Somos los mejores, ¿no? Hablo de todos nosotros, en conjunto: de los seres humanos que vivimos hoy en día, ricos y pobres, comparados con todos los seres humanos que nos precedieron (y que, según parece, fueron, sumados todos ellos, menos numerosos que nosotros, hoy somos seis mil millones. No hay tantas tumbas bajo la tierra, desde el Paleolítico hasta hoy). Somos los mejores, no hay duda. Los primeros, en toda la historia de la humanidad, capaces de destruir definitivamente este planeta. Y en eso estamos.
No es solo por razón del número -que, de todas maneras, es claramente excesivo-, sobramos las tres cuartas partes. Es porque hemos dado en considerar bueno lo que todas las civilizaciones anteriores, desde que la civilización existe, habían tenido por malo. Los acadios, los egipcios, los griegos, los chinos, los mayas. Hasta los ingleses victorianos del siglo XIX, que sometieron medio mundo. Pero someter a la gente, o exterminarla, es parte de la sabiduría tradicional: todos lo han hecho. Lo novedoso es esto de destruir el planeta en que vivimos, como en la fábula del alacrán que picó al sapo que lo llevaba a cuestas atravesando el charco, y se ahogaron los dos. Y esa novedad viene más o menos de la segunda mitad del siglo XX. Desde que empezamos a tener por bueno lo que en los diez mil años anteriores se había tenido por malo. Así nació esta sociedad postindustrial, capitalista, de consumo, democrática, 'globalizada', en la que hoy vivimos, y en la que, si las cosas siguen como van, vamos a morir. Sin dejar sucesores.
Pongo un ejemplo: los Siete Pecados Capitales.
La lista que hoy conocemos la hizo en el siglo VI san Gregorio Magno, Papa. Pero no es el fruto de un capricho de la Iglesia cristiana, no es solo 'una cosa de los curas', sino la condensación definitiva de un cierto número de pasiones o pulsiones nocivas que la sabiduría de Oriente, de Grecia y de Occidente había pasado un milenio tratando de identificar y de catalogar. En esa lista habían dejado su huella Buda y Confucio, Sócrates y Jesucristo y san Agustín; y seguirían poniendo la suya santo Tomás, Spinoza, Kant. Los Siete Pecados son, en orden de creciente gravedad, soberbia, avaricia, lujuria, envidia,
gula, ira y pereza.
En gravedad creciente, con una salvedad: la de esa soberbia que encabeza la lista pese a ser el pecado más peligroso de todos, por ser la inspiración de los demás. Lo que pasa es que, a causa de esa misma omnipresencia de la soberbia, san Gregorio no creyó necesario identificarla individualmente, y en el primer lugar de los pecados puso una de sus formas más leves e inofensivas: la vanagloria. No el tremendo pecado contra el Espíritu que movió al mismísimo Luzbel a sublevarse contra Dios, no la desmesurada pretensión de medirse de igual a igual con Él: la soberbia; sino la mera vanagloria. Un pecadillo frívolo, risible: no de arcángel rebelde, sino de ex presidente colombiano.
A la soberbia se opone tradicionalmente la virtud de la humildad. Pero la soberbia es
astuta: no en vano es el Demonio. Así que también existe una soberbia de la humildad. Don Miguel de
Mañara, el noble sevillano que sirvió de modelo para el Don Juan de la literatura, se arrepintió de todos sus pecados, y trocó su soberbia de gran señor por la humildad de un sirviente de los pobres y enfermos del Hospital de la Caridad de Sevilla, a los que lavaba las llagas y besaba los pies. Pero cuando iba a morir pidió que lo enterraran bajo el umbral de la puerta del Hospital: para que lo pisaran todos al pasar, ya que había sido "el más humilde pecador de todos los tiempos". No cabe una más descomunal manifestación de soberbia póstuma.
La soberbia es un pecado político, en una doble manifestación: un pecado del poder y un pecado de rebelión contra el poder. Un pecado de reyes y emperadores. Alejandro Magno, por ejemplo, decidió en su soberbia proclamarse dios tras conquistar Egipto. Y cuando se enteraron, los soberbios atenienses le mandaron decir con desdén: "Si Alejandro quiere ser además dios, pues que lo sea.". Es el pecado del sentimiento de la propia superioridad, pero a la vez el de la rebelión contra la superioridad ajena. De soberbia es el pecado original de Adán y Eva: ansia de ser, según la promesa de la serpiente, "como dioses, sabedores del bien y el mal". Un pecado, pues, de desobediencia a Dios. Pero también es de soberbia el pecado diametralmente opuesto, el de Dios mismo, eternamente embelesado en la contemplación de su propia perfección, y arrullado por los cánticos de alabanza de los ángeles no rebeldes, de los obedientes, mientras que allá abajo, en las mazmorras de Guantánamo, son sometidos a las más horrendas torturas los ángeles
rebeldes que osaron desafiar Su poderío.
Santo Tomás de Aquino define la soberbia como "el apetito desordenado de la propia excelencia". Pero, si me atrevo a discrepar de la opinión del doctor Angélico, me parece más bien la saciedad satisfecha de la propia excelencia. El soberbio no está, como el glotón o el lujurioso, buscando siempre satisfacer su gula o su lujuria: su soberbia se satisface a sí misma. Y por eso los soberbios, como es natural, lo son doblemente: se enorgullecen de su orgullo. Así ha sido siempre: bastaría con preguntarle a Alejandro si acaso se avergonzaba de su orgullo. Pero no cabe duda de que tomada colectivamente nuestra época es la más soberbia de la historia, la más orgullosa de ser ella misma, y superior a todas. La única que no añora una Edad de Oro situada en el pasado ni espera o sueña una Ciudad de Dios en algún momento del futuro; sino que está absolutamente satisfecha de sí misma, y convencida de que el Paraíso es aquí y ahora. Y por eso lo destruye.
La simple vanagloria no llegaría a tanto, probablemente. (Aunque quién sabe: tal vez el doctor Andrés Pastrana, si le dan un poquito más de tiempo.). Pero la vanagloria, que es alabanza de uno mismo, presunción, vanidad, no se vanagloria de sí misma. ¿Aceptaríamos acaso que somos vanidosos?
Difícilmente, y a regañadientes. Sabemos que es poca cosa, y algo mezquina. Así que pasemos a algo más serio: la avaricia. El "deseo desordenado de riquezas".

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