1. Beber, comer, ogro, mujer. Cuando se quiere tener un hijo, el sexo como objetivo pierde su esencia y se convierte en un medio. Todo lo que era pasión y deseo ingresa a la lista de los buenos propósitos. El futuro padre de Rapunzel pasa por alto las sesiones de sexo oral y se dedica a entrar y salir de su mujer esperando que la mecánica dé buenos resultados. El tiempo pasa y la angustia invade a la pareja. Se culpan el uno al otro, él empieza a beber y a llegar tarde. La mujer está cansada y confundida, tanto que una noche en que su marido no está deja entrar al ogro (los ogros siempre saben cuándo aparecer). El ogro, sin decir palabra, la libera del vestido y le destroza el brasier y los calzones de dos zarpazos; luego la lleva en vilo hasta la cocina y la deja sobre el borde de una mesa donde le abre las piernas para meter allí su cara. Ella opone algo de resistencia, lo jala del pelo, pero la lengua del ogro ya está muy adentro y si algo sabe un ogro es mover la lengua. La mujer se moja un poco, pero está algo tensa y el ogro deja el clítoris para lamerle el culo hasta que ella se relaja, luego, sin despegar la lengua de su cuerpo, sube hasta las tetas que chupa con extraordinaria suavidad. Ella toma su cara entre las manos y la levanta, se miran un instante. Él apoya las manos en sus hombros y la besa. El contacto de aquella áspera barba excita aún más a la mujer que baja las manos y abre la bragueta del ogro dejando salir aquel firme y robusto animal forrado en terciopelo. Lo acaricia, siente que vibra y lo aproxima a su vulva. El ogro, sin dejar de besarla, hunde su carne dentro de ella que gime sin retroceder un milímetro. Ella abre más las piernas para soportar su peso, sus redondas nalgas hacen crujir la madera. Una y otra vez el ogro se sacude contra el sexo gordo, estrecho y caliente de aquella mujer. Ella siente que le falta el aire, que el animal crece adentro y la atraviesa, le parte el corazón, los huesos, el alma. El ogro lanza un ronquido y ella gime y le hunde las uñas en el pecho y siente los fogonazos que en la agonía escupe el animal en sus entrañas. Enseguida el ogro huye y ella se tumba en la mesa hasta quedarse dormida.
La despierta un ruido y abre los ojos. En la oscuridad adivina el bulto de su marido; el contacto de la mesa es frío. No se mueve, aguanta la respiración. Un olor a alcohol invade el espacio. Se levanta y baja de la mesa, avanza en puntillas hacia la cama y se mete bajo las sábanas un instante antes que el marido. Le duele el vientre, un dolor donde se mezclan el placer y la culpa. El marido la toca y al instante ronca a pierna suelta. Ella se sube sobre él y le quita la camisa, los pantalones y zapatos. Luego le agarra el sexo y lo masturba hasta sentirlo eyacular; enseguida se acuesta a su lado y duerme.

2. Un inocente antojo
Un mes después el médico les confirmó que iban a ser padres; el marido la abrazó y rieron, estaban emocionados. La noticia del embarazo alejó al marido del alcohol y la vida volvió a la normalidad, solo que él prometió no tocarla hasta que naciera el bebé. Un día, al despertarse, vio a su mujer asomada en la ventana mirando los árboles de durazno de la bruja Ágata. Le preguntó qué pasaba y ella le confesó que tenía antojo de esos duraznos. Él, muy serio, le recordó lo peligroso que era entrar allí. Sin embargo, desde ese día, al volver del trabajo la encontraba allí; taciturna y callada observando los duraznos. Temiendo por su salud decidió complacerla y entró de noche a la plantación. Pero ella quería más y más duraznos y él tuvo que robarlos noche tras noche. Tardaba horas en esa labor, no era fácil burlar la vigilancia de la bruja y sus cuervos. Pero valía la pena el esfuerzo, su mujer estaba otra vez feliz y saludable. Una noche, al bajar de un árbol, se encontró con la bruja.
-¡Idiota! -grito ella-. Tú robas mis duraznos mientras el ogro calienta tu casa.
-¿Qué quieres decir?
-Sabes bien lo que quiero decir -sus ojillos echaban chispas-. ¿O también quieres los detalles?
El hombre la acuella y ella ríe.
-¡Dime todo lo que sabes!
La bruja le cuenta y mientras lo hace la cara del hombre se transforma en una máscara de ira y dolor. Suelta a la bruja y toma el camino de regreso a su casa. La bruja lo sigue.
-¿Qué piensas hacer?
-¡Los mataré a los dos! -dice el hombre, en su boca hay espuma-. Y también al hijo que espera.
La bruja pronuncia un conjuro y el hombre queda congelado.
-Estarás así hasta que te calmes -dice la bruja al hombre que solo consigue mover los ojos-. El ogro es muy poderoso, te destruirá en un segundo. ¿No has escuchado que la venganza es un plato que se come frío? Tengo una cuenta pendiente con el ogro y te ayudaré a vengarte. Ahora escúchame...
La bruja le habla al oído y los ojos del hombre se iluminan.

