El público se estruja en las graderías. She, vestida para matar, avanza por los arduos corredores. Apenas puedo seguir su desenfrenada carrera hacia la arena. De repente se detiene, gira sobre sus pasos, y me fulmina con la mirada. El ímpetu de sus senos está a punto de reventar el traje de luces, sus fuertes muslos me secan la garganta. Conozco esa rabia, he convivido con ella parte de mi vida, tiene más nombres de los que puedo recordar, he subido por sus piernas rumbo al infierno, pero comparado con ese lugar el infierno es frío. Esa rabia me ciega, determina mis ideas, me inhibe. She encrespa los labios y me incita, mis ojos recorren cada centímetro de su cuerpo, ella agita levemente un imaginario capote; mis pies desnudos se hunden en la arena, aprieto los dientes y me lanzo sobre su cuerpo que me esquiva con una ligera finta. Mi cara se hunde en la tierra. El público, sediento de sangre, exige la muerte del minotauro. Siento los pasos de She acercándose, la sombra de su espada se alarga sobre la arena…

…Toda chica sueña con tener una espada, una larga espada para atravesar, de lado a lado, a su hombre. She gime bajo el peso de mi cuerpo y me dice al oído que un día me partirá el corazón en mil pedazos. Me pide cerrar los ojos e imaginarla como una implacable matadora y yo me hundo en la oscuridad y vuelvo a la terrible plaza de la estupidez y la muerte. Ella me guía con palabras cada vez más feroces, me obliga a girar y pone sus pies sobre mi pecho y se mece lentamente. Su amor se clava dentro de mí como una espada atroz, no puedo escapar a su sortilegio, si ella me deja un día, nunca podré salir del laberinto.

Cuando era niño, los teatros no tenían techo, había que esperar que oscureciera para iniciar la función; la casa de She estaba al lado del teatro Apolo. En el patio de esa casa había un imponente árbol. Cuando el padre de She fue despedido de la fábrica decidió clavar unas tablas en las ramas del árbol y por mitad de precio uno podía subir allí y ver la película. En una de esas tablas conocí a She y al poco tiempo nos volvimos inseparables. La chica de Cinema Árbol le decían a She. En todos los carnavales She se disfrazaba de matadora. A los trece besé a She por primera vez. Han pasado muchos años desde que se fue y todavía ese beso quema mis labios…

…El amor de She me atraviesa como cien mil furiosas espadas, me siento perdido en la arena de una plaza sin nombre. Día y noche giro buscando a mi asesina, sé que jamás voy a encontrarla, que estoy dentro de She, ella es el laberinto y estoy condenado.

Conozco esa rabia, sé como se agita, si tuviera oportunidad le apretaría el cuello. Pero es ella quien me alimenta. No tiene ojos, no tiene cuello. Me sigue como una sombra, navega en mi sangre y aparece en mis pesadillas. Me mira y la miro, su mirada tiene pedacitos de odio. Me arden los ojos de mirarla y ella ni siquiera espabila. Conozco esa rabia, me roe los huesos, aniquila mi voluntad, me estruja los riñones. Conozco ese tipo de rabia, la he inventado minuciosamente. She no ama a nadie, ella solo puede amarse.

He olvidado lo que extraño de She, no sé si la mujer que ronda mis insomnios y la niña del árbol son la misma persona, lo nuestro fue breve y por eso me asombra que la sensación de extrañarla permanezca intacta. Lo cierto es que uno solo ama a alguien por un instante y luego lo que ama es la sombra, el reflejo o el recuerdo de ese instante. De todos los malestares del alma ninguno es más torpe, exagerado y perezoso que el amor. No es el amor lo que mantiene unidas a las personas, sino la culpa de no sentirlo y el resentimiento de que el otro no logre entender que hemos dejado de amarlo.

Mi padre amaba a mi madre y ella hacía todo lo posible para hacerse amar. A mi padre le fastidiaba que mi madre se esforzara para que él la amara y tenía razón, porque es inútil hacerte amar de quien ya te ama. Siempre me pareció elegante que él ignorara ese juego y se pusiera frío cuando ella le exigía las caricias y mimos que él quería darle sin exigencias. Y es que son las ganas de ser amados lo que determina el hecho de que no nos amen. Uno extraña solamente a quien se va sin decir adiós.



2

Tu cuerpo blanco como la luna de los sueños. Tus ojos abiertos sobre un enigma. Tus manos sabias. Bajo al fondo del mar y toco, justo antes de morir, una piedra redonda. La piedra me trae de regreso a la superficie. No trato de entender lo que ocurre, me tiendo sobre tu cuerpo y escucho lo que dicen los astros. Una voz trata de romper los espejismos pero ya no puede. Eres tanto así, tanto bella. Un regalo de la muerte. Mi cuerpo no lo puede creer, no creo en mi cuerpo. Mi cuerpo se opone como estúpida ciencia entre tú y yo. Tu cuerpo se deshace para dejarme entrar, mi cuerpo es duro como una ley, como un pacto de otros. Renuncio a mi cuerpo y me entrego al tuyo, renuncio a mi alma. Eres el hueco en mi corazón, la raya en mi pensamiento.

