Fin de la tortuosa espera. Febrero de 2001 fue
la última -y única- vez que pudimos apreciar a la hermosísima Claudia Perlwitz en la portada de SoHo. Cincuenta y tres ediciones y cuatro años y ocho meses han pasado desde aquel fugaz encuentro (haga cuentas, es el intervalo que hay entre mundiales de fútbol sumado al período de gestación de un ser humano, menos un mes).
Por ese entonces, esta paisa de 27 años estaba en boca de todos, porque casi nadie sabía a ciencia cierta quién era. Había forjado su carrera de modelaje en Argentina y la veíamos salir empapada de un piano en el video de Llueve sobre mojado, de Fito Páez y Joaquín Sabina. No es un dato confirmado, pero al parecer el número de hombres de entre 20 y 50 años que empezaron a tomar clases de piano se disparó de forma alarmante. Todos querían ser Beethoven.
Muchas cosas han ocurrido desde entonces. Gerónimo, su hijo, tiene ya 5 años, esta revista ha cambiado su contenido del cielo a la tierra -si no cree, consulte una edición vieja- y lo único que no varía es la figura de esta mujer con apellido alemán, pinta de alemana, y en ocasiones tímida, como turista alemán recién llegado a Cartagena.
Otra cosa cambió. En aquella ocasión solo un fondo blanco acompañaba a Claudia, nada que ver con el paisaje de Isla Múcura, un paraíso colombiano que hace parte del archipiélago de San Bernardo, en el golfo de Morrosquillo, y donde se come la langosta más barata de todo el Caribe.
Es en la arena blanca donde la Perlwitz hace gala de su exuberancia, con esa mirada que en ocasiones mete miedo y donde es tan fácil perderse (decimos mirada, pero más que todo nos referimos a sus formas). Allí posó para nosotros, cubrió su cuerpo de playa y de manera muy soterrada dejó ver ese tatuaje, que es una invitación al pecado.
Tus deseos son órdenes, Claudia.

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