3. Deudas pendientes
En mayo la mujer parió una niña a la que llamaron Rapunzel. Creció rápido y cada año fue más bella y dulce. Cuando cumplió quince años su padre la llevó, como había acordado aquella noche, donde la bruja Ágata. La bruja les ofreció dulce de durazno y Rapunzel confiada lo comió perdiendo al instante el sentido. Cuando despertó habían pasado dos años y estaba encerrada en una alta torre. Miró a través de la ventana y vio abajo a la bruja, de su padre no había rastros.
-¿Qué le has hecho a mi padre? -preguntó desesperada Rapunzel.
-Está con tu madre, encerrado en una gruta bajo el mar.
-¿Por qué nos haces esto?
-Tu padre debe pagar su deuda conmigo.
-Pero solo robó unos duraznos.
-Por pequeña que sea una deuda siempre es una deuda -Rapunzel cayó de rodillas y lloró en silencio-. Tú puedes ayudarlos si quieres.
-Dime y haré lo que quieras.
-Tira por la ventana tu pelo para que pueda subir.
Rapunzel lo hizo y la bruja subió y entró en la torre.
-¿Qué debo hacer?
-Te enseñaré unos trucos y luego los usarás contra un ser malvado. ¿De acuerdo?
-Si lo hago, ¿liberarás a mis padres y nos dejaras vivir tranquilos?
-Es un trato -dijo la bruja estrechando la delicada mano de Rapunzel.

4. La espada y el pájaro
-Todo hombre es un ogro, querida Rapunzel. Ellos apuestan a su fuerza y su objetivo es someter y penetrar. Por eso nuestra mejor arma es la debilidad. Si enfrentas al ogro te destruye, si le temes te devora, si huyes te perseguirá como a una presa. Pero si no le temes ni lo enfrentas ni huyes él pensará que le perteneces y se mostrará confiado. Eres bella, no necesitas otra estrategia. Cuando irrumpa en la torre y sienta tu perfume sabrá que lo esperas y entonces le harás sentir tu cuerpo sin dejarlo poseerte. Él sabe que eres virgen y por eso se mostrará paciente; en el momento justo dile que prefieres la oscuridad, que en la oscuridad podrán ser uno. El resto déjalo de mi cuenta.
-¿Y si no acepta la oscuridad?
-Tranquila pequeña, el ogro solo es feroz en apariencia. Cuando lo acaricies hazlo sentir que es pequeño allí donde se cree grande; si le restas valor a su espada estará indefenso, si acaricias su espada como si fuera un pájaro tendrá miedo de la luz y aceptará agradecido la oscuridad.
-¿Por qué lo odias tanto?
-Es una larga historia y cuando te la cuente también tú lo odiarás... Vamos, estira esas largas piernas.
Rapunzel se estiró en la cama y la bruja, mientras le contaba la historia, siguió untándole aceites perfumados. Sentir aquellas manos dibujando su cuerpo le daba escalofríos, le parecía que sus pezones iban a reventar de un momento a otro. Las palabras de la bruja quemaban más que sus manos.

