captaron el mensaje y lo transmitieron a aquel mediocre que me invadía, hasta dejarlo derrumbado nuevamente. Partimos cobijas esa y muchas otras noches porque, incluso después de terminar y de haberse portado como un patán varios meses -no exactamente en la cama, ojalá-, este señor quería proponerme polvitos esporádicos, uno al mes, o así, de chévere, por caridad, como para complacerme. Seguramente quería demostrar hombría con sus amigos, que lo respetaban muchísimo por tener bajo sus garras a Conchita (porque, eso sí, se encargó de gritar mi seudónimo a los cuatro vientos). Afortunadamente tuve dignidad, aunque sea en lo más profundo de mi vagina, y supe decirle que no. Nos deshicimos, ella y yo, de un tipo perverso en la cama y en la vida.

No tengo términos medios en cuestiones éticas: hay gente buena y hay gente mala. Tampoco los tengo para el sexo, aunque no creo que haya personas buen polvo o mal polvo, sino buenos polvos y malos polvos, a secas. Son un fenómeno de carácter aislado que no comprometen como tal a la persona, pero que si se repiten reiteradamente, bueh… mis convicciones se vienen abajo en esos casos y la ética adquiere un matiz relativista. Aun así, las pequeñas obras de caridad que solo buscan acallar las culpas de esos ególatras que no soportan haberse equivocado no son aceptables ni para tirar.

El acto sexual es un proceso complejo que no solamente necesita de una solidez óptima y estable, sino que incluye también una cierta sincronía en los orgasmos. Eviten esos segundos polvos que solo evidencian su derrota. No hay nada más aburridor que un mal polvo que a los pocos minutos quiere ser borrado a través de una erección regular (y no me refiero al regular gringo, que se utiliza como "promedio, normal, estándar", sino al regular con su acepción latina que se acerca más a "paupérrimo, escaso, chimbo"). Si quieren que una mujer piense que simplemente no fue un buen día y que es posible que la cosa mejore, desmonten sus carpas y sepan enmendar sus errores con valentía en otra ocasión. Sean éticos: manténgase sólidos en algo por una vez en la vida. Abajo el sexo filantrópico con penes a medio inflar.

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