Empecé mi adolescencia y mi conocimiento del erotismo en los brazos de una negrita antioqueña de Puerto Berrío que se vendía por un precio razonable en el peor barrio de Medellín. Me gustan los seres nocturnos, de otra raza y mejor si vienen de una región estrafalaria. No la amé. Y supongo que ella tampoco me amaba, aunque me cobró desde la primera vez por debajo de la tarifa. Pero nos gustaba la mutua compañía, sobre todo los lunes cuando estaba suelta de la clientela y usaba una chaqueta amarilla y yo mandaba el colegio a donde se sabe.

Fuera de la ternura que ponía en el acto, de la estrapada de costumbre que me acercaba a las estrellas negras y el clamor del clímax, estaba hecha con los lugares comunes a todas las negras jóvenes de los relatos y poemas de negras que había leído. Los tópicos. Bailaba con entusiasmo aunque no hubiera música porque llevaba una orquesta por dentro; sonreía con dientes anchos que contagiaban la alegría de vivir; ni menuda ni gruesa, usaba una corona de trenzas y tenía los huesos largos, los hombros estrechos, el ombligo minúsculo, los dedos largos con pétalos en vez de uñas, codos suaves, teticas de cabra, pubis modesto, y las brasas de los genitales irradiaban un rojo triste de aviso luminoso en la medialuz de un hotelito de pobres donde paraba. Con ella calmé la nostalgia de una tierra negra. Femenina y salvaje.

De todas sus cosas lo que más me gustaba era la voz. Lo que decía carecía de importancia frente al tono del canto y la cadencia de las palabras cuando hablaba. Recuerdo también que olía a humo de cadena. Con un toque de coco detrás de las orejas. Nunca le pregunté su nombre. Sí. Una vez. Y me dijo, si no es un falso recuerdo, con tono de juramento, rebajando la voz, este halago: “lo mejor de estos amorcitos pequeños y sucios es que no dejan más que un fuego anónimo en la memoria. Así duelen menos”.

Revelación negra
El siglo pasado borró muchos límites y canceló muchas certezas. Pero las feministas, flores híbridas de la racionalidad occidental, fueron blancas, y no reconocieron el aporte de la negra a la liberación de lo femenino como frenesí, como felicidad y forma, instinto y fuerza. Una de las grandes rebeliones del siglo XX, que fue una contradicción perpetua, una formidable revuelta, fue por la revelación negra.
No sólo conquistó el derecho a usar los aguamaniles de las mujeres blancas en Estados Unidos, el estrellato de las divinidades modernas del deporte y el espectáculo en un cielo de astros blancos. Hechizó al mundo con arrullos de músicas mezcladas de himnos de iglesias, trenos de funeral, melodías de prostíbulo de esclavos y nostalgias del desierto. La negra además libertó la hembra, la hembra negra que existe en todas las mujeres cuando valen la pena.

La pintura alemana nos habituó a una Eva albina, y hasta pelirroja, para aumentar la perversión luterana. La ciencia se acerca más todos los días a la certeza de que Eva fue negra. Y no se parece en nada a la mujer de la fábula del paraíso de blancos que nos obligaron a oír en la infancia en los sermones, de boca de benedictinos caucásicos, capuchinos de ojos azules, escolapios con gran tufo de ajos, jesuitas franceses expertos en lenguas muertas y en cismas. Es probable que no haya sido una manzana sino un ñame, lo que la pitón le ofreció a la madre mítica.

El racismo blanco, como todos sabemos, es la envidia de los blancos por la negra que se acuesta los negros. Expresa su horror ante la fuerza primigenia y la sexualidad superior que atribuye al negro (por extensión, más negro no canta un gallo) a la negra.

Hace tiempos leí un libro misterioso que sostenía una teoría peregrina: la negra es oriunda de Sirio. No me cuesta creerlo.
La negra desaparece por completo cuando se apaga la luz. La mujer demasiado blanca, la blanca perfecta, si eso existe, se queda brillando en la sombra como un fuego fatuo, afirma una antiquísima diatriba tántrica contra las pelirrojas.

El racista sabe que lo salvaría una sobredosis de melanina del hielo de la culpa, de la cárcel de sí mismo, del enredo de razones, de la arritmia. Pero prefiere la artritis del prejuicio, reprimir la negra, aunque le cueste en perdición y violencias contra sí mismo.

Al pie de la letra
Occidente se ha esforzado en la creación de un modelo contrario a la negra: la rubia de senos como zeppelines llenos de leche condensada, artificial, modosa, suicida potencial. Que debe desnudarse antes de resultar interesante. O que parece interesante porque aguardamos a que se desnude. Civilización pura.
Baudelaire, francés, católico, amante del artificio y transgresor, cantó a la negra y al diablo al mismo tiempo.
El Cantar de los Cantares, oasis de alivio que ilumina la catástrofe de la Biblia que nos guía, canta, canta la negra y descansa de castigos. Hollywood quiso creer que la reina de Saba se parecía a Liz Taylor. Pero no es más que otro elemento en la farsa de la cultura internacional.

En Colombia la poesía de la negra estuvo a cargo de poetas negros o que se las tiraban de café con leche, de corte costumbrista, sentimental, folclórico y llorón, hasta la Rosa pícara del campamento de ingenieros, lujuriosa hada de León de Greiff, negra de tetas estrábicas como sus ojos. Pero es el poeta andino, y nadaísta renuente, Jaime Jaramillo Escobar, quien ha expresado más largo y hondo la nostalgia de negra. ¿Es negra el nadaísmo?

No es que las blancas tengan nada malo, ni más faltaba. Pero una blanca que no contiene una negra aunque sea en ciernes no vale un desvelo. Todos los secretos de una mujer blanca caben en su bolso. Y su verdad en una polvera. Gretta Garbo, de hiperbórea belleza, confesó una vez que era muy voluminosa allá abajo. Hay quienes creen que hablaba de sus juanetes. Otros piensan que se refería a una deliciosa característica berebere. Y que la divina estaba harta de hacerse la sueca.

Hay negras negras. Negras intermediarias. Y blancas blancas. Estas parecen un jingle soso junto a la canción de una negra que calla. Para salvar la desventaja, la blanca, que es lunar y devuelve la luz que recibe, se solaza en la playa, se lampariza en el gimnasio. Pero no basta una insolación para adquirir las cualidades solares de un buen pan. La negra no se ve aunque deje la puerta abierta. La blanca es evidente aunque la cierre con doble llave. Se parece más a un mandamiento que a una invitación.

Lo que hace deseable a una rubia es la negra sin nombre que disimula. Pero Dios —que para ciertos extremistas es negra— me libre de denigrar de la trigueña, estado crepuscular de la carne. Ni de las pecosas, como Marcela Carvajal, para poner un ejemplo ejemplar, que no deben ser más que negras con intermitencias. Aunque para mi desgracia no me consta.

Entre todas las especiosas decepciones que he venido acumulando en esta vida blanca y negra con tesón de buey y paciencia de coleccionista, entresaqué unas pocas sabidurías. Esta quizás resulta útil para todos en este país desvencijado: no vale la pena ponerse al amparo de las virtudes de nadie si uno no está seguro de que es un genio. O negra.

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