Tuve un primo que a sus 60 años se vestía con faldas, se colgaba bufandas de seda en la nuca, no se quitaba unos anillos colosales y nunca tuvo sexo con mujeres. Prefería estar rodeado de muchachitos, a los que también disfrazaba con batas y les soltaba unas dosis estudiadas de vino para que se fueran aclimatando a sus rutinas. Me da pena confesarlo, pero era así.

No importaba si se estaba quedando calvo; tampoco si el terremoto de la artritis le empezaba a derrumbar los huesos: mi primo insistía en salir a andar por el mundo vestido con sus falditas y sus gorritos y sus anillotes dorados, como si a esa edad aquello fuera correcto. Me da pena decirlo. Pero era así, mi primo: mi primo el mayor. El que era monseñor.

Durante muchos años fue el orgullo de la familia. Pero yo nunca pude encontrar mayores diferencias entre él y un travesti. Por eso me sorprende haber leído en la prensa internacional que algunos curas se quejaron ante los desfiles del orgullo gay que se realizaron en todo el mundo recientemente.

Ya lo han hecho varias veces. Una parranda de gays se montan en cientos de carrozas, disfrazados de locas, y van gritando por las calles eso: que son gays. Y que además se disfrazan de locas. Y que no les importa. Porque ya están cansados de tanta intolerancia. Sobre todo de la que siempre muestra la Iglesia católica. El Papa ha aprobado que se diga que los gays ponen en peligro a la naturaleza, que viven en pecado constante y que no tienen un espacio en el cielo por el simple hecho de preferir lo que prefieren.

Y yo no sé si esa intolerancia eclesiástica se debe a la torpeza general de juzgar gustos, porque lo mismo daría quitarle la comunión a todos aquellos que prefieran las mujeres altas a las bajitas, o si en realidad se trata de un problema de celos. Quizá sea eso: quizá todo el asunto consista en que la Iglesia sólo acepta a los gays que son suyos.

Satanizar una marcha de travestis a estas alturas de la historia, y sentirse defendiendo la moral por eso: esa es nuestra Iglesia. Será la moral de ellos, que se basa en el rechazo. Y en las paradojas. Porque hablando con sinceridad, ¿no hay bastantes similitudes entre un obispo y un Drag Queen? ¿No les encanta entregarse a la multitud con faldas barrocas? ¿No andan exponiéndose al público con joyas costosas y extraños adornos en la cabeza?

No quiero ofender a nadie con la comparación; mucho menos a los Drag Queens, porque ellos no insisten en esas estéticas sexuales después de cierta edad: ¿o alguien ha visto un travesti viejo? Es gente que sabe parar. A diferencia de los monseñores, que siguen vistiéndose con faldas lúgubres aunque el cataclismo del tiempo los haya arrasado por completo. Y eso no es correcto. Y eso se ve mal. Y ese es mi consejo a todos ellos, los curas: que si se van a vestir de mujer, lo hagan de una manera menos apagada. Porque ese travestismo oscuro y mustio tampoco es sano. En tal caso viene bien una sotana más corta. O repartir comuniones con un strapless sobrio pero moderno. O una sotana con abertura, en la que la pierna aparezca como un relámpago lateral que esté a la altura de Dios y de la moda.

Siempre he defendido el derecho de los homosexuales, no sólo por una convicción de libertad sino por un interés mezquino: entre más gays haya, habrá más mujeres libres para mí. Uno podría llegar a conquistar por ‘W’, que es a lo que aspiro para no bregar tanto. Acepto que la Iglesia merezca respeto siempre y cuando ella misma comience a respetar a las minorías. Por eso me parece injusto que protesten ante las marchas. Pero si ya es inevitable, entonces que lo hagan con sinceridad y la próxima vez no salgan a la calle ni los travestis ni los curas.

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