"Mi nombre es Bella y estoy soñando. Sueño y sueño y mientras lo hago prefiero charlar, contar lo que veo en mi mente y perseguir esas imágenes, que también son palabras y a veces olores o miedos. Es lo que tengo en la cabeza, que equivale a decir, lo que tengo en el corazón. Mi nombre es Bella o Beja o incluso Belha, según el lugar en el que esté, ya que el vasto mundo es mi lecho. ¿Quién soy? Vamos por partes. Fui desflorada por primera vez -ya explicaré en su debido momento esto de "primera vez"- en un concierto de Guns n' Roses, en la parte trasera de una camioneta repartidora de leche (olía a leche), por un hombre cuya boca expelía un fuerte aroma a cebolla y a salchichón y que, por cierto, estaba tan ebrio y probablemente tan drogado como yo, je, je, nada muy fuerte ni que se inyecte en la vena, ya me van conociendo, adoro a los hombres, pero odio las agujas. Oh, dios, fue una aguja la que inició esta larga historia, este despropósito o extraño ir y venir que es mi vida, ustedes deben saber mi historia, pues es muy popular entre los niños, ejem, veamos, ¿cómo era? Había unas hadas buenas y una mala, y por supuesto una maldición, me pincharía el dedo a los 16 años con la punta de una rueca y quedaría dormida hasta que un príncipe me diera un beso, ja, ja, la historia es más o menos esta y lo del príncipe es lo mejor, lo más gracioso, pero bueno, en realidad me despierto con el deseo de quien me roce la piel en los hombros o me hable al oído, me despierto y muero de ansia, pues la flor que hay dentro de mí, o ese parecido que todas las mujeres tenemos con la Virgen al nacer -nuestro destino es "perder ese parecido"-, se reconstruye con el sueño, los tejidos vuelven a unirse, la membrana renace y ahí estoy yo, con los ojos muy abiertos, despierta y deseosa, ay, dios, el mundo tiembla o el universo se convierte en gelatina cada vez que a una mujer la asalta el deseo que yo siento, una especie de rayo que baja por mi espina dorsal y se aloja entre mis nalgas, entonces no me queda más remedio que salir, dejar ese lecho en el que he yacido por días y noches, mientras se opera en mí el milagro de la reconstrucción de los tejidos, y salir al mundo. La última vez, el desfloramiento fue algo intenso, al menos desde el punto de vista visual, y fue con uno de los médicos de la clínica en la que desperté, después de un letargo de 22 semanas. Ignoro cuál sería su rango o condición -yo diría que era anestesista, pues no sentí mucho, je, je-, pero liberó mi cuerpo, lo devolvió a la vida en un pequeño cuarto de suministros médicos, frascos de alcohol, gasa y agujas hipodérmicas, donde además había una fotocopiadora -extraño lugar para un aparato así-, y la verdad es que eso fue lo más divertido, pues el médico me sentó sobre el vidrio del aparato y mientras me desfloraba -¿fue la vigésima séptima o la vigésimo novena?, no lo recuerdo, tendría que revisar mis notas- no paró de hacer fotocopias, imágenes impresas en papel de mi trasero aplastado contra el vidrio y una sombra cilíndrica al acecho, un cincel golpeando la masa oscura, je, je, no les daré más detalles, ahora estoy soñando y pierdo ciertos matices de la realidad, que es mi huerto cerrado, el lugar donde viven mis bellos, mis amores, los que con su aliento y palabras me sacan de este sueño vegetal y se llevan mi tesoro, siempre recomenzado -toujours recommencée, como en el poema- que a fin de cuentas no tiene mucho más valor que una vieja moneda de cuero, algo bello pero no único, y yo pienso, ¿por qué las cosas únicas deben ser mejores?, a mí me dan ansiedad, exaltan mis nervios, algo se puede romper y es mucho lo que se pierde. Yo, al menos, disfruto lo banal, pero esa es otra historia. Ay, al decir esto me acordé de un hombre, uno de los pocos que he querido, se llamaba. ¿cómo se llamaba mi Bello? Lo he olvidado, pero lo voy a bautizar en este sueño, se llamaba Lars y era un marinero danés, trabajaba en la segunda cubierta de un yate que hacía uno de los cruceros