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Publicado 2006-09-07

Una noche jugando botella

Por Adolfo Zableh

El sueño de todo lector de SoHo: jugar botella alrededor del tema sexual con tres modelos. En cumplimiento de su deber periodístico con los lectores, uno de nuestros redactores se le midió al reto.

Una noche jugando botella. A esta altura de la noche, Sandra comienza a soltarse. hemos tomado tanto que ya no necesitamos preguntar si dice la verdad o se atreve. lo que era un juego desordenado termina en un interrogatorio sexual
—¿Qué va a hacer esta noche? Lo invito a comer.

—No, no puedo. Voy a jugar botella con tres modelos para escribir un artículo.

(Risas)

—¡No puede ser! Yo quiero tener su trabajo.

Suena fácil, suena rico, inspiro envidia. Pues no. No será fácil, ignoro si será rico. No conozco a ninguna de las tres mujeres y eso me estresa. Además, ¿por qué jugar botella? Adultos sentados alrededor de un envase de vidrio, esperando a preguntar o a que les pregunten, a hacer o a que les hagan. Es un paso burocrático, una excusa para terminar haciendo lo que todo el mundo quiere: tener sexo. ?

Reparto

Sandra: 21 años. Es cristiana.

Catherine: 23 años. Habla portugués y alemán.

Paola: 18 años. Le gusta tomar y que le tomen fotos.

Adolfo: treintón. Periodista sin pretensiones.

Reglas del juego

(Nunca se cumplieron)

Se puede escoger si se dice la verdad o se atreve. El que diga una mentira o no cumpla la penitencia, se toma un trago. El menú etílico de la noche incluye vodka y tequila.

Recomiendo que no crean en todo lo que dice este artículo, porque es el recuento de un hombre borracho, acorralado por tres mujeres. Lo que relato es lo que mi ebria memoria seleccionó:

Gira la botella. Me cae.

—¿La verdad o te atreves

, pregunta Catherine.

—Me atrevo.

—¿Te gustan los hombres? ¿Lo has hecho con alguno?

(¿Tendré pinta de marica

, me pregunto).

—No, no me gustan y nunca lo he hecho con uno.

Me vuelve a caer. ¿Estará imantada? Es el turno de Sandra.

—¿Cuál es el sitio más atrevido en donde lo has hecho?

—En un jacuzzi en Cartagena, rodeado de personas, una bella tarde de diciembre de 1998.

En este juego siempre hay lanzados y recatados. En el primer grupo estamos Sandra y yo. Catherine y Paola, en cambio, tiemblan cada vez que hay riesgo de que la botella les caiga.

Es el turno para que responda Catherine.

—¿Qué prefieres, hacer sexo oral o que te lo hagan?

—Que me lo hagan; a mí en realidad no me gusta hacerlo. Con mi novio es diferente porque me gusta que se sienta bien, pero en realidad no es de mi agrado.

Por fin le toca hablar a Paola.

—¿Cuándo fue la última vez que lo hiciste?

—Hace una semana y media, porque mi novio está en Medellín.

—Y entonces, ¿cada cuánto te masturbas?

—No, no me masturbo.

La queja es generalizada, nadie le cree. Después de mucho insistirle termina confesándolo:

—No me masturbo cuando estoy sola, no le veo la gracia, pero sí lo hago con mi novio, al tiempo, mientras él también lo hace.

Por dos veces seguidas me cae la botella, como si el juego estuviera amañado. Por venganza o falta de imaginación, las mujeres me hacen las mismas dos preguntas que yo le había hecho a Paola. Esto es la guerra.

—¿Cuándo fue la última vez que lo hiciste?

—Marzo de este año.

Las risas solo se callan cuando complemento la respuesta:

—Y no es mi récord. Una vez estuve año y medio sin tirar, de marzo de 2002 a agosto de 2003.

—¿Y cada cuánto visitas a la modelo Orbitel?

Al comienzo no entiendo, pero luego capto la bonita analogía del 5.

—Entre tres y cinco veces a la semana, y eso, si tengo novia.

Es el turno de Sandra, que de entrada dice que se atreve.

—Dale un beso a cualquiera de los tres.

—Por obvias razones, se lo voy a dar a Adolfo.

Es una delicia. Ella, la forma en que besa. No sé si lo hace por placer o por trabajo, pero no quiero que termine, no quiero que haya gente. Todo se acaba en cuestión de diez segundos. ¿Qué tal que no fuera cristiana?

Sandra, cuando leas este artículo (sé que lo harás) búscame si puedes, estoy en la bandera de la revista. Tenemos asuntos pendientes.

Me vuelve a caer la botella. Ya no lo soporto. Después de esta pregunta cambiaremos de puesto a ver si es que el piso está inclinado o qué.

Vuelve Catherine a la carga.

—Contéstame con la verdad, verdad. ¿Nunca se te ha cruzado estar con otro hombre?