5. Salvada por un pelo
Dos campesinos (pagados por la bruja) difundieron el rumor que Rapunzel, una joven y bella virgen, esperaba a que un valiente caballero fuera a rescatarla de la torre donde una malvada bruja la había encerrado. La única forma de subir a la torre era por el pelo de aquella virgen, pero al parecer ella se había negado a darles esta ayuda a quienes habían intentado el rescate. Esa noche el ogro, impulsado por aquel rumor, montó en su caballo y atravesó el bosque y el pantano al final del cual encontró la torre bajo la luna llena.
-¡Rapunzel! -gritó-. ¿Quién te encerró aquí? ¿Dónde está tu familia?
Ella se asomó. Detrás, oculta a los ojos del ogro, estaba la bruja.
-Es él -susurró la bruja-. Dile que no tienes a nadie y luego arrójale tu pelo.
Rapunzel obedeció. La bruja se ocultó al fondo de la torre mientras el ogro subía.
-Eres más bella de lo que imaginaba -dijo el ogro a manera de saludo. Rapunzel solo llevaba puesto un negligé, su sexo y pezones se transparentaban en la delgada tela. El ogro le acarició la cara-. Hueles delicioso. ¿Sabes quién soy?
-Diría que eres un príncipe.
-Huummm. Sí, lo soy y puedo sacarte de aquí si me das un beso.
-¿No es muy pronto para eso?
-Por algo debemos empezar.
Rapunzel entreabrió los labios y el ogro se inclinó a besarla, pero en el último instante ella lo evadió con una graciosa finta. Él volvió a la carga y ella lo acarició como le había dicho la bruja.
-Hay mucha luz aquí -dijo ella con expresión inocente-. ¿Podrías cerrar la ventana?
El ogro, sin hacerse rogar, la cerró y al instante la torre quedó a oscuras.
-¿Dónde estás, cariño? -preguntó tratando de sonar dulce-. No puedo verte.
-Estoy en la cama -dijo ella mimosa-. Ven a buscarme...
El ogro dio pasos de ciego hasta chocar con la cama, enseguida unas pequeñas manos lo prendieron de la camisa y lo hicieron caer. Antes de que pudiera reaccionar fue absorbido por una especie de ciclón que parecía tener mil bocas y mil manos. El placer le nubló la mente y luego del placer lo abatió el sueño. Al amanecer despertó abrazado a Rapunzel.
-Es extraño -dijo él. Ella lo observó intrigada-. Soñé que tu pelo era corto, tus caderas anchas y...
-¿Qué pasa?
-Nada -dijo el ogro mirando la mancha de sangre en la sábana-. Debemos salir de aquí.
El ogro la alzó en brazos y saltó como un gato los diez metros que los separaban del suelo. El aire frío de la mañana y el espacio abierto llenaron de alegría a Rapunzel. El ogro caminó hacia su caballo, de repente la bruja le salió al paso.
-¿A dónde crees que vas?
-Es mejor que te apartes -dijo el ogro-. No quiero lastimarte.
-Es tarde para eso -dijo la bruja.
El ogro dejó a Rapunzel sobre el caballo y encaró a la bruja.
-¿La encerraste allí para llamar mi atención?
-Veo que no has perdido tu arrogancia.
-Y tú sigues siendo la misma fea que siempre he despreciado. Ahora debo agradecerte porque gracias a ti he encontrado el amor.
-¿Y sabes quién es ella?
-La bella y dulce criatura que convertiré en mi esposa.
-¿Te casarás con tu propia hija?
-¿Has perdido el juicio? No eres tan vieja para querer morir.
-Pregúntale quién es su madre y cómo vino al mundo.
El ogro miró a Rapunzel y le preguntó quién era su madre. A medida que Rapunzel contaba su historia, el ogro fue perdiendo el color y antes que ella terminara corrió enloquecido y se internó en el pantano.

6. La moraleja
A pesar de que la bruja había cumplido su palabra y estaba de regreso con su madre (el presunto padre había desaparecido luego de entregarla a la bruja) la bella Rapunzel se sentía cada vez más triste. En el reino se decía que el ogro había tenido una infección en el pantano que lo dejó ciego y ahora vagaba por el bosque como un alma en pena. Sus propiedades estaban abandonadas porque él no tenía parientes. Un día Rapunzel le anunció a su madre que iría a buscarlo para decirle que no le guardaba rencor. La madre le recordó que había hecho un pacto con la bruja.
-Pero él es mi padre -dijo y salió de la casa decidida a encontrarlo-. Al menos le devolveré su caballo.
Durante tres horas recorrió el bosque y al final de un sendero vio al ogro sentado en el suelo bajo los pinos.
-¿Quién es? -preguntó el ogro.
-Rapunzel -dijo ella bajando del caballo-. ¿Por qué tiemblas?
-Eres mi mayor pecado, por favor aléjate.
-Escúchame unos minutos y después te prometo dejarte para siempre.
Rapunzel le contó que antes de entrar a la torre ya sabía que era su padre, que la bruja le había llenado el alma con su odio y por eso aceptó participar de aquel engaño. Él y ella nunca habían tenido sexo, la bruja había tomado su lugar en la oscuridad. Rapunzel abrazó a su padre y le lavó los ojos con sus lágrimas devolviéndole la vista. El ogro la abrazó y luego se quedó un instante pensativo.
-Pero estuve esa noche con una virgen -dijo el ogro-, lo recuerdo bien.
-Esa mancha de sangre era de Ágata -replicó Rapunzel-, yo perdí la virginidad a los catorce con el hijo del panadero.
-¡Maldita bruja! -gritó levantándose-. Ahora sabrá quién soy.
-Olvídala y ven conmigo...
-No puedo -dijo el ogro.
Padre e hija se miraron en silencio y Rapunzel entendió que él y su madre nunca volverían a estar juntos.
Un mes después el ogro y la bruja se casaron y Rapunzel y su madre (a quienes el ogro les había regalado una casa nueva) fueron invitadas. Durante la fiesta y mientras bailaban el ogro notó a Rapunzel distraída y le preguntó qué la preocupaba.
-Es que tengo la sensación de que falta algo -dijo ella.
-Te dije que podías invitar al hijo del panadero -respondió él.
-No es eso, papá. Me refiero a la moraleja. Todo cuento tiene su moraleja, ¿cuál es la nuestra?
El ogro se quedó pensativo un instante, abrazó a Rapunzel y gritó para que todos los invitados pudieran oírlo:
-NO A LA REELECCIÓN.

Contenido relacionado

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.