Quedarse varado en medio de la nada, caminar por un potrero inmenso y ahí, entre una bañera salida de otro mundo, junto a un perchero y un sofá, encontrarse a una mujer desnuda, inmersa en sí misma, en la blancura de su piel, en su voluptuosidad, en su pelo enmarañado, en su más íntima sexualidad, y quedarse atónito mirándola tras un arbusto. Pero no, estas fotos de Juliana Galvis fueron el resultado de la unión de las obsesiones, afectos, recuerdos y fantasías del fotógrafo Nicolás Achury.
El ambiente bucólico y nostálgico es el mismo de la finca a la que él iba en su niñez, los campos verdes del valle de Ubaté. A ese lugar que siente suyo, llevó a su novia, Juliana Galvis, para tomar las fotos que SoHo le encargó. Ella, su inspiración desde hace más de dos años y medio, cuando la conoció y le tomó unas fotos para ampliar su portafolio, representó el tipo de mujer que siempre lo ha obsesionado: una mezcla entre cortesana francesa del siglo XVII y una de esas mujeres voluptuosas, estilo cabaré, que en el siglo XIX empezaron a aparecer desnudas en fotografías. Aunque el resultado haya sido una serie de fotos que parecen cuadros pintados por Magritte o, la del columpio, por Fragonard, Achury dice que se inspiró en el movimiento Dadá, ese que proclamaba el absurdo por el absurdo. Y tiene razón, todo es absurdo, pero lo más absurdo es que semejante mujer solo pueda ser suya. O, ¿no?.

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