¿Será que tengo cara de marica y nunca nadie se ha atrevido a decírmelo?

—No, nunca. Una vez hice un trío, éramos un amigo, una mujer y yo, pero mi amigo y yo no nos hicimos nada.

A esta altura de la noche, no sé, 11:00, Sandra comienza a soltarse. Hemos tomado tanto que ya no necesitamos preguntar si dice la verdad o se atreve. Lo que era un juego desordenado termina en un interrogatorio.

—¿Te gusta el sexo oral?

—Me encanta.

—¿Dónde te gusta que se te vengan?

—En la boca.

—¿Cuál es la expresión que más te gusta decir cuando lo haces?

—Soy tu puta.

—¿Has tenido sexo anal?

—Sí. No es que me mate, pero sí.

Nunca fue tan rico pasar del dicho al hecho. Sandra dice que se atreve y entre Catherine y Paola, que no les gusta que las pongan a hacer, pero disfrutan como nadie poniendo penitencias, le dicen que se siente sobre mi cara.

Todos se abren para tener una mejor vista del espectáculo. Sandra ríe y pone cara de "qué pena". Tiene ojos claros, dos colitas y lo que toda mujer en este mundo quiere: cara de ángel y tetas de actriz porno. Ella comienza a bailarme y mientras más se acerca, yo más me voy acostando, hasta quedar totalmente horizontal, sobre el piso. Sandra baja, baja, baja, baja… le resulta imposible bajar más. Aun hoy puedo decir a qué olía.

—¿Qué sentiste mientras me estaba sentando en tu cara

— me pregunta.

—Nunca en mi vida fui tan feliz.

—Adolfo —pregunta Paola—¿con cuántas mujeres has estado al tiempo?

—Con dos. Más sería imposible, y además una exageración.

A Catherine la ponemos a que me haga un striptease y a dejarse besar por mí. Lo hago entre las tetas y a unos centímetros, milímetros podría asegurar, de donde comienza el culo.

Paola mira la escena aterrada, con sus 18 años a cuestas. Le suena el celular, antes de contestar ve que tiene siete llamadas perdidas, todas de su novio. Es él, está en Medellín. Hablan un par de minutos. Cuelga y dice que se tiene que ir. Le pedimos un taxi y le damos las gracias. Tenía un cuerpo delicioso. Qué desperdicio.

La escena continúa. Bailo con Catherine, Sandra interviene en la escena por un rato, pero pronto se retira, la idea del trío que se me cruzó por la cabeza se desvanece muy rápido. Catherine se quita el brasier y hace el amague de bajarse los jeans. Yo la ayudo con mis manos hasta que es (in)decentemente permitido. No me consta, pero creo que estaba mojada. Las manos me tiemblan. Al final, la pena le puede y decide, unilateralmente, parar. Yo quería seguir, pero no fui capaz de decírselo.

Ahora Catherine se acuesta, le echo vodka sobre su estómago y Sandra se lo toma. Cuando se lo termina le digo que se meta un minuto a la cocina conmigo, solo los dos. Todos protestan, que cómo así; el camarógrafo pide participar. Me ofrece un canje: cocina no, striptease sí.

Comenzamos a bailar y a quitarnos la ropa. Primero le saco las botas con los dientes —tarea nada fácil— y luego ella comienza a despojarse de los accesorios. Afuera cinturón y colitas. Atrae mi cabeza hacia su vientre y yo ya no puedo más. Ya no tiene camiseta, la ropa interior es negra. Yo me quito la mía, el punto menos sexy de la noche.

Y de pronto lo impensado: Sandra se quita el pantalón. ¡Dios bendiga a los cristianos! No puedo hacer otra cosa que lamerla y morderla. Hemos perdido toda noción del tiempo, de la decencia, de la estética (por aquello de mi barriga que pedí me quitaran con Photoshop). Esto podría terminar en algo, pero con dos camarógrafos y dos asistentes no vamos para ningún lado, excepto para la casa de cada uno. Sandra tiene al menos un novio que la espera, aunque no sé con qué cara lo besará esta noche. Ella quiso perder, perderse en esta noche. Supo cuándo parar. Se vistió como si nada, y se fue, no sin antes contar que le había gustado el experimento y las fotos que le habían tomado.

Deben ser las dos de la mañana. Yo estoy iniciado, pero no tengo otra opción que irme para la casa. Al paso que voy, quebraré la marca de año y medio sin tener sexo, que debe ser récord para un hombre de mi edad.

Acostado en mi cama, con el cuarto dándome vueltas a causa del alcohol que tomé para volverme valiente, pienso en Sandra, que confirma algo que siempre he creído: no por tener en las manos a una hembra, se disfruta más del juego sexual. La escena podrá ser más placentera para los que miran, pero no necesariamente para el hombre que está con ella. De todas formas, quiero volver a verla.
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