Llegamos al siguiente pecado de la lista de san Gregorio Magno -a propósito: 'santo' y además 'magno'; ¿no habrá ahí un pecadillo de orgullo?-, el tercero: el nefando pecado de la carne. La lujuria. Estrictamente hablando, lo de 'nefando' o 'abominable' solo se aplica a una de las formas de la lujuria: la sodomía. Pero sin duda se trata del pecado a cuya represión más esfuerzos ha consagrado la religión cristiana, en particular en su rama católica. Otras, por el contrario, han alabado y aun santificado los deleites carnales. En Grecia y en Oriente hubo siempre prostitutas sagradas, el Islam promete a los bienaventurados en su Paraíso el acceso carnal a las hurís del Profeta, cuya virginidad es incesantemente renovada: a la espada del Islam le gusta la desfloración. La Iglesia católica, en cambio, está obsesionada con la persecución del placer sexual. De todos los placeres, de acuerdo. Pero en particular del sexual. Hasta el punto de haber convertido el pecado de lujuria casi en sinónimo del pecado original, a pesar de que ninguna posible interpretación de las Escrituras dé pie para esa identificación abusiva. Ya dije más atrás que fue un pecado de soberbia, incitado por el Tentador: "Seréis como dioses". Tentación de la soberbia que condujo al pecado de gula (la famosa manzana), el cual a su vez, a lo mejor, condujo al de lujuria. Pues eso tienen los pecados capitales: que se engarzan los unos a los otros, como las cerezas.
Fuera de su santidad el papa Juan Pablo II, que sigue insistiendo en que aun el legítimo comercio sexual dentro del matrimonio y destinado a la procreación es pecaminoso y condenable si produce placer, ya nadie considera hoy que la lujuria sea un pecado. Al revés: es prácticamente una obligación. Desde Sigmund Freud, que les dio a los impulsos libidinosos respetabilidad científica, y no solo la poética que habían tenido siempre, la lujuria es síntoma de buena salud física y mental. Y la ausencia de lujuria, indicio de que algo muy grave le está pasando al paciente. No en balde la Iglesia se ha opuesto siempre tercamente a los avances de la ciencia en todos los campos: a ella le quitan argumentos.
Y también, claro está, le quitan control sobre los fieles. Así se explica, por ejemplo, que durante los largos siglos en que en Occidente la Iglesia mantuvo poder sobre la publicación de libros -antes y después de la imprenta-, los únicos textos eróticos que circulaban eran los manuales para confesores. Para que estos, sacerdotes célibes y presumiblemente castos, se enteraran de cuáles eran exactamente las cosas que debían preguntarles a sus penitentes: aquel célebre y libidinoso "¿cuántas, cómo, por dónde y con quién veces?" de los colegios religiosos.
Digo que, con el psicoanálisis freudiano, la ciencia vino en ayuda de la lujuria contra el oscurantismo y el prohibicionismo de la religión. A continuación, dos nuevos descubrimientos vinieron a reforzarla: los antibióticos, que eliminaron el miedo a las enfermedades venéreas incurables (faltaba casi medio siglo para que apareciera el sida), y la píldora anticonceptiva, que eliminó el miedo a los embarazos no deseados. Con los unos y la otra se desató, en los años sesenta, lo que dio en llamarse la revolución de la liberación sexual.
Y por añadidura vinieron entonces a fortalecer el vendaval de la lujuria todas la fuerzas de la publicidad, que son las más poderosas de la historia. Los publicitarios descubrieron que la lujuria es el pecado que mejor sirve para anunciar otros pecados, en un mundo en el cual los pecados espirituales y morales han pasado a convertirse en virtudes económicas, en donde el mal individual y privado conduce al bien público y común. Todas las tentaciones del consumo, que son en fin de cuentas las tentaciones capitales, se anuncian mediante la incitación a la lujuria, mostrando cuerpos sexualmente deseables y cada día en estado de mayor desnudez, o de mayor sugerencia explícitamente libidinosa. Se empezó con los cuerpos de mujer, para anunciar la venta de automóviles o la de jabones, la de chocolates o incluso la de ropa: los pases de pasarela de las grandes empresas de la moda vestimentaria se hacen mostrando mujeres prácticamente desnudas. Pero luego empezaron a usarse también los cuerpos de hombres, y los cuerpos de hombres y mujeres entremezclados, y últimamente también los cuerpos semidesnudos de niños.
La tentación de la lujuria conduce, tal como habían previsto sabiamente, inútilmente, los padres de la Iglesia, a la tentación de la envidia: ¿va a tener su vecino un carro mejor que el que puede comprar usted? A la tentación de la gula: vea usted cómo esta bellísima mujer, aquí fotografiada, bebe botellas y botellas de vino cava catalán. A la tentación de la ira: hace unos pocos años, el ejército colombiano contrató a la famosa modelo internacional Claudia Schiffer para que saliera armada de fusil y semivestida, o semidesvestida, de uniforme de camuflaje, dándole así glamour erótico al oficio desagradable y peligroso de irse a la selva a echar y recibir tiros. Hasta para la tentación de la avaricia, que en principio parece tan poco tentadora, sirve el cebo carnal de la lujuria: "Cuando usted sea rico, mire qué mujeres las que se levantará. ¡Como esta! ¡Como esta! (Y es verdad, intervengo yo aquí para comentar el anuncio: es verdad. Lo siento por las feministas, que tienen razón cuando protestan por la utilización del cuerpo femenino para estas cosas: pero es verdad). Así que abra ya una cuenta de ahorros en el banco, o compre la lotería, o invierta en esto o en aquello".
Porque la práctica del sexo, a la par con la obtención del dinero, es el epítome de la felicidad humana en nuestra época: la lujuria y la codicia se retroalimentan. Repito: incluso una revista tan seria como esta que el lector tiene en sus manos confiesa con franqueza que su propósito principal es el de incitar a la lujuria, y a través de la lujuria a todo tipo de consumo. Quiero decir: a todo tipo de pecado. Empezando, como en la lista de ese magno santo que tanto he mencionado, por el de la soberbia:
-Usted es uno de esos privilegiados que leen la revista SoHo. Usted es como un dios.
Y siguiendo por el de la falsa generosidad: esa falsa generosidad que no es otra cosa que
soberbia disfrazada:
-Regálele a un amigo una suscripción de SoHo.
Para eso son esas fotos que cortan el aliento, de mujeres asombrosas, increíblemente, bellas. Y tantas, tantas. Sin duda mucho más numerosas que todas las que un mortal raso, que no sea lector de SoHo, pueda soñar con conocer en toda una larga vida de cruda realidad:
-Aquí están todas. Todas son suyas.
También hay fotos de hombres, claro. Anuncios de hombres en calzoncillos. Porque esta época nuestra ha recuperado, aunque no inventado, modos de la lujuria durante muchos siglos oficialmente reprimidos. La sodomía, o pecado nefando propiamente dicho. La pederastia: uno de los negocios más florecientes de los últimos tiempos, a través de internet, es el de la pornografía infantil. Y el turismo sexual que practican los lectores de revistas de los países ricos en los países pobres y tropicales, en Tailandia, en Cuba (o en Colombia) es fundamentalmente un turismo pederasta. Y el sadomasoquismo: puede ser cierto que la población caballar haya disminuido en el mundo de manera vertiginosa, pero nunca se habían vendido en los sex shops de las grandes ciudades del mundo tantas fustas de cuero, tantas espuelas y tantas sillas de montar.

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