de turistas en el Báltico. Lars me dio el soplido que me devuelve a la vida mientras yo dormía en la popa, y al llevarme a su habitación de grumete me trepó en su cuerpo y, mirando por el ojo de buey, esa ventana circular, dijo, "ay, querida, ahora estamos pasando por una isla de color violeta, y en una de las llanuras hay una guerra, muchos soldados caen, sus yelmos saltan al aire y sus armaduras sangran". Esto decía Lars, y yo le escuchaba la historia mientras otra sangre bañaba mis muslos, la herida de su cuerpo en el mío, y yo anhelaba que ese hombre no se detuviera, que nunca sacara de mí su espada y que la historia de la guerra durara toda la vida, en suma, que esa pequeña ventana circular fuera la realidad, pero muy pronto ocurrió algo y sonó un timbre, y Lars debió salir a cubierta a vigilar que los monstruos marinos del Norte no hundieran la nave, o algo así, eso fue lo que me dijo, y cuando me asomé al ojo de buey vi la batalla en la isla color violeta, pero todo esto sucedía en el televisor de la cocina, que era lo que había del otro lado de la ventana, y comprendí algo, comprendí el olor a aceite frito y a pescado, que es lo que se debe comer en el mar y aquello a lo que debe oler el mar, esa mezcla de agua salada y peces y plancton y restos de naufragios, y Lars se fue y yo entendí también que los movimientos que me llevaron a la ebriedad (por si alguien perdió el hilo, estoy hablando de sexo, el sexo es mi tormenta) no solo provenían de la furia desatada en Lars, sino del propio mar, o mejor, de la tormenta que estaba alzando el mar y quería sacarlo de su lecho, como los hombres que me rozan, y entonces lo amé, a Lars y a la tormenta, y al volver a mi camarote escuché gritos y supe que Lars había caído al mar, se lo llevaron las olas, ay, qué dolor, y volví a dormir poco después y el rastro de Lars dentro de mí se deshizo y ya no quedó nada de él, eso pasa cuando duermo y es que el mundo se aleja, la gente se va o se muere o sale un día a la calle y nunca regresa, y lo que más me entristece es que el mundo sigue siendo el mismo sin todos ellos, nada cambia porque Lars ya no esté o yo duerma o todos estemos muertos, nada cambia, créanme, por debajo de las piedras la vida vuelve a emerger como una planta venenosa o una serpiente, y cuando yo despierte habrá otra vez poetas y marinos y vendedores de leche, la vida tendrá la apariencia de lo real y alguien estará desesperado y otros gritarán de placer, y habrá quien haya decidido cortarse las venas y otros estarán vagando por ahí, pateando latas después de haber sido humillados, y la vida seguirá teniendo ese sabor amargo hasta que yo abra los ojos, y al hacerlo alguien será feliz, je, je, pueden creerme, así luego se lo lleve el mar, como al pobre Lars, pero yo digo, mientras duermo, es mejor ser feliz un solo instante y luego dejarse llevar que no serlo nunca y vivir en este mundo como un roedor, es lo que yo digo, es lo que pienso, he sido feliz y me gusta transmitirlo, y mientras lo digo me pregunto, ¿cómo será mi siguiente galán? Expresaré un deseo: que sea un hombre de mediana edad y no esté tan sediento, ay, créanme, estoy harta de jóvenes luciferinos que me extraen hasta la última gota, no, váyanse de mí, aléjense, ojalá que en este instante, del otro lado de mi cerebro dormido, lo que equivale a decir, en la realidad o en el mundo (que a veces es lo mismo), haya un hombre luchando por mí, abriéndose paso entre cañaverales o multitudes necias o caminando a paso firme bajo las luces de neón de una ciudad fantasmal para llegar hasta aquí y decir esa palabra suave que tanto ansío, y cuando la diga veré sus ojos, dos esferas repletas de sentido, y en ellas, dentro de esa mirada, encontraré el motivo para despertar y de nuevo seré desflorada, ya lo ven, pido muy poco, solo quiero alguien que me tome en brazos, algo que sea real, rabiosamente real, y que, al hacerlo, me dé un poco de alivio.

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