Después de que te fuiste necesité mucho tiempo para hacerlo con otra mujer. Quizá hubiera sido mejor no intentarlo. Todo sin ti es desteñido y sólido, algo ya no está conmigo, el encanto murió y solo queda el insípido placer, la oquedad, el vicio. El deseo sigue

intacto, pero la atmósfera no fluye. Tenías una forma peculiar de iluminarme, un silencio con leves resonancias de estaciones llovidas, de hoteles a mitad del desierto.

Tu cuerpo era mío cien años antes de pertenecerte, te salvé muchas veces en otras vidas, torcí tu corazón y nadie puede enderezarlo.

3

Es alta, al menos en la distancia lo parece. Cierro los ojos mientras se acerca y prefiero imaginarla. Escucho el Uuuufffff, ¡qué linda!, de los otros chicos. Admiración, ansiedad y dolor se mezclan en la exclamación. Con el rabillo del ojo la miro alejarse, la trenza le llega más abajo de la cintura, el uniforme a cuadros no logra deformar la amplia curva de sus caderas. En la cancha, los varones se alinean bajo el ardiente sol y las niñas forman grupos en la sombra, todavía faltan muchas por llegar, pero ya nadie las espera porque She está allí. Las otras son solo bulto, escenografía que la vista recorre para detenerse en She; She borra a las otras chicas y al resto del universo, She acrecienta la sed y hace temblar nuestras rodillas. A salivazos y empujones empieza la guerra por llamar su atención; un gordo con la nariz llena de pecas me acuella y me advierte de no mirarla. Trato de zafarme. Es un gordo fuerte, de ojos estrechos y malignos. El rector se acerca y el gordo me abraza y finge que somos los grandes amigos. Antes de apartarse me susurra al oído que su padre es inspector de la Policía. Tiene el aliento agrio y el pelo le huele a sarna. El rector nos habla de respeto y disciplina, el sol nos encandila y nos hace sudar como condenados. Veinte minutos después nos manda al salón para iniciar las clases y se dirige a los árboles donde todas las chicas lo reciben con aplausos, todas menos She.

El colegio había sido edificado sobre una explanada, estaba dividido en dos sectores: A y B. En el A estaban las niñas y en el B, los varones. Del lado A había árboles frutales, robles y ceibas; del lado B, matorrales y hierbamala. El lado A tenía tejas de barro y el B, láminas de eternit que multiplicaban el efecto de los rayos solares. Del lado A había una cafetería con butacas espaciosas y coloridas; del lado B, un quiosco con techo de paja y unas escuetas bancas. Un muro de cemento con una reja de metal en medio dividía ambos sectores; durante el descanso solíamos disputar puesto en la reja para intentar darle un vistazo a She, pero ella era esquiva y presuntuosa. Si tenía suerte y lograba verla, después no podía concentrarme en las clases y hasta perdía el apetito. De noche, mi madre se quedaba absorta oyendo la radionovela y el recuerdo de mi padre dejaba de martirizarla. Mi mente divagaba entre el muerto y aquella niña, mientras más pensaba en She menos me dolía mi padre. Un dolor se oponía al otro, un miedo asustaba al otro. Quería saltar la reja y hablarle a ella de mis sentimientos; decirle que era distinto a los otros chicos, que ellos solo querían ganar una apuesta y en cambio yo estaba solo en el mundo.

Desde que mi padre murió siempre había aparecido en mis sueños; lo curioso es que en los sueños nunca era mi padre, sino los diversos personajes de su colección de historietas. Alguna vez era el padre de otros niños y hasta el cartero que llega en bicicleta los sábados. Su edad cambiaba de sueño en sueño, casi siempre era muy joven y entre las mujeres que lo acompañaban no reconocí a mi madre. Ayer soñé que She estaba sentada en el pupitre vecino al mío. Ella ocupa mi mente y borra a papá. Me asusta pensar que nos casamos y luego se reúne con otras mujeres a decir cosas terribles de mí. Una de esas noches la rubia bajita puso en duda la fidelidad de mi padre y mamá no fue capaz de negarlo, se limitó a replicar que lo preferiría vivo y traidor a saberlo muerto. Quizá mi madre tuvo sospechas y le deseó la muerte a mi padre y por eso sufre tanto. La culpa ensucia el dolor y nos humilla; She me sonríe en sueños, es una trampa. Un día deseará con todas sus fuerzas mi muerte. Eso significa amar a otro, desear en lo más profundo que muera.

4

She, eres tan bella. Tu voz rompe todos los espejismos. El minotauro, aturdido por los gritos, espera el golpe mortal. De eso tratan el amor y la faena, del miedo a morir y el placer de matar. Tú eres la muerte vestida de fiesta. Eres dulce, She, tus ojos me encandilan como soles del más oscuro pedernal y el miedo no es suficiente para aplacar mis ansias. Siento que bajo escaleras por tu garganta, lamo tus muslos, devoro tus odios. Me sé de memoria tu cuerpo, el pelo de tu sexo está mejor cortado que el césped de un campo de golf, tus senos son rabiosos e indestructibles, el olor a madera de tu piel me nubla la mente y enseguida mi sangre empieza a salir a chorros formando un brusco arroyo en la arena; en las graderías se festeja la muerte del minotauro. Un instante después la plaza queda desierta, entonces te arrodillas a un lado de mi cuerpo para decirme adiós antes de perderte en el laberinto.

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