Es la menor de ocho hermanos y se autodefine como un descuido de sus padres —su papá tenía 53 años cuando ella nació, su mamá, 40—. En medio de una familia con escasas inclinaciones artísticas, estudió Publicidad en la Jorge Tadeo Lozano de Bogotá, convencida de que así podría acercarse al arte sin necesidad de ser rotulada como "artista", lo que su familia no quería. Nunca ejerció su carrera, y le dedicó ese espacio a la actuación. La televisión la ha hecho famosa, pero ella se considera más actriz de teatro. Como Vicky, 'la Pajarita' en Hasta que la plata los separe, ha puesto a silbar a toda Colombia. La gente la para en la calle para hablarle; las mujeres, algunas, se identifican con ella; los hombres, en cambio, no sienten lo mismo. Hacia Liliana ellos sienten otro tipo de cosas.

Liliana es consciente de la popularidad de su personaje, pero también de la necesidad de buscar nuevos horizontes en su carrera; ella no quiere ser 'la Pajarita' para siempre. Hoy es Manuelita Sáenz en la obra de teatro El amor de la coronela, donde ella es la protagonista. La obra es casi un monólogo y abarca diferentes épocas de la vida de la amante de Simón Bolívar. Nada le falta a la pieza de teatro, donde hay mucho drama y sensualidad; una pequeña muestra de ello son estas fotos. Sí, está totalmente desnuda, el kepis y las charreteras no se consideran ropa.
 
POR JAIME MANRIQUE
FRAGMENTO DE
NUESTRAS VIDAS
SON LOS RÍOS
“BOLÍVAR HACÍA EL AMOR DEL MISMO MODO que hacía la guerra: con una obsesión, una intensidad y una energía tales, que yo a veces temía estar a punto de morir a causa de su pasión. Durante esa primera noche que pasé con el general, ya era casi de madrugada cuando por fin sucumbimos al agotamiento. Yacimos entonces por horas, los cuerpos entrelazados, ambos en silencio, a duras penas respirábamos. Me desperté alrededor del mediodía, aturdida; la sangre me latía de prisa en las venas, el corazón lo tenía tan agitado que escuchaba su compás. Estaba sola en la cama. ¿Y él dónde estaba? Me salpiqué agua en el rostro y me vestí. Cuando me preparaba para salir, uno de los ordenanzas del general golpeó la puerta. Me informó que El Libertador había salido para ocuparse de algunos asuntos. Había dejado instrucciones de que fuese conducida a casa en su carruaje oficial. De camino hacia la casa de mi padre, sentía que el aire que entraba por la ventana me vigorizaba… como si caminara por una montaña de los Andes.
 
A partir de entonces, empecé a contar las horas del día hasta la caída de la tarde, en anticipación del momento en que de nuevo yacería en la cama con él. Nuestro apetito del uno por el otro resultaba insaciable. A causa de mis experiencias tan decepcionantes con el sexo, temía que si me entregaba a él sin ninguna reserva, me iba a abandonar. Presintiéndolo, Bolívar se propuso conquistarme de cuerpo y alma. Todo aquello que ponía en su mira, ya fuese un país o una mujer, lograba subyugarlo, y no cejaba en su empeño hasta que así fuera. Por primera vez, comprendí lo que era el fervor religioso, cómo los místicos se entregaban por completo a Dios: al capitular, encontraban una liberación que se superponía a todos los dolores del cuerpo y los anhelos del alma. Al someterme a él, encontraba consuelo en mi existencia. Toda mi vida me había sentido atormentada, deseosa de escapar el presente, donde quiera que estuviese, incluso durante la época en que había ayudado a mi pequeña manera en la liberación del Perú. Por fin, podía decir que me sentía feliz donde estaba, incluso si aquello no podía durar mucho. Bolívar dedicaba sus días a los asuntos de Estado, pero las noches me pertenecían a mí. Nos dábamos cita en su cuartel general, y antes de terminar la primera copa, ya nos despojábamos

el uno al otro de las ropas, tan impacientes por unir nuestros cuerpos que a veces hacíamos el amor en un sofá o en el mismo suelo. Si comparábamos mi vida con la suya —él era casi veinte años mayor que yo— la mía parecía insignificante, como si apenas acabase de empezar. Con el paso de los días, le conté todo lo
que valía la pena saber sobre mí. De manera particular él quería enterarse de cómo había sido mi infancia en Catahuango. Cuando surgió el tema de mi esposo, le expliqué que había sido un matrimonio arreglado por mi padre. “Ya veo”, dijo Bolívar, y jamás volvió a preguntarme nada sobre James Thorne. Yo deseaba que Bolívar recreara para mí con lujo de detalles sus triunfos militares, sus heroicas campañas cuando atravesó los Llanos y los Andes, la derrota que le infligió al general Morillo, el enviado de la Monarquía española para pacificar a Venezuela y Nueva Granada, y quien había cometido atrocidades indescriptibles. (…) (...) Agotado de recibir personas, dictar cartas y de trabajar en su discurso de Ocaña, el general se sentaba conmigo en la terraza a la entrada de La Quinta, enfrente de la fuente, adonde patos salvajes se detenían para beber y juguetear alegremente en el agua antes de partir a los lugares donde anidaban. Mientras Bolívar y yo bebíamos té de hierbas, podíamos escuchar el murmullo de la fu te, inhalábamos el embriagante olor del romero que crecía junto al pórtico y observábamos los vívidos colores del atardecer sobre la sabana de Bogotá. El crepúsculo tenía un efecto relajante sobre los nervios de Bolívar y empezaba a preguntarme sobre mis actividades del día, y de esa manera, entablábamos una conversación, tan cómodos el uno con el otro, como si fuéramos una pareja de casados de muchos años. Muy pronto, el color retornó a sus mejillas y dejó de toser sangre. A medida que la salud de Bolívar mejoraba, en tardes soleadas nos bañábamos en el retirado estanque rodeado de altos helechos. Jonotás y Natán vertían agua caliente y le agregaban lavanda y otras hierbas medicinales que habían recolectado en las montañas o que habían comprado en el mercado a los médicos indios. Solos en ese estanque, con Jonotás y Natán esperando tras los muros, a una discreta distancia, listas para traer cualquier cosa que el general y yo deseáramos, Bolívar me acariciaba, me besaba los senos, colocaba su boca en mis pezones erectos, apretaba mi excitado cuerpo contra su delgada humanidad, mientras yo le sobaba su espalda con un estropajo. A medida que el general enjabonaba mis partes más íntimas, el amante que había en él regresaba y yo aprovechaba su erección para cabalgarlo como una sirena en el océano.

En mi vejez, durante aquellas sofocantes tardes de Paita, en medio de esas largas siestas donde hasta las moscas dormitaban, podía sentir los residuos del deseo agitarse por entre mis adoloridos huesos y coyunturas y recordaba cómo después de bañarnos en el estanque, nos dirigíamos a nuestro cuarto donde una jarra de espumoso chocolate reforzado con clavos de olor y canela nos aguardaba. Bebíamos el reanimante brebaje y hacíamos el amor. No se trataba del acto sexual como en nuestros primeros años juntos, sino una especie de abrazo reposado y flexible, una comunión íntima. Bolívar exploraba mi cuerpo sin el ansia del deseo insatisfecho,
me pasaba la mano como si fuera un objeto delicado del que conociera y apreciara todos sus detalles. Años más tarde, cuando no me quedaba más que hacer en Paita sino recordar, volvían a mi mente aquellos primeros meses que viví con Bolívar en La Quinta, como la mejor época de mi vida.

Contenido relacionado

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.