Algunos sabemos que el sexo no es para nosotros, sino para esos colombianos de apellidos extranjeros que salen en las páginas sociales de Cromos, se la pasan en Cartagena, se broncean sobre los yates, tienen casi 40 años, son bien plantados y nunca hacen nada importante: son medio fotógrafos, medio artistas, medio pendejos; pero andan con las mujeres más bonitas del país, les organizan paseos multimillonarios a las Islas del Rosario, y son eróticos y seguros, invencibles y viriles, y nunca se enamoran.

Yo quiero decir que detesto cualquier gesto erótico que se haga en pantaloneta; que soy de la raza de los que se enamoran automáticamente de quien se los dé; que por eso no me lo dan; y que cuando me lo dan todo es un problema. Y también quiero decir que detesto el mar, y la playa, y la gente del jet–set que hace paseos en el mar y en la playa.

Una vez me invitaron a uno de ellos y hubiera preferido tener la madurez de Alejandro Villalobos antes que haber ido. Pero fui, como casi siempre ocurre con las cosas que uno detesta: fui, me monté en una lancha y resulté ser el único que tenía medias y sandalias en medio de todos esos pies desnudos que no se quemaban contra el acero de la lancha.

Fui, y todas las mujeres eran modelos, y se asoleaban sin la parte de arriba del bikini, y nadie las miraba: apenas yo, que era la única persona a la que se le salían los ojos y a la que se le cuajaba un profundo bigote de rocío en la medida en que el sol se trepaba en el cielo.

Desde entonces comenzaron a discriminarme, y dejaron de hablarme.

¿Era por estar vestido con aquella camiseta vieja y roída del equipo de fútbol de la empresa? ¿Por la visera de celofán, el canguro y el tarrito de monedas que tenía colgado en el cuello? ¿O porque mi inglés es muy precario, y a estos lo que les gusta es hablar en inglés?

Una vez llegamos a las islas me abalancé sobre la arena para hacer un castillo, le propuse a una de las mujeres buscar conchas y me senté en la orilla del mar con los muslos abiertos para jugar con las olas, como había visto que lo hacía mi abuela, en aquel paseo familiar que organizamos al Hotel Irotama en el año 86.

Pero el mar para esta gente no es una diversión sino un contexto: una elemento menor que apenas sirve para tomar trago. Todos tienen la piel como si fuera de hule, elástica y pareja, y han logrado un bronceado parecido al de las focas.

Sobra decir que, salvo el mesero, nadie me habló. Ninguna modelo quiso meterse conmigo. Ningún personaje preguntó mi nombre. Me miraron mal cuando les ofrecí los sánduches de atún que me había mandado mi mamá.

Y eran hoscos y creídos, y ni siquiera hablaban entre ellos: de vez en cuando mascaban una expresión en inglés que me quitaba la confianza que había ganado para decirles que odio las playas; que sueño con que algún gobernante las prohiba; que siempre me meto al mar con camiseta para que los hombros no se me quemen; que cada vez que me meto, aparece una horda de aguamalas que me pican en orden, con sevicia y sin reparos.

Que sueño con ser yo quien pique a una aguamala, para que sea ella la que tenga que rogarle al primero que pase que se le orine en el muslo. Y que, como siempre me pasan esas cosas, tener una modelo al lado es un agravante y no un privilegio.

Me aburre el jet–set. Me aburre su manera de hablar, su falta de sudor. Bien pueden quedarse con esa patria de chicas Águila que hicieron para ellos. Y bien pueden quedarse con el mar. Y con la arena. Y con esa extraña forma de gastar los días como si estuvieran filmando un eterno comercial de Belmont, mientras la vida ocurre en otro lado.

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